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miércoles, 21 de junio de 2017

A Bataille no se le caen los botones [entrevista a Marcelo Cohen]



Entrevista a Marcelo Cohen, publicada originalmente en el sitio web de la librería El Astillero. Bar “El Torreón”, viernes 4 de agosto de 2006, 18,30 hs.
Presentes: Leandro Araujo, Jorge Consiglio, Marcos Herrera, Jimena Néspolo, Hernán Ronsino.



­Jimena: –Desde Borges sabemos que las poéticas fuertes moldean o inventan a sus propios lectores. ¿Creés que el “lector de Cohen” ya está enteramente formado para leer Donde yo no estaba?

­Marcelo: –A pesar  de que Saer habla de la francofobia de Borges, creo que Borges sacó esa idea –muy cierta– de Valery… Cuando empecé a hacer la serie que empieza a atisbar en los cuentos de El buitre en invierno, con la eliminación de los referentes precisos, la paulatina invención de escenarios inexistentes, y muchas cosas más que tienen que ver con el lenguaje, para mí todo era simple voluntad de hacer, no me preguntaba nada más: no me preguntaba ni por los lectores, ni por el futuro de lo que estaba escribiendo, ni qué iba a pasar conmigo como escritor… Mi máxima pretensión entonces era, me parece, ser como alguno de los escritores que yo admiraba, cosa que me parecía desmesurada y nada más… Hacer como hacían ellos. Lo digo sin ingenuidad; debía tener ya 30 años cuando empecé a darme cuenta que necesitaba un pivote, “ideas pivotales”… y esbocé una especie de sistema, un bastidor: poéticas afines, ideas sobre el mundo, qué me gustaba leer y qué tenía para contar que no hubiera oído en otros y cómo hacerlo, como “traducirme”. Luego (con El sitio de Kelany o El oído absoluto), a partir de lo que me decían algunos amigos argentinos o españoles, tomé conciencia de que no se entendía muy bien lo que estaba haciendo. Tuve la suerte de que me publicaran en España mucho antes de que allá se conociera la literatura urbana latinoamericana de los ´70 y los ´80. En esa época los españoles seguían creyendo en la literatura sudaca exótica o de denuncia. Recuerdo que a mitad de los ´80 propuse a Aira en una editorial y me dijeron que “ni locos”… (Lo mismo me pasó con Saer, dicho sea de paso.) Al mismo tiempo, veía que algunos lectores dispersos iba teniendo. Acá, Beatriz Sarlo, muy rápidamente leyó El país de la dama eléctrica, Insomnio… y fue muy generosa. Fogwill también. No puedo decir qué pasó con los que leyeron mis libros en la universidad, pero los libros se dieron y circularon. En cierto modo me parece que había algunos lectores esperando que pasara algo: y pasó todo al mismo tiempo. De Marechal, de Cortázar, del naturalismo de los ´60 y ´70, de Walsh y de Conti, del realismo mágico latinoamericano, de tantas cosas diferentes pero ya cuajadas, tenía que haber un viraje, la literatura es así. Varios escritores y yo uno más fuimos creando un ámbito de lectura para eso que había a la vuelta del recodo. Si yo pudiera juzgar desde fuera de mí, de eso no me cabe la menor duda; la gente tuvo que pensar “¿cómo leo esto?” para disfrutar de Aira, por ejemplo: un tipo que saca siete novelitas por año, que son desparejas, algunas decepcionantes y muchas verdaderos prodigios, que reparte los libros entre veintitrés editoriales, que escribe relatos que no terminan, sin tensión, con personajes que se diluyen, rompiendo todas las preceptivas, literatura desbocada, podría decirse que incluso loca de pureza literaria… Había que olvidarse de Henry James y de Thomas Mann, había que olvidarse de muchas cosas para leerlo. Y en mis libros, supongo que también había que dejar de lado algunos supuestos, por ejemplo las fronteras entre fantasía, prospección y realismo, por ejemplo ciertas reglas de la lengua argentina, y reemplazarlos por otros, provisionales, fijarse en ciertas propuestas y en otros modos de descifrar lo real. Mi objetivo (político, si se quiere) es crear una forma que sea compartible y que nos invite a irnos por buenos ratos de donde estamos, con suerte hacernos territorios liberados…

