Presentación de Cosmópolis de Fabián Soberón [a cargo de María Eugenia Carante]

A continuación ofrecemos el texto leído por María Eugenia Carante en la presentación de Cosmópolis. Retratos de Nueva York (Modesto Rimba, Buenos Aires, 2017) de Fabián Soberón. El evento tuvo lugar en el Encuentro Internacional de Cronistas Latinoamericanos, en la ciudad de Salta, el 29 de junio de 2017.


Fabián Soberón es escritor, profesor universitario y crítico. Nació en Tucumán, R. Argentina, en 1973. Es Licenciado en Artes Plásticas y Técnico en Sonorización. Fue docente de Historia de la Música en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán. Actualmente se desempeña como profesor en Teoría y Estética del Cine (Escuela Universitaria de Cine), Comunicación Audiovisual y Comunicación Visual Gráfica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán. Ha publicado la novela La conferencia de Einstein, los libros de relatos Vidas breves y El instante, las crónicas Mamá. Vida breve de Soledad H. Rodríguez  y Ciudades escritas, y ensayos sobre literatura, arte, música, filosofía y cine en revistas nacionales e internacionales.
Cosmópolis. Retratos de Nueva York es una obra variada, de distintos abordajes,  que incorpora el cine, la música, las artes plásticas, tanto como una diversidad de géneros para mostrar la inmensa vitalidad de una ciudad que nunca duerme, como dice la canción.
El libro recoge las impresiones de un  viaje a Nueva York del autor y su familia. Por lo que puede considerarse, en principio, como una crónica. Hay un relato de los sucesos e impresiones de esa experiencia, realizado en forma cronológica: llegada, estadía, partida, con detalles precisos que informan y entretienen al lector
Esta ciudad, no es cualquier ciudad. Según las estadísticas, en Nueva York se habla 170 idiomas y el 35% de la población no ha nacido en Norteamérica.
Nueva York es una “Babel infernal”, dice el autor; ombligo del mundo donde caben árabes, judíos, marroquíes, latinos, rusos, monjes budistas, chinos: mundos diversos, civilizaciones, etnias, el universo entero –también lo real y lo imaginado–. “Esta ciudad es un laberinto de deseos, etnias, arte, helicópteros, río Hudson y desolación”, dice el autor.
Nueva York no es la ciudad del sueño americano. Es la ciudad de los homeless que pululan por todos lados, de los músicos callejeros, de las negras obesas, de los hispanos que hablan dificultosamente los dos idiomas, de los solitarios, de los expatriados, de los marginados.
Lugar  de encuentro de culturas, de extractos  sociales diferentes, de tipos humanos diversos, el autor escarbará sutilmente la capa engañosa de una  ciudad tan compleja, para descubrir lo que se encuentra debajo de su superficie, conocer su otro rostro.
La realidad se manifiesta fragmentada, como una fotografía. Considerando el hecho de que el autor proviene sobre todo del cine, se podría hablar de escenas, momentos concretos que se ofrecen a los ojos del viajero, reveladores de una experiencia que lo sorprende, lo conmueve, lo desconcierta, y, en todos los casos, le inspiran una perspicaz o explícita reflexión. 
El libro contiene un poco más de ochenta episodios, unos más extensos que otros, en los que predomina la brevedad, y la contundencia; no hay excesos ni verbosidad. Por el contrario, hay una escritura desnuda y sobria. Propio de la crónica, género fronterizo por excelencia, hay variedad de recursos y de géneros: poemas, fragmentos ensayísticos, autobiográficos, descripciones; hay realismo y hay ficción. Algunos de estos episodios, se pueden enmarcar dentro del microrrelato.
Su deambular, su ir y venir por la ciudad registrando lugares, modos de vida, personajes que le dan a Nueva York esa impronta tan particular,  más que la de un cronista, la actitud  del autor es la de un flâneur: un “espectador urbano”, como lo define Walter Benjamín en su estudio sobre Baudelaire. Susan Sontag en el ensayo Sobre la fotografía (1977) extiende el término flâneur al fotógrafo urbano o callejero. De hecho, en Cosmópolis, el autor realiza el itinerario neoyorkino acompañado por su amigo fotógrafo Renán Darío Arango, “el Tolstoi colombiano”, lo llama.
