"Un cruel caleidoscopio de la ciudad", por Fabián Soberón

Ellos eran muchos caballos, de Luiz Ruffato. Trad. Mario Cámara. Buenos Aires, Eterna cadencia, 2010, 160 págs.

¿Cómo narrar el ritmo turbio, heterogéneo y nervioso de una metrópolis? ¿De qué manera escribir el febril movimiento de los cuerpos, las pasiones, los grupos sociales? Estas preguntas surgen de la prosa precisa que dispara la novela de Luiz Ruffato. El autor, hábil observador y diestro artesano verbal, construye una película parlante y enloquecida de una ciudad en ebullición. Ruffato narra sesenta y ocho historias mínimas que incluyen robos, amores encontrados y abandonados, rezos, recetas de restaurante, ancianos perdidos y olvidados, señores de la alta sociedad, putas, intendentes, ladrones y sexópatas. A pesar de hacer foco en la compleja y diversa realidad social de una ciudad como San Pablo (con sus marcadas y terribles diferencias sociales), Ruffato no se olvida de que el arte del escritor es un arte, ante todo, verbal. La novela está plagada de innovaciones sintácticas y verbales. Incluye relatos separados que cambian de narrador y de ritmo, explosiones lingüísticas, catálogos que imitan los catálogos reales, cartas manuscritas, escuetas y melancólicas declaraciones, confesiones triviales, típicas escenas de una burguesía decadente y pretenciosa.
Ellos eran muchos caballos se inicia con las indicaciones precisas de día, ciudad y temperaturas. Esos anuncios triviales ayudan a armar el río cruel, el mapa simultaneo de historias que bucean solas y aisladas. Los datos iniciales marcan un principio de estabilidad. El resto de la novela es un pulpo descontrolado, un monstruo deforme que avanza, imparable, solo, y que nadie puede detener. Los personajes se fugan y se pierden en una ciudad que los alberga, los atrae y los expulsa.
Ruffato explora el mar del lenguaje con una buena dosis de experimentación y de ruptura sintáctica. La traducción realizada por Mario Cámara logra transmitir esas rupturas de la sintaxis. Hay capítulos íntegros escritos con la disposición espacial de un poema (la historia de Cerebro, por ejemplo) y eso exige en el traductor una habilidad para mantener el ritmo del poema, ritmo –por cierto– muy distinto al de la prosa, sobre todo por la disposición espacial, gráfica, que tiene la poesía.
La novela tiene capítulos en los que se eliminan los signos de puntuación y eso le exige al lector rearmar el "sentido" con la unión aparentemente azarosa de la secuencia de palabras. Esa secuencia sin signos de puntuación genera un fluido verbal potente que, a veces, descolocan al lector y que, al mismo tiempo, le dan una libertad de interpretación. Esos fragmentos díscolos y esenciales se combinan con capítulos completos que tienen autonomía narrativa, episodios que se pueden leer como cuentos, o relatos autónomos.
Ellos eran los muchos caballos es un caleidoscopio verbal, narrativo, una especie de filme afiebrado y embravecido que arma un mapa desenfadado de un día brutal en la ciudad de San Pablo, una cartografía esbozada con cierto cinismo.
Una luz cruda y hermosa baña los sucesos y las horas y nos recuerda que una metrópolis no es solo el recorrido infinito por una ilusión sino también el escenario triste y desolado en el que se desarrolla, anónima, la heterogénea y desgraciada vida de millones de “caballos”.
Si Ruffato se lo hubiera propuesto, la novela podría seguir, inagotable, y podría tener más capítulos. La realidad de una ciudad es vasta e interminable y la novela nos da una aproximación terrible, milimétrica, de esa vastedad, infatigable. El  arsenal verbal de Ruffato es una lupa que agranda y enfoca, aunque sea por un instante, las historias heteróclitas que siempre se pierden en el olvido de la Historia.

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