“El ejercicio de leer”, por Natalia Gelós


No leer, de Alejandro Zambra. Buenos Aires, Editorial Excursiones, 2012, 150 páginas. 

El poeta fracasado (“Parecen niños asustados, adolescentes ya muy viejos para suicidarse”), la eficacia de la lectura en voz alta, el lugar del crítico de acidez prefabricada, la impostura de leer, la alegría de no leer lo que no genera el goce de ser leído. “Cuando dejé la crítica literaria semanal, sentí muchas veces el placer de no leer algunos libros”, escribe Alejandro Zambra en el prólogo de este libro publicado por la flamante Editorial Excursiones. Explica el título, da cuenta de esa actividad que le llevó a producir textos cortos pero efectivos en los que desgranaba las novedades literarias, e introduce, además, una idea de la crítica como oficio terrenal: una especie de lectura en overol. Estos artículos salieron durante los últimos años en periódicos y revistas chilenos y argentinos.  Aquí, reunidos en una selección que termina por conformar un mapeo de las distintas geografías a las que lleva la acción de leer y sus ejecutores, Zambra, lector que escribe, tal es su lugar en este libro, realiza un trabajo casi etnográfico, una especie de lectura tridimensional de ese mundo a veces histérico, las más de las veces apasionante, que es la literatura.
Cada entrada podría ser una tesis, pero aquí va directo al grano y se presenta contundente y clara: cada semana, el Zambra lector tenía algo para decir y lo hacía corto y al pie, su manera de mostrar, al igual que su literatura, que la extensión y las largas peroratas no son indispensables para desarrollar ideas. Lo breve, en Zambra, no es enemigo de la idea. Lo breve no es sinónimo de liviandad. Entonces, en textos que a veces tienen la intimidad de las memorias, el escritor habla de la escritura y la infancia, de la letra como artefacto, las clases de caligrafía como una doma al exabrupto personal; las lecturas desinfectadas que se imponen en la secundaria; la escritura de los hijos de grandes escritores; las anotaciones de otros en libros usados; los libros fotocopiados, anillados, esos libros pirata que saciaban su voracidad por la lectura en años de estudiante; el afán por comprar ediciones preciosas, por complicar cada viaje con el pesaje de sus ejemplares encontrados en cada destino: el papel ante el digital como su batalla y su cliché (“No se me escapa que esta crónica es vieja, impúdica y muy burguesa”, se sincera o se ataja el autor). La lectura, sus lecturas, como experiencias personales que, a su vez, se vuelven universales. En cierto punto, No leer se hace fuerte por el lugar de identificación que, intencional o no, logra producir Zambra en el lector.
Por sus páginas, además, desfilan escritores contemporáneos, puestos a interactuar con los clásicos. Los autores, sus obras, se vuelven títeres y el autor de Bonsai funciona como titiritero. Entonces, en un mismo texto, pone a dialogar a Richard Ford y a Albert Cohen; a Pèter Esterházy con Héctor Libertella.
En una primera parte, Zambra deja en evidencia su destreza como narrador. No se trata sólo de una mirada aguda, de una lectura a contrapelo, de oficiar de director de orquesta entre libro y libro, entre las palabras inauguradas por los autores. Se trata, también, de seducir. Nada tiene sentido sin esa seducción que apuntala un buen texto, porque es ahí donde el triunfo es completo: cuando eso que se lee produce el goce de haber sido transitado, no el padecimiento de palabras clonadas o sin sabor. Cada vez que abre una entrada, el escritor escribe una historia, logra una especie de relato que acompaña de alguna manera  a su crítica de cada semana. Algo en ese movimiento recuerda las contratapas de Juan Forn en Página/12: se trata de lectores voraces que a su vez ofician de escritores y que no reniegan de la tiranía del espacio que ofrece un periódico. Narran sus lecturas, releen lo que otros narran, cuentan que leyeron y la vida de los otros, de esos escritores que generan el placer/displacer  del que hablamos al leer.
En la segunda parte del libro, Zambra abandona el texto breve y se inclina al ensayo. Roberto Bolaño, Cesare Pavese, Nicanor Parra, a ellos, Zambra los desgrana, los inspecciona. En ellos, se queda largas temporadas, quizá porque el poeta no se decide a partir. Y a ellos les dedica sus mayores cuidados.
La tercera parte es más introspectiva. El autor mira a su obra, reflexiona sobre el acto de escribir: critica al boom, a los cool hunter literarios, desacraliza la escritura (“Al escribir Bonsái o La vida privada de los árboles no sabía muy bien qué quería representar. Tal vez nada.”). Habla de no escribir. Pone el broche en esa cuerda que mantuvo tensa, la de la autoconciencia: Zambra no quiere ser pillado en su juego. Por eso, ante la duda, se expone. Se declara culpable de los crímenes que denuncia. Un lector que no lee. Un escritor que no escribe. Un autor que foguea su propia impostura. No leer es el juego. Y no leer para Zambra es imposible.

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