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sábado, 19 de marzo de 2011

“La alquimista de lo leve”, por Natalia Gelós

Relatos reunidos, de Hebe Uhart. Alfaguara, Buenos Aires, 2010, 512 págs.

Tenía que haber alguna víbora muerta. Es un detalle ínfimo, una mera anécdota, pero tenía que estar en ese mundo Uhart, entre tantas palabras nobles, entre tanta historia cotidiana, pequeña y grande a la vez. Si hablaba de una maestra y de una escuela, una víbora tenía que haber, porque sí, porque es lo que pasa, porque ¿quién que haya ido a un colegio de pueblo no tuvo alguna vez una historia de culebras y julepeados? Después, por supuesto, está el campo, y el cansancio, y la vida que pasa con parsimonia y silbido bajo. En ese mundo de Uhart de Relatos reunidos, el misterio de la vida puede esconderse en un posa-pava. Y ella que sabe de lo que habla, que nació en un Moreno casi rural y fue maestra y directora y que, claro que sí, enseñó filosofía, capta el momento, y hace de la sutileza una historia. Y lo hace sin pose y crea, como quien no quiere la cosa, un mundo menos oscuro pero aún así tan profundo como el de Faulkner. Uhart bien podría ser el viento sur y fresco de la versión faulkneriana. Sin tormentos, pero con el ojo en el lugar preciso para contar los pesares en tierras donde la vida se dirime en una intimidad compartida.  
Es claro por qué a Conti le gustaba la obra de Uhart y decía, por ejemplo, “de simpleza en simpleza uno penetra en hondura y laberintos donde sólo se pude avanzar si se participa de la magia de ese nuevo mundo...” En ambos hay pueblo, calle de tierra, como si en sus relatos el sonido sordo de las chicharras se prolongara hasta cada punto final. Uno no lo nota mientras lee. O sí, pero no le presta atención. Hasta que para. Entonces, es cuando eso que sonaba sordo y constante se hace más fuerte.
Sus cuentos son pequeños mundos habitados por Leonores que no abrazan sus sueños, que se conforman con lo que la vida les da (“Leonor”); o directoras de escuela rurales que se enojan con las inspectoras (“Impresiones de una directora de escuela”) –que qué se creen con venir a juzgar–; o gente que se muere “sin dar ningún trabajo” (Mudanzas). La parentela hecha literatura, la tensión dramática escondida en un grano de arroz, con eso parece tejer su mundo literario en una veintena de cuentos y tres novelas cortas (Camilo asciende, Memorias de un pigmeo y Mudanzas) escritos por esa dama que ha dicho, provocadora, que escribe sin pasión.
Su voz femenina cuenta impávida historias que a veces brotan de la infancia. Una infancia lejana a pompas y algodones. Su escritura no siente lástima. Mira al mundo extrañada y aprende, voraz, de tonos, de gestos. Y sus criaturas se preguntan: “¿Y eso qué mierda es?”; dicen: “verdolaga”, se quejan: “hace mucho calor”. Nada de grandilocuencia. Tampoco, de provocación porque sí. Que para qué forzar el drama, si ése, en el mundo de Uhart, leve, imperceptible, siempre está.

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