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lunes, 11 de julio de 2011

"Un cuento que nos sepamos todos", por Diego Niemetz

Aballay, el hombre sin miedo, de Fernando Spiner (2010) 
Dirección: Fernando Spiner.
Guión: Fernando Spiner - Javier Diment - Santiago Hadida, basado en el cuento "Aballay", de Antonio Di Benedetto.
Intérpretes: Pablo Cedrón , Claudio Rissi, Nazareno Casero, Gabriel Goity.
105 minutos


Aballay, de Antonio Di Benedetto, es un cuento que tiene cierta fama dentro de la obra del autor. Podría conjeturarse que ese reconocimiento se debe a que el texto en cuestión condensa muchas de las características principales de su escritura (oraciones despojadas de ornamento, la opción por la elipsis, la anécdota llevada a su mínima expresión) o quizás a que en la narración de esa parábola de violencia y arrepentimiento que es Aballay los lectores hayan podido identificar muchos lazos tendidos hacia sus propias y parabólicas vidas.
En cambio, la película Aballay, el hombre sin miedo de Fernando Spiner es otra cosa.
Sería vano repetir, como cada vez que se adapta una obra de la literatura para el cine, la mecánica tediosa de la comparación. Sería vanidoso, marcar las diferencias y las similitudes. En esos juegos alguien siempre pierde, alguien siempre se ofende. En la delicada dialéctica de contraste entre la obra original que ha servido de inspiración y la nueva obra, muchas veces no queda más relación que el título y eso es difícil de remontar. Es mejor en este caso, a nuestro juicio, pensar el camino que media desde el cuento a la película o en los términos de una amistosa conversación o en los de una carrera evolutiva en donde la especie que no se adapta, muere.
Entonces, la primera y urgente cuestión que subyace es: ¿Cómo hacer de Aballay, de esa literatura edificada sobre silencios y omisiones, una película que no aburra, que no se parezca a esos largos y cerebrales films del realismo ruso de la etapa bolchevique que una primera lectura del cuento podría sugerir? La respuesta que ha encontrado Spiner es la del desplazamiento de la perspectiva. El argumento del gaucho culpógeno que intenta el ascetismo y que es asesinado finalmente por el retoño de su víctima, es reemplazado aquí por una configuración absolutamente diferente: la película trata sobre un niño que ha presenciado cómo ultimaban a su padre. A raíz de esa traumática experiencia, crece “enfermo” de venganza y no descansa hasta que muchos años después la ejecuta prolijamente.
Con esa simple maniobra no solamente se resignifica la historia, sino que el director campea el peligro que supone la navegación cercana a la zona del cine de Sergéi Eisenstein y se aproxima al deseable mundo del Quentin Tarantino de Kill Bill (y a través de él, a la tradición japonesa del sendero-de-la-venganza de Lady Snowblood).
A partir de allí la película avanza de modo seguro sobre la fórmula establecida. En su camino, Julián, el nuevo héroe, conocerá el amor de Juana, quien también está literalmente marcada por los mismos villanos a los cuales él persigue. El recurso a algunas técnicas del western como el tiroteo en La malaria y las efusiones grotescas de sangre refuerzan las opciones estéticas antes mencionadas y crean una maravillosa sensación de extrañeza en la que se superponen los motivos de un cine de acción poco practicado en nuestro país con los temas locales generalmente tratados en un tono costumbrista y rancio.
Las actuaciones son destacables y sobre ellas descansa la efectividad de un film que necesita de estereotipos: malos que se perciban como muy malos (Rissi) y hombres buenos que llegan a destilar pureza (Cedrón en su largo peregrinaje físico y espiritual). Se precisan también algunos místicos y crédulos paseándose por los parajes del noroeste del país para crear una atmósfera de milagro y de redención. A este respecto, las presencias de Fontova y de Goity significan aportes inestimables. Y ya que hablamos del espacio, hay que decir que el cambio de la árida precordillera mendocina donde el cuento originalmente transcurre por los valles tucumanos donde han ambientado la película es también un acierto visual.
Subyace, como otro punto para remarcar en esa discusión entre el cuento y la película, la cuestión del origen del protagonista. En el texto de Di Benedetto los personajes son todos iguales, pares, desde el punto de vista social. En la película, Julián es un porteño, un “lindito”, que se interna en la barbarie provinciana de La malaria para reparar el daño que se le ha causado. Es igual pero distinto: mata a sangre fría, como sus oponentes, pero se viste como El principito, no como un gaucho.
Di Benedetto-Spiner han propuesto transgresiones. En el caso del primero se trata de la quimérica idea de un posible camino hacia la santidad, adaptado al mundo gauchesco donde no hay columnas pero sí caballos.  Spiner, por su parte, ha intentado la adaptación de una historia y de unos géneros poco comunes en la Argentina. Cada uno a su modo es un estilita encaramado sobre una columna: agobiados por la mortificación y la soledad dialogan entre sí, pero, en definitiva, el resultado es el de dos realidades paralelas que no llegan jamás a tocarse.
Aballay es un cuento que cualquier lector de Di Benedetto conoce y aprecia. Aballay, el hombre sin miedo es una película que poco tiene que ver con aquel, pero que por algunos mecanismos termina siendo un cuento que nos sabemos todos.

1 comentario:

  1. Excelente reseña, buena cintura para salir (sin salir) de la comparación. Habrá algo del Spiner de "La Sonámbula", esa exageración que necesita de paciencia? Deberé verla. Saludos!

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