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viernes, 5 de agosto de 2011

“La belleza entre las manos”, por Ignacio Bosero

Adoro, de Osvaldo Bossi. Buenos Aires, Bajo La Luna, 2009, 80 págs.

Osvaldo Bossi nació en Buenos Aires en 1963 y tiene una obra que comprende –desde finales de los años 80– la publicación de varios libros de poesía; por ejemplo, Del coyote al correcaminos (1988), Tres (1997), Fiel a una sombra (2001), Esto no puede seguir así (2010) y la reciente antología personal Casa de viento (2011), de la editorial Nudista. Por su parte, Adoro es una novela breve –forma narrativa con la cual este autor ya ha trabajado previamente en La médium y Lo más espeso del monte–, pero que en ningún momento logra perder, por así decirlo, los lazos con la poesía. Pero, sin embargo, más que en cada palabra, la tensión de Adoro se encuentra en la intensidad de la mirada; y es desde ese lugar que el sentido (el acto) de ver se refunda para contar la historia. En esta novela todo comienza con el “encuentro” entre Ovi –que es el narrador en primera persona– y Cristian, un muchacho de veinticuatro años que trabaja de taxi-boy en una de las plazas de estación de trenes de Buenos Aires. De esa primera cita, que mantienen en una habitación de hotel, Ovi queda deslumbrado por la belleza del muchacho, la cual irá siendo compuesta por su delicada mirada sobre su cuerpo como un retrato. La atracción es mutua; por eso, pese a la diferencia de edad, las necesidades disímiles que los reúne al principio y la sensibilidad  puesta en juego por cada uno, los sucesivos encuentros inauguran paulatinamente una relación que desborda los límites del tiempo previsto por los cuerpos mercantilizados, llevándolos hacia la correspondencia amorosa de alguna manera inesperada, pero que por intermedio de algunos gestos consigue insinuarse. “Siempre es de noche. Siempre estamos en el mismo cuarto de hotel. La historia, en realidad, no avanza, o si lo hace es de manera imperceptible, como si girara en círculos. O como si tomara impulso y se agarrara de un hecho remoto y fortuito para seguir. Debe ser por lo forzado del asunto. En lugar de encontrarnos y separarnos –como suele ocurrir en estos casos–, seguimos viéndonos una vez por semana. Y en ocasiones, dos. El resto del tiempo no sabemos nada, o casi nada, el uno del otro.” Incluso, en poco tiempo, el deseo ha madurado lo suficiente como para que el autor acuda a una elevada voz poética que pueda revelar la adoración de Ovi hacia Cristian y abarcarlos en su íntima pureza. “No puede creer que exista tanta belleza, tanta magnificencia allí, a su lado (…) Cada partecita de su cuerpo, el movimiento de sus pestañas, o el bombeo de su respiración, lo conmueven.” Finalmente, han labrado una relación que excede los apuros del mundo exterior durante las noches que comparten en cuartos de hotel. El brazo protector que cada uno se tiende –Ovi con su dulzura y Cris con la picardía mundana que lo envuelve– se erige como un puente que los protege de una tormenta inmediata, en una ciudad que desplaza a la desesperanza, el deseo de comunicación de los afectos más humanos. Por eso Ovi rememora involuntariamente (perdido en la distención del cuerpo del otro tendido a su lado en la cama) paisajes de su infancia como ecos que le brotan y sobrevienen. “Aquí dentro nada es lo que es. El tiempo, mágicamente, se rompe o se detiene, o retrocede en forma vertiginosa. Me olvido, por ejemplo, que estamos en un hotel de citas. Me olvido que se trata de un alquiler de dos horas, habitación y chico incluido. Por momentos, tengo la sensación de estar flotando como Douglas y Tony en «El túnel del tiempo», mi serie de televisión favorita. Es de noche; tengo nueve o diez años, pero no por un rato sino por toda la eternidad…”.
Pero también, a medida que su amor crece, se reabre entre ellos una grieta de incertidumbre en el tiempo presente, por el riesgo que implica fundirse y tener que separarse para seguir inevitablemente con sus vidas. En este caso es Ovi el que sufre el desapego a Cristian –por su debilidad hacia él y su fragilidad propia– como una “pequeña muerte”; una especie de absurdo que no puede comprender del todo por qué lo invade. “Miro a mi alrededor. «Toda separación es como una pequeña muerte», pienso. Aún así, no consigo entenderlo. Un sudor frío me sube por el espinazo y termina por empaparme la frente. En la caja del pecho, las palpitaciones se aceleran. Escucho los golpes, cada vez más intensos, buscando una salida o pidiendo ayuda.”
Pero no prevalece aquí el dolor ni el desamor, sino la conquista de la creación de un vínculo que se vuelve sagrado cuando puede celebrarse como un privilegio la riqueza de poseerlo; porque el valor no está puesto en la consumación del deseo para su consecuente (y liviana) evaporación en goce o lamento. Sucede lo contrario con esta novela: Bossi ha invertido con sutileza el tiempo, y los cuerpos que aparecían indistintos deambulando por las calles los ha unido en la dignidad más férrea que tiene el hecho de pasar por la existencia: el amor.

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