“Invisible”, por Leticia Moneta


Los países invisibles, de Eduardo Lalo. Buenos Aires, Corregidor, 2014, 192 páginas.

Eduardo Lalo, escritor, artista, profesor universitario, nacido en Cuba, criado en Puerto Rico, ser invisible, ensaya en este texto que le ha valido el Premio Ciudad Valencia Juan Gil-Albert 2006 una reflexión sobre los modos de visibilidad e invisibilidad que generan los centros de visibilidad, entiéndase: “Occidente”, quien impone el modo de ver y de definir la totalidad de lo existente con su discurso y sus imágenes. Así se aplana el mundo y la diversidad desaparece al punto de que muchas culturas son invisibles incluso para sí mismas.
Genéricamente el texto resulta de inestable clasificación: empieza como diario de viaje, oscila entre el ensayo y la crítica filosófica o sociológica, se extiende en anécdotas personales. El autor incluso se pregunta si no se trata de una novela.
El viaje comienza en Londres en Junio (errata mediante: dice julio) del 2005 y se supone termina con el regreso a San Juan un mes después. Pero la mitad del libro se desarrolla entre esa vuelta y una nueva partida hacia Madrid-Valencia el 17 de Julio del 2006.  En ese sentido, rige el principio de Lalo de “Hacer literatura de viaje sobre la ciudad de la que no se ha salido” (150).
Lalo introduce en esas páginas mucho recuerdo de un pasado en el que vivió en Europa, 20 años atrás, así como también observaciones sobre la situación presente de Puerto Rico: su crisis económica, social, la de la –inexistente– intelectualidad: “Me tomó años tragar y digerir el dolor de no poder formar parte de una sociedad con capacidad de fraguar su destino, en la que mi trabajo y el de tantos otros pudiera contribuir a una mayor potenciación, a crear un espacio para nosotros en el mundo” (109).
El libro itinera reflexionando sobre la cualidad de invisibles de las ciudades y sus habitantes, pero el planteo no se reduce a la declaración de invisibilidad de aquellos espacios que con facilidad pueden pensarse como tales (Ruanda, Puerto Rico, Togo, Honduras, Filipinas, Afganistán, America Latina, Oriente) sino que incluye a otros de clasificación menos obvia: Valencia, por ejemplo, tercer ciudad de España, alberga en sí un “provincianismo” que la vuelve invisible frente a la representación total y opulenta de la que se cargan Barcelona y Madrid. Toda España sufre aún de un complejo de invisibilidad producto de un pasado en el que ella era “no-europea”.
Incluso, sentenciará Lalo: “La invisibilidad es la condición que está condenada a crecer en un mundo en que todo ya ha sido «descubierto»” (137). Porque los hipervisibles, además de invisibilizar, también desaparecen detrás de sus propios fulgores, como sucede con Venecia. “La sociedad del espectáculo o el reino de la imagen son mecanismos de exclusión” (160), lo que funciona en los dos extremos de la visibilidad. Por eso Lalo puede emparejar a Venecia con Ruanda, a Bin Laden con el Che Guevara. Se oponen, pero en un ángulo de 180º. Así lo familiar puede volverse universal. Y Lalo lo intenta, hilvanando en este excursus filosófico anécdotas mínimas, personales, privadas, que abren el mundo que se autodefine como tal al devenir de lo que es margen, resto. Así nos enteramos, por ejemplo, de la vida de Lalo en la Madrid de los ‘80s y su imposibilidad de comprar libros en San Juan por su situación de estrechez económica.
Lo primero que constata el escritor es que viajar ya no es posible: todos los sitios son réplicas de un otro hegemónico, globalizado, consumista, que extiende su dominio cultural a todos los puntos del globo. “El mundo ya no es el mismo porque ya no es diferente (...) casi todo (...) queda en cualquier sitio” (13). 
Son invisibles los espacios y también los seres. Incluso los autores. Porque “Hay autores y hay autores” (63). Los sencillamente autores se vuelven víctimas de una mirada que los define y de la que no pueden escapar porque es la única que es leída. Practican la escritura en un “no canon's land”. Porque si bien la escritura es un modo de visibilización, está irremediablemente atada a la lectura. Y esta puede hacer invisible incluso lo visible. Como está seguro el autor que será este relato: la narración de su desesperante invisibilidad y nada más: “Texto invisible de país invisible. Clasifíquese bajo Curiosidades” (124). Se asocian a ésta los términos ruina, apócrifo, márgenes, ilegible, pobreza, hiperconsumo, des-esperanza, mal-entendido, fronterizo, muerto-vivo, provincialismo, fantasma, que dejan en claro lo negativo de esta condición. Y por el otro lado, Lalo adjetiva al pequeño mundo visible: canon, imperio, monoteísmo, nacionalismo, verdad, centralidad, monopolios, discurso hegemónico, cosmopolitismo. Podemos comprobar que este polo tampoco resulta positivo en su caracterización.
Lalo encuentra la salida a la profunda e insalvable invisibilidad a la que lo sentencian los “visibles” en la práctica filosófica a la manera de los cínicos. Apuesta a hacer patente su cuestionamiento a partir del pensamiento como performance que lleva a cabo con su escritura: “El escritor invisible se ha apoderado del gesto/acto/palabra cínico, al enfrentarse con una tradición que no lo ve ni lo escucha, pero que habla en su nombre, lo clasifica, lo estereotipa, pretende no dejarle otros «lugares» que los de la rápida visita turística o el alarido. Como Diógenes, el que se enfrenta a ese Occidente, que es una formación del espíritu y una geopolítica, desde una tradición invisible, se masturba en un ágora convertida en texto, ante las miradas atónitas o divertidas de los ciudadanos «cosmopolitas» que pretenden no ver el salto de la esperma” (136-7).
En esta resistencia o llamado de atención sobre la invisibilidad que mancilla a la mayor parte del mundo, Lalo recurre a figuras invisibles de la tradición occidental: Ulises, el Edipo viejo, el salvaje Viernes de Robinson Crusoe; y también a algunos escritores maladaptados: Pessoa, Kafka, Walser, César Simón. Pero también acompañan  a Lalo en este texto muchos críticos visibles: Baudrillard, Onfray, Hartog, Sloterdijk, Berger, Bracht Branham.
Para terminar, podemos buscar una definición de invisibles: aquellos cuya “imagen ha sido producida por la cultura hegemónica que llama minoritario a lo que es el resultado de su actuar en el mundo, es decir, a su capacidad ilimitada de destrucción” (88); “la invisibilidad se vive pues, como una excedencia, como algo innecesario que no añade” (80). Libro incisivo, curiosidad de perogrullo que Eduardo Lalo logra insertar como un virus resistente en el “mundo”. Logra, como soñaba hacer, una contraconquista.

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