“Las fascinantes crónicas de un dandy sombrío”, por Fabián Soberón

Noches en Fitzrovia, de Julian Maclaren Ross. Buenos Aires, La bestia equilátera, 2011, 248 págs.

Héroe secreto de la literatura inglesa del siglo XX, Julian Maclaren Ross ha publicado novelas como Veneno de tarántula, cuentos como Tostadas de jabón y fragmentos autobiográficos que lo ubican entre los prosistas destacados de su generación. Nacido en 1912 y muerto en 1964, ha sido considerado el subterráneo antecesor inglés de esa generación norteamericana que la crítica denominó beatniks y que él, burlonamente, llamó vagabundos.
Noches en Fitzrovia reúne una serie de relatos que evocan, sutilmente, los años de su niñez, juventud y madurez. Estas notas dibujan, bajo la rara mezcla del recorte biográfico y de la evocación decididamente ficcional, una vida que parece existir para ser escrita. Maclaren Ross no escatima a la hora de narrar los estragos de la droga y el alcohol sino que hace de ese pasado la materia amarga para sus lúcidos relatos autobiográficos. En este sentido, se podría decir que la crónica cede el paso a la ficción y que la ficción hace lo propio con el relato crónico. Sea cual sea el procedimiento, ningún relato autobiográfico desmerece el nombre de literatura.
En “Monsieur Félix”, narra el feliz y melancólico descubrimiento de los títeres de la mano de un amargo y gruñón titiritero. Maclaren evoca el tránsito del interés por los cines y los bordes en una pequeña ciudad francesa a la fascinación que le provoca el espectáculo de los muñecos inertes y parlanchines. Un día, dentro de la cabina despojada y pobre de Félix, éste le enseña los rudimentos del arte del titiritero. Después, en París, Maclaren recordará, con Félix ya muerto y frente a otros artistas populares, ese gesto inmaculado que no puede borrase de su memoria.
Maclaren no reniega de los procedimientos de la ficción. Aunque el lector percibe que está leyendo el rompecabezas de una vida, siente que el autor es un hábil mago que organiza las piezas con un arte inusual. El autor inglés habla de los otros para hablar de sí mismo y recuerda anécdotas íntimas para referirse a los otros: sus padres, sus amigos y una anciana que ocupaba el trono en una taberna de Fitzrovia.
Reunión con un editor” no solo muestra de una manera indirecta el mundo difícil y cerrado de los editores sino que, además, incluye el recuerdo dentro del recuerdo. En la conversación con el editor, éste recuerda cómo conoció a Faulkner en EEUU. Cuenta que Faulkner le dijo que en Santuario se narraba la infancia de Popeye, uno de los personajes de la novela. El editor, absorto, había leído la novela y no había encontrado dicha referencia. Faulkner, altivo y tranquilo, releyó el manuscrito y se dio cuenta de que se había olvidado de escribir ese pasaje. Sin remordimientos, escribió el fragmento. Como la novela ya estaba en la imprenta, para solucionar el inconveniente el editor decidió incluir el pasaje al final de la novela. De ese modo, Santuario adquiere, para los ignorantes lectores, la forma de una curiosa innovación.
No es menos atrapante el relato denominado “Viaje al país de Greene”. Maclaren, admirador del autor de El cónsul honorario, lo visita en la mansión de Clapham Common antes de la guerra. Maclaren tenía veintiséis años y se dedicaba a vender aspiradoras. Cuando se presentó a la ama de llaves, ésta le dijo que ese día no comprarían artículos domésticos. Es decir, lo confunde con un vendedor. Ya en la conversación con Greene, Maclaren le cuenta que vende aspiradoras. El elegante Greene, con una jarra de cerveza en la mano, le dice que seguro lo hace para conocer mejor el ambiente para después escribir. Maclaren, alelado, le confiesa que no es así, que lo hace porque de otra forma no podría sobrevivir. El humor es un recurso que aparece de manera continua en las crónicas-relatos.
El vecino estrella polar” es un largo retrato de su trabajo junto al poeta y narrador galés Dylan Thomas. Maclaren lo admiraba y alumbra, en esta inolvidable crónica, las horas que compartieron en una empresa cinematográfica que producía documentales. DylanThomas y Maclaren se dedican a escribir un guión sin conocer el asunto del que trata y proyectan otro –que suponen será la pieza cumbre del género– que nunca será terminado. A través de la lógica de la escena, Maclaren descubre el mundo desolado y pobre del cine en un país que sufre el impacto de la guerra y que deja sin trabajo a miles de personas.
En una taberna, con la cara roja por el whisky, Thomas se queja de que Maclaren use saco blanco y bastón. Le pide que abandone esa maldita pose de dandy y que luzca más sórdido. Maclaren le confiesa que no los usa por mera impostación sino porque ha estado en la cárcel. El poeta, sorprendido, le pide disculpas y, a partir de ese día, entablan una extraña amistad.
Maclaren fue un dandy oscuro, sombrío y lúcido, el personaje que OrsonWelles hubiera querido dirigir. Un escritor que supo reescribir la materia sórdida de su vida y convertirla en joyas que se leen como relatos precisos y rítmicos. Con avidez estética y cierto desencanto, escribe su autobiografía bajo la forma del cuento corto, de la crónica difusa y encantadora, del recuerdo perdido y encontrado, de la anécdota breve e inolvidable. Sus relatos autobiográficos son menos la memoria protocolar de un consagrado que los fragmentos desenfadados de la autobiografía ficcional de un dandy atípico. Valiéndose del uso prolífico del diálogo, del adjetivo preciso, de la referencia histórica, de la anécdota sencilla y trivial, Maclaren escribe un pasado que ya no le pertenece pero que sabe reconstruir con el arte de una prosa fascinante.

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