“Desde el umbral” por Rosana Koch



Nunca podemos descansar del todo, de Gabriela Mayer. Buenos Aires, Milena Cacerola, 2025, 111 páginas.

 

 

¿En qué momento lo cotidiano comienza a resquebrajarse y deja pasar aquello que desestabiliza nuestra idea de realidad? ¿Qué grietas permiten que lo inusual se filtre en la rutina? ¿De qué modo el deseo, los cuerpos y los mandatos se leen mejor si atendemos a esos bordes enrarecidos? En su último libro, titulado Nunca podemos descansar del todo (2025), Gabriela Mayer, periodista cultural y escritora, construye una constelación narrativa en la que el ámbito cotidiano, aparentemente estable, se fisura para dejar asomar, sin estridencias, un temblor que interpela al lector. No es un golpe de efecto, sino una ética del mínimo desajuste.

El volumen se compone de doce cuentos organizados en tres espacios diferentes: el pueblo (Chivilcoy, Bragado, Punta Mogotes, Villa Ortíz), donde la suma de rutinas se aglutina hasta que sobreviene lo inesperado; el espacio urbano, donde el tránsito, con ritmos acelerados y coordenadas digitales, pierden su función orientadora y se vuelven una fuerza, por momentos, de auténticas “embestidas”; y el espacio íntimo o autobiográfico, que condensa la memoria personal y sus reverberaciones afectivas.

El primer cuento, que le da título al libro, transcurre en la Colonia Los Sentados, donde los muertos no son enterrados, sino embalsamados y sentados. Habitan en silencio la casa de sus parientes. El rumor, como voz colectiva, es el motor del relato: “Dicen que hay un sentado que se está despertando” (13). La noticia se desparrama, con sigilo, por todo el pueblo. La ruina de un presente perforado por la memoria emerge en esas voces guturales ininteligibles y “ahuecadas”: espectros que, a los tumbos y con torpeza, bajo el mando de Aquiles, toman el espacio público en el aniversario de la fundación de la Colonia y explican que el pasado no está clausurado. 

En el segundo cuento, “Fotos sueltas”, la memoria tampoco aparece como un depósito pasivo del pasado, sino como una fuerza activa que insiste en el presente. Las fotografías funcionan como un archivo material y sonoro: concentran recuerdos, pero al mismo tiempo actúan como portales que convocan presencias y voces del ámbito familiar: la de Jorgito, Roberto, Mariángeles, y de un modo especialmente intenso, la de la madre. Una vez que la narradora elige la Polaroid que siempre le había gustado, la ubica en la punta de la mesa y sube a acostarse. Es plena madrugada cuando escucha su voz, desciende las escaleras, reconoce en la penumbra la figura de la madre y corre a su encuentro con los brazos abiertos. Ambas comparten el pelo canoso, representando la co-temporalidad que las sitúa en el mundo presente. Juntas, “agarradas del brazo, salimos a la noche lluviosa… Nos descalzamos en la playa oscura; dejamos las chancletas junto a los mocasines. Nuestros brazos siguen entrelazados. Caminamos y la arena se nos mete entre los dedos y los pies. El rugido del mar nos hace olvidar el viento y la lluvia. Y nos trae tantos recuerdos, como fotos sueltas” (27). 

Quizás ambos relatos puedan leerse como una poética del umbral, donde la escritura entreteje un territorio intermedio: entre la casa y la calle, entre el silencio y el rumor, entre la imagen fija y la voz que retorna. Es en ese espacio suspendido donde surge lo extraño: lo familiar se desplaza, se desacomoda, y deja al descubierto la presencia inquietante de los muertos coexistiendo con el presente de los vivos. 

