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lunes, 15 de junio de 2015

“Las voces que no callan”, por Carolina Bartalini

Aparecida, de Marta Dillon. Buenos Aires, Sudamericana, 2015, 208 págs.


Hay un atributo de Buenos Aires que es inobjetable: las librerías de la calle Corrientes y sus horarios extendidos de atención. Viernes a la noche, local de Callao y Corrientes. Me acerqué esta vez con un objetivo preciso: conseguir el nuevo y esperado libro de Marta Dillon, Aparecida. Apenas entré lo vi en la mesa de novedades, lo agarré con ansiedad, como si fuera un texto buscado hace tiempo, y no apenas una semana. Lo sujeté entusiasmada -la tapa y contratapa perfilan una luminosidad y un encanto estremecedor- y seguí caminando entre los pasillos atiborrados hacia el sector filosofía para revisar, como siempre, la letra B. B de Benjamin, uno de mis blancos predilectos desde que descubrí, un tanto tardíamente, con el Diario de Moscú, que además de ser uno de los pensadores más significativos del siglo XX, es un escritor amigo, un querido compañero. Agarré dos, Calle de mano única, porque no lo tengo en papel, y Cuadros de un pensamiento, que abrí al azar y encontré, debajo de un título sugerente (“Breves malabarismos artísticos”), lo siguiente:


No todos los libros se leen de la misma manera. Las novelas, por ejemplo, están para ser devoradas. Leerlas conlleva el placer de la ingestión. No se trata de identificación. El lector no se pone en el lugar del héroe, sino que incorpora lo que a éste le pasa.