Tras su condición de paseante, observador atento, este flâneur de Cosmópolis,  oficia de sociólogo mostrando la alienación del sujeto moderno, cuestionando la idea de progreso, y dudando de su utilidad. El horizonte social es el que atrae principalmente su atención. El autor enfatiza el paisaje humano, la respiración de la ciudad. El punto de partida es la casa, el hogar  durante la estadía en Nueva York, un espacio pequeño, reservado, familiar. Ese mundo íntimo está interpelado por la existencia de una ventana, a través de la cual el narrador puede ver literal y metafóricamente el fondo, espiar el vecindario, conjeturar vidas, imaginar situaciones, deducir personajes, observar el mundo de afuera.
En el “Lavadero”, por ejemplo, converge el corazón sórdido y miserable de la gran ciudad: La negra que atiende el lavadero: “Chupa un chicle eterno. Mira la tele como si se desquitara del tedio”;  la mujer canosa, suicida, tiesa, inmóvil por horas frente a la máquina de lavar; un puertorriqueño que siempre está cansado; el negro, personaje emblemático, espejo social y existencial  que no va a lavar sino a conectarse con el mundo. La alienación y la soledad aparecen no sólo como una condición social, sino como un orden de mentalidades, de sistemas simbólicos, y de prácticas profundas.
Los personajes no son anónimos, son individuos con nombre, con nombres y apellidos en algunos casos, con biografía. Así aparecen: Bruce, el marroquí que vende en su carro faláfel y kebab para mantener a su familia; que le cuenta su historia, su vida, sus pesares; los vecinos: Anne y su esposo Marlon; Mariza Bafile, contadora de historias; la china de Brooklyn, entre otros.
Nueva York es una sorprendente metrópolis que ha producido caudales generosos de arte, de cine, de música, de literatura. Así aparece citada, también, en esta obra. Es la ciudad del jazz,  la ciudad donde vivió y murió John Lennon, el colombiano Nereo López Meza, fotógrafo, reportero, amigo de Gabriel García Márquez. Nueva York es la ciudad donde Astor Piazzolla engendró “Adiós, Nonino”. Es la ciudad de Andy Warhol, ícono del pop art; la de Eduard Hopper y el expresionismo abstracto.
La escritura de Soberón es, sobre todo, una escritura poética. Hay sonidos, olores, visiones, paisajes, sensaciones. Todos los sentidos están atentos para apropiarse de la gran ciudad. Abunda la sinestesia, como recurso literario; la metáfora y las comparaciones: “Vuelvo mi cara y me pierdo en las escaleras de incendios. Las torres pululan como tentáculos que tocan el cielo. //Cientos de ventanas y cientos de vidas colgadas de los departamentos.//  La suerte está echada para Bruce, pienso mientras los árboles de la plaza me acarician la cabeza”.
También la abundancia de reflexiones o de opiniones, permite considerar a este libro como una modalidad del ensayo, abordando diversos temas: “En todos los rincones de Manhattan hay un músico que toca jazz. Los tachos de basura funcionan como una batería. El eco de un xilófono de tubos resuena en la línea B. Un niño golpea un piano en Union Square. (…) Todos quieren ser escuchados. ¿Pero quién los escucha? Su música es una lucha vana contra la indiferencia(de “Rincones”).
Hay una escritura atravesada por el sentimiento de orfandad, por la ausencia del padre. Queda manifiesta, entre otros ejemplos, en la desplazamiento del sujeto de la narración, que cede por momentos el punto de vista a los hijos: Catalina y Bruno son las otras dos voces de este libro, cuya función es la de interpelar el discurso del padre. La vida es un paraíso en los niños; en el padre, es el paraíso perdido: “En el agua marrón, al lado de la arena, Catalina grita de alegría cada vez que una ola moja su cuerpito tierno y risueño. Los restos de comida y los pedazos de banana nadan en el agua del mar. Son los restos de la miseria en la playa” (de “Coney).
A pesar de evidente realidad, la ciudad tiene mucho de imaginada o recreada. Por lo que, es importante señalarlo, Cosmópolis se lee también como una novela ya que los recorridos del viajero por la ciudad van trazando un mapa sentimental que lo incorpora, como un personaje más, a esta gran metrópolis.
Pero el tiempo, siempre el tiempo, la finitud inexorable del ser y de las cosas, acechan retaceando el goce. Unos versos de John Keats dicen: “¡Oh, Dios,/ haz que algo sea para siempre!” El final de estas crónicas suena como una plegaria, como un conjuro. Un anhelo intenso e infinito, si esta palabra pudiera caber en lo humano, de perpetuidad en la memoria por prodigio de la escritura.


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