“La sutura fantástica”, por Jimena Néspolo


Leche, de Marina Perezagua. Prólogo de Ray Loriga. Barcelona, Los Libros del Lince, 2013, 179 págs.

Informe sobre ectoplasma animal, de Roque Larraquy. Ilustrado por Diego Ontivero. Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2014, 85 págs.


Quizá por ser parte de un sino de época, en primer lugar habría que hablar de la presencia de las imágenes en estos libros. En Leche, el segundo volumen de relatos de la española Marina Perezagua (1978), las acuarelas de corte realista de Walton Ford atildan además de la tapa de la colección Literaturas, la portada del que quizá sea el mejor cuento: “Mio Tauro” –el cual rescribe “La casa de Asterión” y el problema de la identidad tauromáquica corriendo las fronteras nacionales en un exceso erótico del eje actancial femenino. En el caso de Informe sobre ectoplasma animal, también el segundo libro publicado por el argentino Roque Larraquy (1975), las imágenes de Diego Ontivero conjugan abstracción, diseño y color, y acompañan cada una de las estampas o pequeños relatos que componen el libro: el fantasy científico de principio de siglo XX creado por el registro textual de “fotografías ectoplasmáticas” (inédita técnica capaz de captar en una placa el “ectoplasma” de un animal muerto) resulta así anacrónicamente friccionado por estas imágenes que aluden a una temporalidad material distinta (conceptual, no ajena al diseño ni tampoco a la estética de los libros-álbum infantiles actuales). Si en el libro de Perezagua, la presencia de la imagen es meramente ilustrativa, y en el de Larraquy, lateral o friccionada, ambos acuerdan en girar sobre una misma figuración animal.
En efecto, en ambos proyectos los animales parecen invocados a modo de bestiarios mitológicos cuya referencia viene a sostener el conflicto que aqueja a los sujetos, y es en la comunicación de estos mundos (el animal y el humano) en donde ambos aplican una sutura genérica de carácter “fantástico”. Las estampas del Informe… de Larraquy, por su parte, se construyen sobre esa tradición gótica de “científicos fáusticos”, que en el Río de la Plata arranca con E. L. Holmberg y Eduarda Mansilla, y encuentra en “Yzur”, de Leopoldo Lugones, y en “El hombre artificial”, de Horacio Quiroga, una expansión ejemplar. Perezagua, en cambio, explota la tradición del fantástico moderno, ya en el devaneo sobre un erotismo antropomórfico o bestial (“Leche”, “Mio Tauro”), ya en una reactivación de la ficción alegórica y de la fábula. En este sentido, el cuento “Aniversario” (que contiene al final una nota del editor aclarando la pertenencia de ciertas palabras en cursiva a “Otro poema de los dones” de Jorge Luis Borges) es elocuente: el texto fuerza la identificación en espejo entre ese mutismo que sufre el padre de la narradora, imposibilitado de articular palabras, y los quejidos y ladridos de un perro que vienen a completar el sentido del balbuceo del postrado: “Por un momento me has parecido un actor extranjero doblado por un perro, como una de esas películas infantiles donde los cerditos y otros animalitos de granja hablan con voz humana pero al revés. Me habría gustado escucharte, pero ya es demasiado tarde. Ahora descansa, papá, ha sido un esfuerzo excesivo. Mejor guarda tu palabra para la siesta frente a la televisión de la familia cerda. Llama a la mona. ¿Dónde está la mona?” (Leche, pág. 96).
Aquí está, de un modo expandido y dilatado, ese malditismo soft que Perezagua ya había empezado a explorar en Criaturas abisales (Los libros del Lince, 2011); no obstante, en Leche, la autora robustece el dispositivo fantástico de sus tramas invocando aquella tradición rioplatense que hizo escuela, a partir de la segunda mitad del siglo XX, con el argentino Grupo Sur.
En tensión con las pseudociencias, la magia y el espiritismo, Informe sobre ectoplasma animal  remeda, por su parte, el discurso científico en un fantástico que desborda la prosa en sintagmas de reflexión que se quiere iluminada: “Se concluye de esto que el humano puede ver en muerte solo a los animales que históricamente vio con vida” (pag. 39), “A los profesionales de la ectografía la observación diaria de lo muerto les quita el sentido del misterio” (pág. 35), “Al irse, el agua deja un tendal de muerte marina que sirve de alimento a los animales de tierra” (pág. 25), “En el espacio en blanco de su mirada se irán contando las imágenes de la buena conducta” (pág. 82), etc. Si en La comemadre (2009), notable primera novela de Larraquy orquestada en dos relatos distanciados por casi cien años y enhebrados por la búsqueda de la trascendencia a partir de protocolos médico-higienistas y una apuesta artística radical, la figuración animal era un episodio más de lo monstruoso[1], en el Informe… ésta ya asume el estatuto de una cotidianidad etérea, fantasmática, invisible, en cuya huella se cifra –quizá– todo el misterio. 




[1] “Una digresión botánica: el islote Thompson, en Tierra del Fuego, es el único lugar del mundo donde crece una planta de hojas aciculares conocida como comemadre, cuya savia vegetal produce (en un salto de reinos no del todo estudiado) larvas animales microscópicas. Las larvas tienen la función de devorar al vegetal hasta resecarlo por completo. Los restos se dispersan y fecundan la tierra, donde se reanuda el proceso. (…) Algunos granjeros de Tierra del Fuego han comenzado a plantar comemadre como recurso ante las plagas. Se ha comprobado que las ratas la encuentran deliciosa, y que mueren a los pocos días consumidas por las larvas desde el hueso”. Larraquy, Roque. La comemadre. Buenos Aires, Entropía, 2010, págs. 86-87.   

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