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lunes, 4 de octubre de 2010

"La infancia en pedazos", por Mauro Peverelli

Kaltenburg, Marcel Beyer. Buenos Aires, Edhasa, 2010, 281 págs. Traducción de Gabriela Adamo.

 

En un puñado de entrevistas, el ahora anciano Hermann Funk, zoólogo del instituto de Dresde, le narra a Katerina Fischer, una intérprete que desea conocer el nombre de algunas aves de dicha ciudad, la historia de la relación con su mentor y maestro, el mítico profesor Ludgwig Kaltenburg. Los lineamientos fundamentales del relato se inauguran con una descripción del bombardeo a la ciudad de Dresde en febrero de 1945. En ella el narrador descarta poner el foco en los aspectos a los que podríamos llamar belicistas (aviones dejando caer su carga de explosivos, alguna pretendida defensa con artillería antiaérea, etc.), para concentrarse en un tipo de aproximación que, aportando una respiración, un ritmo, y también la contundencia de sensaciones que por sus sutiles ambigüedades son más eficaces que una pretendida descripción de lo concreto, estará presente a lo largo de toda la novela. Esto ocurre debido a que el relato está narrado en primera persona y los momentos más logrados, sin duda, son aquellos en que la memoria evoca los desgarrados años de la infancia. Hermann Funk queda huérfano en dicho bombardeo y en la descripción de todo ese episodio estará condensada la mecánica narrativa del texto. En ella se apela, entre otras herramientas, a una aproximación a los sentidos, pero no de una manera demagógica con el lector, ofreciéndole una paleta de sabores, de aromas y de sonidos fácilmente identificables –extraídos de los manuales y prospectos donde algunos escritores suelen acudir en auxilio de una bastardeada eficacia– sino, por el contrario, con la exhumación de sutiles elementos que terminarán exponiendo el costado de los instintos que terminan por incomodarnos: “De noche, mientras deambulaba por el parque, algo me golpeo con fuerza en el hombro (…). El sonido fue sordo y sólido a la vez y cuando la cosa cayó a tierra, siguió rodando un poco más. La encontré, negra, la agarré: algo pegajoso, desmigajado, la superficie áspera; puse el cascote delante de mis ojos, un pedazo de alquitrán, tal vez, nada más que restos. Lo acerqué a mi nariz y como un reflejo lo arrojé lo más lejos que pude. Lo que había olido era: carne quemada”, o “Un cárabo que ante la llegada del fuego, del ruido de los aviones, se vio arrancado de su calma estoica (…) y ahora llevaba a cabo movimientos llenos de pánico en el aire para apagar las llamas que (…) ya estaban comenzando a devorar sus alas”.
A medida que la historia avanza y la voz enfoca su objeto de evocación (la vida del profesor Kaltenburg), el modelo narrativo es el de la escuela tradicional alemana que va desde Goethe hasta Sebald, pasando por Thomas Mann y Hermann Hesse, donde la exacta distancia entre narrador y personaje va produciendo un acercamiento al sujeto que, a la vez que desvela sus aspectos humanos, también alimenta todo aquello que, paulatinamente, lo va convirtiendo en mito. Kaltenburg vive rodeado de animales. Su tarea de ornitólogo lo mantiene en permanente observación del mundo natural; el narrador utilizará con insistencia los recursos que le brindan ese tipo de acercamientos para ir en busca de analogías con el universo social. Es imposible desligar las minuciosas descripciones sobre la conducta de algunas aves, como por ejemplo la migración definitiva de las grajillas de la ciudad de Dresde, que se produce en un período muy corto de años, de cómo ciertos esquemas políticos y económicos empujan también a los hombres a desplazarse de una región a otra. En lo concerniente a lo político el acercamiento es siempre de una lateralidad que va aportando distintos puntos de vista sobre determinados temas. Sobre hechos fundamentales como la muerte de Stalin (que al lector le llegan a través de comentarios, de relatos de viejas historias, y por conversaciones oídas casi al pasar) va desplegando un abanico de apreciaciones que van desde el alivio por cierto sentimiento de liberación en una atmósfera de control asfixiante, al dolor por la pérdida de una figura tan controversial como paternalista.
En la permanente recurrencia a una memoria siempre electiva, aplicada en resolver las confusas claves del pasado, es donde el autor se irá encontrando con las mejores versiones del relato. Como en la Berlín de la Infancia de Walter Benjamin, donde este consigue hacer audibles las voces y las melodías de una Alemania de preguerra, sus tensiones, la emergencia de componentes que irán confluyendo hacia el sostén de una lógica que desembocará en la locura, en la Dresde de Marcel Beyer la posguerra es el relato de los fragmentos aislados, es la infancia en pedazos, el intento siempre insuficiente de reconstituir los tejidos filiales, las relaciones humanas que, junto con los cuerpos, fueron mutilados por dicha locura.  

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