La figura materna adquiere una densidad emocional particular a lo largo del libro. El cuento “La terraza” muestra cómo la escritura llena de sentido el vacío de una madre que ya no está; su imagen también está prefigurada en Sueños como cuchillos (2022). En el cuento “El inventor del agua”, la narradora se pregunta: “¿Qué hace mamá cuando tiene tiempo libre? ¿Tiene algún tiempo libre? Quisiera preguntárselo, pero acaba de salir con la palangana verde rumbo a la terraza, a colgar la ropa. Esta vez no subí con ella. Solo me queda esperar que vuelva y seguir con mi ritual de acompañarla por el departamento. Allí donde permanezca haciendo algo, estoy a su lado. Sin hacer nada, pero acompañándola. Tal vez, así, se sienta menos sola, y yo también” (2022: 74-75). El acto cotidiano de colgar la ropa se transforma en un ritual amoroso de sus presencias silenciosas. La hija no participa activamente, pero acompaña. El mensaje que emerge de la cita trasciende la anécdota doméstica y conecta “Fotos sueltas”, “La terraza” y “El inventor del agua”: la soledad de la madre y de la hija se espejan.  


| una poética del umbral, donde la escritura entreteje un territorio intermedio: entre la casa y la calle, entre el silencio y el rumor, entre la imagen fija y la voz que retorna |


Ahora bien, ¿cómo se construye ese espacio íntimo cuando los recuerdos no acarician sino interpelan? “Reír con los ojos” comienza así: “Mi papá se llamaba Curt y nunca me abrazó” (105), así lo enuncia la narradora en el entramado filial que unen los últimos relatos. En ese “nunca” se abre una fisura —entre lo que pudo ser y no fue— que la escritura no pretende cerrar, sino explorar. La hija se inscribe en una historia paterna que muchas veces llega marcada por el silencio, la falta o la distancia. La memoria, así, configura un espacio de confrontación con lo que dolió y aún permanece como marca. 

Los cuentos “Fecunda”, “Lunaciones”, “Gerardo” y “Embestidas” articulan una mirada feminista desde un registro sensible, encarnado y cotidiano, que tensiona las narrativas sobre el cuerpo, la maternidad y los vínculos de género. 

En “Fecunda”, se hace visible lo que Sarah Ahmed denomina “política afectiva de los cuerpos”: los deseos y experiencias corporales están moldeados por los discursos sociales que orientan qué sentir, cuándo y cómo. El cuerpo de la protagonista no es simplemente un objeto biológico intervenido por la técnica de los especialistas para poder procrear, sino un espacio cargado de afectos, de dudas, frustraciones, deseos: “Estabas ganando bien y sentías cierto contradictorio deseo de procrear, no podías negarlo. Entonces te dejaste convencer” (51). Mientras tanto, una semilla va creciendo como brote en su balcón e irrumpe el espacio doméstico hasta fusionarse con su cuerpo. Nuevamente el umbral aparece como un modo de pensar lo femenino en zonas de inestabilidad: entre la naturaleza y la ciencia, entre lo íntimo y lo normado: “La planta te rodeaba, en un abrazo fértil y eterno. Los ovarios, al final, te habían dejado de doler” (57). El abrazo vegetal no resuelve, desestabiliza; le devuelve al cuerpo femenino la posibilidad de no ser completamente gobernable. 

En “Lunaciones”, la mirada de género, la astrología, el esoterismo y los ciclos lunares cobran protagonismo en una pareja femenina. Con la luna, Viviana logra conectarse con sus vidas pasadas y las posibles. La historia avanza al compás de las fases lunares, que funcionan como metáfora de la intermitencia del vínculo: hay deseo y afecto, pero al mismo tiempo un desfasaje rítmico que impide la permanencia: la pasión se convierte en un ciclo de encuentros y fugas. En cambio, en el cuento “Gerardo” se interrogan las formas del amor heterosexual desde la subordinación y la violencia. La posición enunciativa que se ubica en una mujer mayor entre sesenta y setenta años, filtra con ojos inocentes la figura de Gerardo, que violenta, hostiga y rapta a su hijo. “Embestidas” sitúa a una madre reciente que busca evitar las relaciones sexuales con su esposo. El relato expone un microescenario de violencia sexual conyugal por la naturalización del consentimiento y su silenciamiento.  

Mayer escribe al borde: frases breves, aire justo, sentido que aparece en el roce. No cierra, afina el oído: al apagar la luz, lo que queda vibrando es el umbral.


Comentarios

  1. Muchísimas gracias, Rosana Koch, por tu lectura tan sutil y delicada de mis cuentos, que reuniste en esta hermosa reseña!!!

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