Marcos –Eso que vos decís, “yo escribía y no me importaban los lectores”, me hace pensar que esa posibilidad que nos da la literatura de estar “al fin solos” (como decís en ¡Realmente fantástico!) es también lo que nos da la mayor libertad… Mientras tanto, el mercado ejerce esa presión por tornar “entendible” a la literatura: La viuda de los jueves, por darte un ejemplo…

­–Yo creo que nosotros no tenemos que discutir con esa literatura. No es lo que nos importa. Es como los bombones: si querés bombones buenos vas y te los comprás, y aparte de eso en el supermercado te ofrecen de todo… Los que creemos que la literatura es una cuestión delicada, digo delicada, no grave, y pensamos que puede dar cuenta del mundo en que vivimos, los que estamos incómodos y creemos que muchas ficciones contribuyen poderosamente a sustentar el mundo con el cual estamos incómodos hacemos, entonces, otras ficciones… Otras ficciones que aspiren a nuestros ideales, a nuestras ideas del bien… Pero es imposible que la literatura esté sola consigo misma y no sería bueno, después de Adorno, volver a la defensa de la especificidad de los medios. De las muchas contaminaciones que pueden ser beneficiosas cuando se escribe,  Donde yo no estaba quiere beneficiarse de la de los hechos de todos los días, la vida que te toca quieras o no, y en esto entra un encuentro casual en el tren pero también el impacto de una película, un cuadro, la recomposición de un concierto. Yo creo que gran parte del futuro, de lo que va venir en literatura, se juega en el descentramiento de la escritura respecto de la palabra misma; es decir, un ligero desplazamiento de la palabra hacia otros medios, y también hacia la experiencia… Pienso en Bellatin o en Sebald, que toman mucho de la instalación y a la vez de los registros de la experiencia, ejemplo las fotos... Claro que a veces las trucan. Pero eso, el hecho verdadero y el truco, es lo que todo junto hace enfocar la visión. 

Marcos: –¿Y con respecto a tu escritura?

–Yo tengo una debilidad por la música, le perdono más que a otras artes, soy más ecléctico en música, y como me hago cargo de eso, influye mucho en mi manera de ver la literatura. He pensado un poco en qué se quiere decir cuando se habla de la musicalidad de la prosa, de la poesía, he cambiado varias veces de idea… y últimamente me parece que en ese deseo de música que hay en la literatura pueden considerarse dos planos operativos: la composición y la ejecución o performance. La performance está relacionada con lo concreto, lo irrepetible, un plano en que personalmente me identifico con el ejecutante instrumental, es decir: la escritura como improvisación en tiempo real. La composición en cambio tiene que ver con el diseño general, con la previsión, incluso el corregido (no tengo una teoría en contra de corregir, pero tampoco una moral a favor; simplemente escribo de una manera que da un lugar al corregido, como parte de la composición). Y están los modelos de composición contemporáneos, por ejemplo la electrónica. Donde yo no estaba, está llena de samplers, está re-plagiada… A veces había algo que no sabía como decir entonces me levantaba y abría un libro, un verso de Wallace Stevens, de Szymborska, una frase del diario, de un ensayo, de Krishnamurti… La mayoría de las veces esa frase la torcía, la desviaba. Esto es posible porque la frase era larga, morosa, hospitalaria, como el carácter del protagonista.


Jimena: –¿Pero alguna vez escribiste de otra manera?

