“Civilización & Barbarie”, J. S. de Montfort

Ingenuidad aprendida, de Javier Gomá Lanzón. Galaxia Gutenberg, 2011, 174 págs.

El filósofo y director de la madrileña Fundación Juan March, Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965), se sirve de su último libro Ingenuidad aprendida para realizar un ejercicio urgente de autoconciencia. En él, examina su quehacer filosófico y, con ello, se otorga también el intervalo necesario antes de la finalización de su aclamada tetralogía acerca de la Ejemplaridad.
Se trata de un libro perentorio, viéndonoslas así con un auténtico “grito de guerra” que ha de ser leído –consecuentemente– con el corazón inflamado. Un libro ni siquiera imprescindible, sino vital, que se quiere antídoto contra la anomia y la burocracia, el pluralismo y el relativismo moral que oprime al hombre contemporáneo, aquejado de una maravillosa libertad expandida que ha derrocado las tradicionales opresiones políticas, ideológicas, sociales y económicas, pero que, irónicamente, por fuerza de su inmensidad, lo mantiene paralizado, aferrado al dogma de la intocabilidad de su vida privada, sin saber cómo instrumentalizar de una manera útil su tan deplorada libertad.
El volumen consta de 3 textos inéditos de un total de 7, escritos entre los años 2009 y 2010 (4 conferencias, dos prólogos –uno a la Ética a Nicomaco de Aristóteles y un segundo a  un libro de ensayos de Ortega y Gasset– más  un ensayo publicado en la obra colectiva Vivir para pensar. Homenaje a Manuel Cruz).
Gomá, dueño de una prosa limpia (deudora de la elegancia orteguiana), que fluye inusualmente lúcida sin atropellarse con citas o abstrusos razonamientos, nos expone en sus textos –de una manera centelleante– su idea de lo ingenuo, traída de ese “canto a la exterioridad del mundo, objetivo, sereno, armonioso” [p. 10] de Schiller y que se opone a la visión modernista del genio, cuyo ego expandido todavía hoy domina la contemporaneidad y le impide al hombre la tan deseada emancipación.
Su filosofía mundana invita a ahondar en los asuntos humanos, abandonando la misantropía, tan propia del filósofo ensimismado, nos dice Gomá. Porque, además, “todos los hombres desarrollan una actividad filosófica de interpretación del mundo” [pág 23] y así, esta actividad filosófica para ser actual y válida debería mutar “democráticamente en una función humana universal […] siempre allí donde se halle el hombre” [pág 24], por la incontestable razón de que lo que a todos ocurre es por fuerza universal.
Gomá abandona así la epistemología y a ello contrapone la ética. O dicho de otro modo: su filosofía mundana se opone a lo que Michael Sandel ha llamado filosofía pública. No existe distinción cabal, dice Gomá, entre lo público y lo privado, en el sentido de que la vida privada fomenta conductas que se proyectan públicamente en comportamientos. Éstos son ahora mayormente comportamientos incívicos, lo cual es insostenible, nos dice Gomá, nuestra civilización no puede edificarse exclusivamente “sobre una vida privada en permanente estado de liberación” [p. 155].Y es que no son “igualmente estimables todas las formas de vida privada, idénticas en valor y altura moral” [p. 158].
Necesitamos entonces un ideal civilizatorio que nos solvente esa tensión no resuelta entre el colectivismo estatal y el subjetivismo . No se trata de volver al estado jerárquico pre-moderno ni tampoco de renunciar a la vida privada, ni permitir que en ella interceda el Estado. No, no es eso.  El debate se halla en el hecho de que del adolescente estadio privado de lo estético pasemos al estadio adulto de lo público, que la decisión personal de elegir la virtud se generalice a través de la costumbre y la persuasión (o sea, el Ejemplo), no de la ley. Una síntesis del neo-republicanismo y su concepto de virtud y del comunitarismo, que nos invita a practicar las costumbres cívicas, es lo que propone Gomá frente a esta incertidumbre fatal y cuasi-apocalíptica en la que nos encontramos.
La ejemplaridad, nos alerta Gomá, habrá de ser el centro de la necesaria socialización del individuo, que no parece querer abandonar la irresponsabilidad de su estado de infante o adolescente, a pesar de que se tengan cuarenta años (o cincuenta, o sesenta, tanto da). Porque vivir en sociedad no es lo mismo que vivir socializado. “Tenemos una responsabilidad sobre la vida privada y sobre el efecto, bárbaro o civilizatorio que produce en nuestro círculo de influencia” [p. 167], nos recuerda Gomá, y ese compromiso debería consistir en una “ejercitación responsable, social, cívica y virtuosa de esa esfera de la libertad ampliada” [pág 33] que con tantas penurias hemos conseguido.
Necesitamos, pues, que la espontaneidad originaria del ser humano sirva no para su satisfacción ególatra sino para sacarnos de la precariedad en la que nos hallamos, saliendo así de su actual anegación y ayudando a la construcción de unas “reglas éticas comunes y válidas para todos” [p. 153]. A este propósito, nos dice Gomá, contribuirá el arte creando una “nueva sentimentalidad” y también la filosofía que “suministrará veracidad a un reformado lenguaje natural y común” [pág 34].
Que así sea, pues.

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