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miércoles, 2 de enero de 2013

“Obsesivo (y no pálido) fuego”, por Fabián Soberón

Antigua luz, de John Banville. Traducción de Damià Alou. Alfaguara, 2012, 304 págs.

Antigua luz es una novela inolvidable, uno de esos libros que merecen ser leídos una y otra vez. Apoyado menos en la trama que en el desarrollo inagotable de los personajes, despliega un uso del lenguaje que deja pasmado a los lectores desprevenidos. El propio Banville, en una entrevista del año 2008, asegura que él no es un novelista sino “un poeta que escribe prosa”. Aunque los juicios de los autores sobre sí mismos suelen ser mera charlatanería egotista, en el caso de Banville, este juicio, esta afirmación exagerada, puede ser considerada una aproximación acertada al modo de composición de sus novelas.
Vacilante, el actor Alex contratado para su primer papel en el cinecuenta con obsesión nabokoviana los encuentros amorosos con la señora Gray. Uno de los problemas es que la excitante señora Gray no sólo tiene la edad de su madre sino que es la madre de su mejor amigo. Este hecho, escandaloso para los tiempos de la historia, es aún más sombrío y siniestro, ya que es narrado sin culpa, sin una sombra de remordimiento. Alex disfruta, a la manera nietzscheana, de lo que cuenta.
La novela, entonces, no se centra en el carácter ético de la traición, sino que, acertadamente, propone un personaje narrador que se regodea en el lado idealista y evanescente del amor.
Los vericuetos de la trama, las idas y vueltas de los personajes, los escarceos de la memoria, dependen menos de una estructura sólida que de las recurrentes y secuenciales espirales que arma la mente de Alex. Banville se vale del narrador en primera persona que dispone y oculta los recuerdos para organizar los episodios. Se podría decir que compone un rompecabezas sentimental y arbitrario siguiendo los caprichos de la memoria. Y al decir memoria, el lector debe pensar en el olvido como su exergo necesario.
A pesar del bello azar que domina la mente de Alex la historia no se reduce a la mera evocación de los benéficos fantasmas del pasado. A la par que cuenta su versión del pretérito, narra una serie de escenas que tienen que ver con el presente. Mientras evoca su antiguo affaire tan antiguo como la lejana y grácil luz de la casa del amor cuenta la relación con su esposa, con el director de cine Toby Taggart, con la inefable y suicida actriz Dawn Devonport, con la temible y pícara Billie, con el curioso personaje real llamado Fedrigo Sorrán. Astuto actor y curioso especialista en los meandros del amor adolescente, vive la angustia por su hija Cass muerta en Portovenere.
La novela oscila, prudente, cautivadora y verosímil, entre el pasado, las conjeturas sobre el pasado, el presente y las interpretaciones del presente. De hecho, el sorpresivo giro que reordena el sentido de los hechos hacia el final de la novela, no podría haber ocurrido si Banvilleno hubiese usado el recurso del narrador dubitativo o vacilante. El propio Alex confiesa al comienzo de la novela: “Madame memoria es una gran y sutil fingidora”.
Ahora bien, el relato podría ser la narración trivial de escenas eróticas o pornográficas. Banville lo convierte en la narración detallada y obsesiva de un breve amor que fracasa. En Antigua luz importa menos la serie de certeros episodios que la forma brillante del recuerdo. Si bien es cierto que Banville se demora en repetir oportunamente al modo de Alfred Hitchcock en El hombre que sabía demasiado el hecho que va a demoler el amor, lo crucial es el método de narración, el escorzo narrativo, la mirada indirecta y reflexiva, el análisis que disfruta de las palabras, las evocaciones proustianas y sus usos.
Hay cierta arrogancia en la prosa de Banville. Hay cierto dominio profesional, cierta corrección llevada al paroxismo. Pero el lector lo agradece. La desmesura controlada de la prosa es una virtud.
Es difícil ser discípulo de Nabokov. Y Banville lo es. Pero no es un mero epígono. Es un nabokoviano que va más allá de su maestro. Cuenta su historia con el placer inobjetable de los narradores que saben que detrás de una prosa brillante, sensorial y minuciosa, está la poesía: ese regusto por la lengua que logran los poetas desde su extraño y atribulado corazón.

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