Marcelo: –No. Eh… sí. En los cuentos de El fin de lo mismo no copiaba casi nada, o no directamente; salía cocinado de la cabeza como si fuera mío; y esto porque la frase y el párrafo eran mucho más económicos. Pero después de cada cuento me quedaba la sensación de que el aire de la frase era insuficiente, el sonido y las ideas algo cortantes… Pero en esta novela de ahora el protagonista es un tipo parsimonioso, le gusta examinar todo lo que se le pone delante de los sentidos, entonces yo tampoco tenía apuro en terminar el párrafo. El desafío que se me planteaba era saber cuánto de aquello que cabe en una conciencia corriente, pero muy atenta, podía poner en la novela sin destruirla totalmente (porque lo que yo quería era reformar el género, que es lo que quieren, ¿no?, muchos novelistas). Lo asumí como un aprendizaje de la atención pormenorizada, de reforma de los sentidos… De algún modo, Aliano es mi ideal, es como yo querría ser. De más está decir que comete sus errores, sus maldades y no se hace cargo de ellas, que se miente un poco, pero el extremo cuestionamiento de sí, la disolución de sus fundamentos que practica todo el tiempo para mí es un ideal, y su deseo de borrarse y de dejar el lugar que ocupa en el mundo a los demás es un deseo genuino que ojalá nos tomáramos todos en serio.                     

Marcos: –Pienso en dos escritores: en Onetti y en Celine, ambos en distintos reportajes dicen: “Quiero que me dejen en paz”.

Marcelo: –¿Y eso con qué lo relacionás…?

Marcos: –Conmigo… (risas) No… Lo relaciono en parte con que Aliano no es un novelista pero tiene ese proyecto de escribir para que lo dejen en paz…

Jimena: –Aliano en un momento dice: “Yo no pienso, escribo”.

Marcelo: –Mi pensamiento funciona a ráfagas. Acá tengo un montón de notas que tomé mientras escribía la novela, que leídas ahora me parecen re-sesudas e interesantes, que me ordenan muchísimo... y sin embargo hoy sería incapaz de escribirlas; me olvidé de lo que sabía en ese momento. Si pudiera hacerlo sería perfecto (como otra gente que conozco que tiene un pensamiento de una claridad y transparencia admirable... La concentración es un atributo de la inteligencia). Yo creo que escribo para poder pensar, para poner claridad a mi pensamiento. Por supuesto que escribo además porque es totalmente gratuito y porque me gustaría lograr un objeto que antes de que yo empezara a modelarlo no hubiera estado en el mundo, una cosa de la que no se tuviera noticia previa.

Leandro: –Es que con tu obra le estás dando a la literatura argentina algo que antes no estaba, estás construyendo un universo único que es tu escritura a través de esos pequeños desvíos de lo real, de ese enrarecimiento de lo real…
           
Marcelo: –No sé. Siento que no termino de afinar una descripción de eso y esto me hace pensar a veces que soy un impostor, que estoy engañando a alguien… No puedo encontrar la campaña de publicidad para mi producto (risas). Lo que hago es volver siempre sobre algunas cuestiones, lo extraordinario y los mundos paralelos, el fantástico como producto de un agregado de cosas heteróclitas y tiempos disímiles, etc., y mientras tanto se va desarrollando… A la vez me doy cuenta que no es tan grave, que en todo caso lo que propongo con cada lugar que describo es: “usémoslo juntos y después tirémoslo”, que “son cuatro días locos que vamos a vivir” y que para qué vamos a guardar tanto si cada libro es diferente, y uno va cambiando de ideas y como le dice Yonder, el antihéroe de mi novela, al protagonistga Aliano (que es un tipo que no cree en el recuerdo): “Pero vé, jefe, que algo siempre queda”. Y ese algo son resabios, el intento una y otra vez de colarse en una serie en la literatura que uno cada vez retoca un poco, define más claramente y se va perfilando (digamos que para que la vejez no me agarre en pelotas) como el “fantástico cómico”: una serie que podría empezar por ejemplo en Aristófanes, pasa por Apuleyo, pasa por el Libro del Buen Amor y por Rabelais, por Laurence Sterne, por Gogol (estoy dando pasos muy largos) y se conecta por supuesto con Kafka y una pléyade de escritores del siglo XX (Buzzati, Bulgakov, Queneau, Felisberto Hernández) en los cuales algunos mecanismos de la comedía y de la payasada son capitales. La comedia, por lo menos desde Shakespeare y al contrario que en la comedia griega, termina con la reconciliación; y no se le debe dejar al público la ocasión de sentirse partícipe, de tener la absolución de alma de que los personajes idiotas o malos sean castigados y ellos aplaudan (ni a los autores depositar toda la idiotez en unos pocos). En todo caso: todos se volvieron locos por un  rato, lo cual puede decir también que todos podemos estar locos todo el tiempo. Porque en ese rapto de locura aparece la locura del mundo que es el núcleo del misterio. A mí gusta creer que pese al descrédito que tiene hoy el deseo de captación del misterio, que es el encanto del mundo, volvamos a ocuparnos de eso que está pasando todo el tiempo. Nos hemos vuelto demasiado desapasionados, al punto de que la razón, el sueño de la razón, no produce ni siquiera monstruos. Cuando se duerme, se sueña con…

