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jueves, 23 de diciembre de 2010

“El árbol de la vida”, por Rosana Koch

Árbol de familia, de María Rosa Lojo. Buenos Aires, Sudamericana, 2010, 284 págs.

Árbol de familia reúne una serie de historias organizadas en dos ramas principales que nos remiten a un pasado de exilio, inserto a finales del siglo XIX y continuado con la guerra civil española. Retomando palabras de Ivonne Bordelois, así como “la obra de Borges no se explica sin su ceguera o la de Kafka sin su padre”, no es posible pensar la obra literaria de María Rosa Lojo sin el exilio que, a pesar de incluirse en una experiencia de pérdida y de suspensión en el espacio indeterminado, es la piedra angular en la que el oráculo vaticina su destino de poesía: “Habría otra Rosa de su sangre que el mar separaría sin remedio de las costas gallegas. Otra que viviría sin verlo, una desconocida, hija de sus padres, pero sobre todo del éxodo, que llevaría puesto su nombre de bautizo como quien porta una lejana joya de familia, o mejor aún, un amuleto contra el olvido. Otra Rosa, la nieta de la suya, que no iba a conocer a esa niña tampoco. Otra, la separada, la distante, que nacería en un país llamado exilio.”
La novela o autobiografía ficcional (así lo confirma el pacto autobiográfico) comienza con una copla popular colombiana: “Soy gajo de árbol caído/ que no sé dónde cayó/ ¿Dónde estarán mis raíces?/ ¿De qué árbol soy rama yo?” A partir de estas palabras se inaugura una aventura regresiva que se va destejiendo progresivamente desde la propia memoria individual, el trayecto de vida de la autora: palabras típicas de su tierra, romances que se colorean de melodía, coplas y cantares que se entremezclan con su poesía narrativa, “olores, sabores y sonidos y el eco, aún ardiente, de historias imprecisas”. Aquí la memoria es la usina de historias familiares ramificadas y es también un estado, puesto que las historias se van continuando unas con otras y es la primera persona de la narradora que, como tendiendo un hilo, las une y actualiza en el presente y les quita, así, esa distancia a veces tan lejana como inmóvil.
Este árbol-metáfora de familia se ramifica en dos espacios, España y Argentina, y en dos ramas fundantes: La paterna, “Terra pai” –gallega y primordial–, en cuyo corredor circula su bisabuelo don Benito (“armador de dornas de Porto do Son que una noche de tormenta desafió al diablo”); su bisabuela Maruxa, la hechizada (“cuyas piernas perdían todo tino y control”); doña Rosa, su abuela (“atrapada en el trasmallo de dos generaciones, pescada para siempre”, a pesar de su voluntad de sirena libre); Rafaeliño, el bígamo; y especialmente, su padre, Antón, el rojo, arraigado a un profundo y emotivo espacio mítico, nostálgico y reencontrado en el corredor del tiempo (“Pero mi padre, también, plantó un castaño. Era su árbol fundador, después de todo, un verdadero ‘árbol madre’: árbol de la vida, árbol del mundo, eje cósmico capaz de abastecer las necesidades de toda una familia, y por extensión, de la especie humana. En sus hojas rejuvenecía, cada primavera, la esperanza del reencuentro”). Por otro lado está la rama materna, “Lengua Madre”, castellana, cuya herencia dejó un grito suspendido en la denuncia de infinitas preguntas que jamás tendrán respuesta. Por allí transitan su tío Adolfo (“el artista de varieté”), doña Julia, su abuela, don Francisco Calatrava, pintor sobretodo, quien quedó retratado en un relicario que, como un palimpsesto, dibuja un rostro que evoca otra imagen para los ojos de doña Ana, madre de la narradora, una imagen que siempre le confirmaría “el falso territorio de esa vida excedente y equivocada”.
En la simultaneidad de la lectura, entonces, parece reconstituirse y reconciliarse al mismo tiempo un yo perteneciente a la exterioridad, donde la escritura se circunscribe en tópicos bien reconocibles en la ficción de la escritora, y un yo propio de la interioridad, donde el “escribir hacia atrás” es intentar encontrar en ese arcón de recuerdos las propias huellas de la primera persona gramatical que, aunque se inscriba como sujeto en un no-lugar, representa la identidad, logrando la conjunción entre el “espacio público” y el “espacio privado”. Un espacio público o social representado, por tanto, en este texto por: el afán de superación de la herencia del exilio, una imagen femenina que continúa rescribiéndose en el encierro de una Historia/ historia  que la expulsa de su propio deseo con la simultánea tendencia de querer borrar ciertas antinomias impuestas, una ubicación consciente en la periferia para desmantelar los límites de la centralidad y encaminarse a la comunión con la alteridad, y la constante y singular fusión de la poesía en la narración para entramar una estética literaria personal. Y un ámbito privado donde por primera vez se recompone, quizá de modo inconsciente, la “frontera indómita” de su propia ficción y verdad. Es la perfecta síntesis entre la elaboración del pensamiento y lo íntimo del sentimiento lo que nos regala María Rosa Lojo en esta novela. Una búsqueda etimológica que invita a mecernos en las aguas de nuestra propia identidad. Es, especialmente, un acto creativo, pero con un gesto perpetuo de generosidad y humanidad.                                                                                                                                  

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