Marcos: –Electrodomésticos…

Marcelo: –Por ejemplo. Con mercancía, que también puede ser una persona. El deseo está capturado por la mercancía.

Hernán: –¿Pero eso no es también  monstruoso?
         
Marcelo: –Y, sí. Digamos que el monstruo de hoy es la mercantilización extrema del sueño.

Marcos: –Yo creo que el sueño de la razón no engendra monstruos porque los que sueñan son monstruos…

Marcelo: –Sí, me parece que tenemos que hacernos cargo que estamos todos un poco monstruizados…

Jimena: –Pero esa es una idea posmoderna que no me cierra. El poder como red, todos somos responsables y…

Jorge: –No. Es muy real: Si estamos todos hechos mierda…

Jimena: –No. Porque con esa explicación sobre el  mundo nunca nadie es imputable, todos somos responsables de la corrupción argentina, todos somos…

Marcelo: –Te queda la posibilidad de aceptar que estás tan penetrada por ese mal como cualquiera pero al mismo tiempo podés, por determinadas razones (entre ellas la curiosidad, eso sería un valor “moral”) podés detectarlo, saber, porque dentro de ese mal hay montones de oportunidades de encontrarte con la denuncia. Una de ellas es la denuncia que hace la literatura… Denuncia es una palabra horrible; hablo de eso que dice Kafka, de los libros que te penetran como un cuchillo de hielo. Si vos elegís ciertos libros, por ejemplo, ciertos libros te van a llevar a la responsabilidad; como ciertas personas. Hubo un momento en los años ´80 en que montones de gente que habían participado en los ideales de reforma, equivocados o no, empezaron a decir: “¿Sabés que? Yo ya me harté de leer a Herman Broch, se me cae de las manos. La verdad es que a mí me gustan las películas pasatistas.” 

Jimena: –Lo que yo planteo, en todo caso, es que hay que reformular posiciones ingenuas sobre el Bien y el Mal, sobre la alta y la baja literatura, que no tienen nada que ver con el tema de la responsabilidad… Para volver a Donde yo no estaba (o también a El testamento de O´Jaral) en cómo están presentados en la ficción, por ejemplo, los folletines televisivos. En ningún momento Aliano se plantea una disyunción ética entre ver o no ver “Liber mi”. No…

Marcelo: –Cierto. Lo que él hace es tomarse ese folletín como un motivo de reflexión como cualquier otro.

Jimena: –El punto sería entonces replantear posiciones maniqueas, pero no caer en el facilismo de decir “estamos todos en la mierda” porque después desde allí se justifica todo…

Marcelo: –Por supuesto. Es como los que te dicen: “¿Sabés qué? Yo siempre quise ser un burgués.” Bueno, pero a mí ¿qué? No vamos a ningún lado con ese razonamiento. De todos modos, creo que  no nos conviene entrar en el terreno de la moral. Pero no quiero dejar escapar esto que decís vos. Hay algo que hoy sí o sí está en cuestión: la noción del arte como gasto, como aquello que se opone a la acumulación, a la mercancía, a la posesión y al dominio del  mismo objeto del que se ocupa el arte, que se opone a la noción del arte como vía de conocimiento útil; toda esa filosofía que pregona el arte como derroche; la pregunta es si esa idea debería también incluir la indulgencia con aquello que la realización va a derrochar. Si el derroche consiste, por ejemplo, en tirar piedras al río o bailar con los pies desnudos, mi posición es que en esa manera y con esas formas tenemos que ser amorosos, cuidadosos, donar algo lo mejor hecho posible, si no qué gracias, de la misma manera que hacemos lo mejor posible lo que se gestó a raíz del amor. Asumir el arte como gasto debería implicar, me parece, que uno pierda el tiempo haciendo el mejor don que pueda, tenemos que perder el tiempo en hacer eso… Pero perderlo realmente. Es decir, coser bien cosido, se tarde lo que se tarde. ¡Qué no se caigan los botones! No hay nada más feo que comprarte una camisa nueva, y de las caras, y que los botones no estén bien cosidos…

Jimena: –Bien. Volvemos entonces a la escritura como artesanado…

Marcelo: –Quizá como hacer sin medida, ¿no? Eso no pasaba antes, si atendés la historia de la literatura… Eso no pasaba ni con los clásicos ni con aquellas obras concebidas con arrojo y con entrega, hasta con los libros de Bataille… La entrega casi suicida de Bataille no excluye la pasión de escribir de manera fervorosa y responsable, por lo menos en relación a la lengua en que su pensamiento quedará plasmado.

Hernán: –¿Podríamos titular esta entrevista: “A Bataille no se le caen los botones?” (risas)

Marcelo: –Pero esa concepción incluye cierto heroísmo, porque llevada al extremo, en esa aventura el héroe se tendría que quemar…

Jimena: –Pero habría una tensión entre esa posición sobre el artesanado de la escritura y la otra que vislumbrabas acerca del descentramiento de la palabra… No entiendo bien, dónde está para vos el autor...


Marcelo: –Lo de descentrar (qué palabra horrible me salió, y además no sé si existe) lo decía por la literatura en sí, que pierda su centro de gravedad, que se mezcle. A lo largo de los siglos la literatura se ha transformado varias veces, y hoy dentro de las transformaciones posibles está la de ceder a la alianza, incluso la aleación con otras artes.

Jimena: –¿Y a qué te referís con ese “clasicismo de la emergencia” que mencionás en tu artículo del último número de la revista Otra parte?

Marcelo: –Era una descripción un poco arriesgada de ciertas novelas de ahora, por ejemplo las última de Bizzio, Rabia, y las de Guebel… En el sentido de que no veo en ellos una estética rupturista o vanguardista, sino una puesta a punto de ciertas ideas de la escritura de un pasado clásico con materias primas de hoy en día, novelas urgentes, presentes, rápidas, sucias de todo tipo de materiales del momento y al mismo tiempo clara, equilibradamente escritas y compuestas.

Jimena: –Hablabas antes de tu deseo de colarte en una serie de escritores… Y yo pensaba que el fantástico es la tradición literaria más fuerte que tiene el Río de la Plata, desde la conocida Antología de Borges, Bioy y Silvina hasta los cuentos de Holmberg. ¿Te pensaste alguna vez en esa serie? 

Marcelo: –Muchos escritores de mi generación, por lo menos en su adolescencia, tuvieron un momento en que quisieron ser Cortázar (más que Borges), porque entonces Cortázar era una especie de inundación en la que flotábamos todos al punto de imitar, incluso, modos de ser de sus personajes a ver si de esa manera ingresábamos en algo de ese universo literario… Hablo de mis dieciséis, dieciocho años, ¿eh? Hasta ese momento no tenía experiencia de lector para entender la magnitud del magisterio de Borges. Sólo empecé a entender la extensión extrema de la poética de Borges después, a los 25 años… Porque para calar en eso se requería, o la extraordinaria inteligencia de Piglia, o leer un montón de cosas de las que Borges se nutre... Hablo de entender, por ejemplo, que en la literatura en castellano hay distintos intentos de fundación, algunos contemporáneos o posteriores a los de Borges (como el de Lezama, como el del español Juan Benet que dice que hay que refundar la literatura española y que eso sólo puede hacerse a través de las traducciones de la Biblia, que son las que crean gran parte del lenguaje del Siglo de Oro, etc.). Lo de Borges es similar: la confección de una lengua desde los decires de las orillas, desde las nuevas artes, con ideas sobre la traducción, la lengua, el estilo, el relato, el tiempo, las otras artes (el cine), una metafísica, etc. etc. De eso obviamente yo no me daba cuenta, quizá porque había caído en una literatura en media res (Cortázar), que era más inmediata, que dialogaba con la cultura de los ´60, con el optimismo y la posibilidad del cambio…  Que es el origen de sus cursilerías, de las ingenuidades de él que tanto nos duelen, pero que también es el origen de descubrimientos peculiares: como el ingreso del Surrealismo y la Patafísica en la literatura castellana, y el ingreso conceptual de la novela como “aparato”, eso fue una gran liberación…

Jimena: –¿Podemos pensar a Aira como el hijo no reconocido de Cortázar?

Marcelo: –No. Lo veo más cerca de Cortázar a Pauls, pese a todo, al menos en El pasado. Por supuesto que Pauls viene de otras fuentes, Proust, en un momento Bernhard, Puig, tantas cosas confluyen en un escritor... Pero, si bien durante buena parte de su obra narrativa trató de separarse de toda poética con aspiraciones de inmediatez, ahora, después de haberse inmunizado, se siente en condiciones de volver a hacerse cargo de Cortázar. Es una sensación que tengo. Ya se hizo de un lenguaje y... Además ahora no tiene problemas en asumir la primera persona. Al contrario, después de El pasado casi todo lo nuevo que está escribiendo es en una primera persona que, precisamente, se opone del todo al yo delicuescente que nos obligan a usar; no ese yo es una posición de disidencia…

Jimena: –¿Te referís a La vida descalzo?

Marcelo: –Sí. Y de un diario del que a veces lee fragmentos…

Jimena: –Del Cortázar serio o comprometido, puede ser. ¿Pero me vas a decir que Aira no nace del Cortázar patafísico? Trama una seudo iniciación con Pizarnik, pero…

Marcelo: –No. Yo creo que Cortázar no entendió a Roussel y Aira, sí. Aira aprendió algo que es muy beneficioso que es que se puede escribir sin culpa (y Cortázar no lo aprendió). Que no hay que devolver nada por el hecho de que uno esté cometiendo eh…

Marcos: –¿¡Sacrilegio!? (risas)

Marcelo: –Aira se desprende de la idea de que por el hecho de haberse dedicado a una actividad innecesaria se debe devolver algo a la realidad, a la comprensión o el conocimiento “literario” de la realidad, la idea de que hay que devolver algo por ese tiempo que uno afana.

Marcos: –Entiendo.

Marcelo: –Todos los escritores creen que deben pedir disculpas, a su familia, a la sociedad… Al mismo tiempo todos somos muy narcisos... Lo que Aira ve en Roussel es que se puede escribir sin rendirle tributo a la experiencia...

Jimena: –Ni a la experiencia, ni a la lógica, ni a nada… Perfecto: digamos que su mérito consiste en haber reivindicado el derecho a escribir de los que no pueden o saben escribir… ¿Pero vos te dás cuenta que estás en la antítesis del modelo de escritor/artesano que estabas defendiendo antes?

Marcelo: –No. Porque Roussel era un tipo de una extraordinaria voluntad y capacidad artesanal. 

Hernán: –Para seguir la metáfora: ¿Podríamos decir que a Aira se le caen los botones? (risas)

Marcos: –En algunos libros sí, y en otros no. ¿Verdad?

Marcelo: –No. Porque lo de Aira no es un  libro; ya lo dice él, es un continuo, la marcha de un procedimiento... Tan meritorio como escribir una novela de las llamadas perfectas podría ser crear un motor perfecto de narrar. Y el efecto para el lector de hoy puede ser igual de provechoso y placentero. 

Jimena: –¿“Un motor perfecto de narrar”? Los escritores de best-seller también tiene un “motor perfecto” de narrar, por cierto “provechoso y placentero” puesto que venden millones. Al menos nos podemos poner de acuerdo en que existe un “autor” y que todo lo que firma o cobra ese “autor” es su “obra”, y en ese sentido también podemos acordar que todos los “autores” escriben en “continuo” hasta que se mueren o silencian. ¿No?

Marcelo: –Sí, pero no en todos ese continuo es procedimiento; en muchos es un resultado inevitable, no una idea en marcha.

Jimena: –Pero eso no es una novedad… La diferencia estaría dada en el modo en que se legitima ese procedimiento…

Marcelo: –¿Vos qué querés hacerme decir? Yo no quiero hacer un balance de él, emitir un juicio; disfruto mucho con sus libros, creó un sistema por el cual puede escribir todo el tiempo, respondiendo a todas las solicitaciones, sin sentir que debe devolver algo por lo que está haciendo…  Creo que, con diferentes estilos, hay un talante en la literatura argentina (desde Macedonio en adelante) de poderosa, orgullosa y sana resistencia a los protocolos de vida pública y fama. Lo cual no quiere decir que no exista la vanidad de los escritores, ni que no les caiga la fama por añadidura… Pero no hay ningún escritor argentino que importe que haya querido ser Victor Hugo, o Saramago; todos prefieren alistarse con Baudelaire o con Flaubert, o con Beckett o con Sebald… Esto es lo que permite a Fogwill lanzar vituperios como una gárgola, a Aira refugiarse en la indiferencia, o a Piglia tener la libertad de tomar al conservador Borges por el magisterio perturbador de su literatura y hacerlo dialogar con Arlt. Pero como contrapartida, una enorme parte de la gran novela del siglo XIX quedó invalidada, escondida para nuestra tradición. Por eso vuelve ahora en parte el realismo, porque todos nos damos cuenta que las novelas de Saer sin Robbe Grillet no serían como son, pero que también son imposibles sin Stendhal... Fijate que el mismo Aira dice: “Yo debería haber intentado ser Balzac”…

Jorge: –Hay autores que te enseñan a ver, que te modifican la mirada. ¿Qué te textos o autores recordás que te hayan enseñado a ver?

Marcelo: –La poesía, sin duda. Ese poema de William Carlos Williams infinitamente citado, el de la carretilla roja bajo la lluvia…  Pareciera que para nosotros la realidad es observable luego de haberla leído, ¿no?. Pienso en Dickens, en…

Jorge: –¿Ballard y Arlt?

Marcelo: –Lo de Ballard es más bien una posición de la mirada. Onetti y Arlt, en cambio, son reaseguros contra el autoengaño, las ilusiones consoladoras…

Marcos: –Para volver y cerrar con la novela: ¿Por qué el título Dónde yo no estaba?


Marcelo: –Porque ciertos autores que lee y él llama sus maestros lo indujeron, por temperamento o hasta por necesidad, Aliano tiene un plan vital que se explica de muchas maneras. Sucintamente, lo que quiere es adelgazar paulatinamente su personalidad, o vaciarse o disolverse, y dejar que el lugar que él ocupa en el mundo lo ocupen las cosas y las personas de las que él puede ocuparse. Es un camino, claro, y se sabe que en general es bastante difícil de seguir, porque no implica la existencia de una meta. Darse definitivamente poca importancia, y mejor desentenderse de uno mismo, puede (como descubre Aliano) llevar varias vidas de práctica. Este es uno te los motivos del libro. Me pareció que no estaba mal prenderse de esa voluntad contribuyendo desde el texto, digamos literalmente, y como ejercicio era un pequeño reto. Hay casi la mitad de la novela sin el pronombrecito. Después pasa algo que obliga a poner la maniobra en cuestión, y entonces... Pero este también es un motivo del libro, que las costumbres que se le iban formando tuvieran que cambiar por obra de un lío interior. Cambia el estilo, cambian opiniones, cambian estados civiles, cambian caras, cambia el uso o no uso de "yo".     


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