Me suspendí en la lectura unos instantes, eso era nuevo y promisorio, era, además -lo sabría un rato después- un epígrafe para mi lectura apurada y voraz de Aparecida. Fui a la caja con mi pequeña pila de libros, dispuesta a tener que descartar algunos. Todo lo que viene, llega con ventura, todo lo que no, espera su momento. Se compra lo que se lee, nada más. Me resisto, por anacronismo o exceso de religiosidad, al libro como objeto-mercantil, prefiero, en cambio, el libro como objeto-íntimo, cada uno con su aura, su encanto, el vislumbramiento del aquí y ahora, su rito de origen, su historia de lectura. No obstante, la mayoría de los libros de mi biblioteca no recuerda su historia a mi lado, pero otros sí. Y en general, esos son los más trascendentes, quiero decir, los más reveladores, porque de ellos surgieron voces, armaron ideas, movilizaron, me escupieron sus palabras en la cara hasta tener que parar para limpiarme el asco o las lágrimas, la bronca, el amor o el espanto. Un poco es así la historia de Aparecida.
Aparecida, un texto que suena a novela pero no lo es exactamente. Un texto que sugiere crónica en la contratapa, pero el relato está escrupulosamente organizado en pasado, excepto cuando no habla del presente, cuando cae en la nebulosa del recuerdo y la niña habla desde su tono, una cadencia sutilmente diferente a la protagonista, que permite reconocerla y extrañarla. Un texto que se advierte como autobiografía pero se concreta en un tiempo actual, el tiempo del relato del hallazgo de los huesos, los “restos óseos” de la madre de la autora. Un relato que irrumpe conmovedor desde el inicio y potencia sus sentidos de manera abrumante. Un texto que rompe con el leitmotiv de las narraciones de los hijxs de desaparecidos porque no relata una búsqueda sino un cierre, lo cual es decir, que la relata de manera oblicua, atravesada en la vida, constituyente de una vida, ensordeciendo la vida, y desmantelando la lectura hasta el no poder más.
“No puedo más”, pensé cuando llegué a la mitad. Quisiera seguir, quisiera desvanecerme por siempre en el relato, quisiera hacer algo, actuar, formar parte de ese universo, poner mi cuerpo en esas palabras, romperme en pedazos, abrazar, sostenerme en otros brazos. Es una sensación de agobio y de esperanza, agobio porque el ritmo narrativo nos lleva al extremo de la desesperación por arribar al final anunciado desde el inicio, enterrar a la madre, volverla muerta, hacerla aparecer desde su propia ausencia, desde su misma corporeidad, cerrar un espacio y al mismo tiempo abrir otro. Esperanza es la que queda por llegar a esa escena, que inevitablemente no se cuenta, o al menos, no se cuenta como sí se hace el proceso para sí. Es más la espera que el arribo, es más la estela de la madre viva que la imagen de su comenzar a irse en el camino de los muertos. Ésta es una de las potencias del relato: suspender al lector en la experiencia de la espera, hipnotizarlo. Primera potencia de la que se deriva la segunda, sin causas y efectos, la fuerza de una voz sólida, que se busca a sí misma, que grita pero muta hacia el susurro, el silencio, o la incertidumbre, sin perder nunca tampoco la certeza de su poder en todos los sentidos: una literatura de introspección, análisis y reflexión, de denuncia sin caer en la proclama, una prosa poética y política con conciencia de sí.
Poética, tenaz, avasallante, deslumbrada. Aparecida, con sus dobleces, con su espalda y sonrisa de frente. Con ese amor feroz, y una tristeza destemplada. Política, militante, experimental. Aparecida, con sus fotografías descriptas, con los datos de una investigación persistente, con los resabios del caos buscando siempre desentrañar el orden, la completitud. Con sus colores, sus texturas, sus voces. Su embriaguez. Su amor.
Tuve que frenar, tuve que dormir, para despertar al día siguiente deseando retomar una lectura que, sabía, me perturbaría por siempre. Así es como sé que eso, esos papeles compaginados y cosidos, ese objeto con fondo marino, esa cosa que quedó entre mis sábanas ingresaba con dulzura y violencia en el círculo íntimo de los libros que hacen y dejan huella. Porque la literatura es intromisión, es espanto, es deriva y al mismo tiempo compulsión. La literatura que vale la pena, la que arrastra con todo, con el tiempo, con las necesidades inmediatas, con la vida, para la vida. Es por eso, esto, una escritura desde el margen, desde la pulsión. Una escritura inmediata sobre un texto honesto, salvaje y auténtico. Una reseña que no espera a la calma del sosiego para la crítica bien entendida. Porque no quiero hacer eso, no pretendo desmembrar este texto, ni considerarlo como solamente un enunciado, un producto, una consecuencia. Sin embargo, no es sólo enunciación, no es sólo atmosfera, aunque la imagen del presente pise fuerte, con sus climas, con sus escenas del exceso y la preparación. Hay una historia necesaria y urgente. Hay un decir que es político y polémico, una polifonía de discursos que se entremezclan y perturban, que recomponen una historia, la historia desde el plano de esa historia. La que fue y sigue siendo. Hay una actualidad, y un pasado. Un conjunto de sensaciones que invitan a repensar los límites del decir, las fronteras de lo audible. El umbral del dolor. Y la carencia, la ausencia contrastada en un título que desafía el orden del discurso, pero también las estructuras urdidas para soportar las huellas y las búsquedas, la presencia de los padres que no están en la experiencia cotidiana del dolor. Claramente, cada uno es diferente. Aparecida es el relato de un duelo que comienza a terminar con el hallazgo de la madre, más de treinta años después de su secuestro. Pero también, es el relato de la experiencia, es la experiencia de cómo moldear el lenguaje, es el lenguaje trabajado, articulado y desarticulado,  ofrecido y buscado. Un libro que excede su referencia, desafío al orden y la gramática instaurada desde la oficialidad.  
La intransitividad del verbo aparecer retumba, porque se lo retuerce hasta convertirlo en golpe: aparecer la muerte, aparecer la vida, aparecer la comunidad, el amor, el recuerdo, la angustia, el miedo, el desafío, la escritura, la letra, el cuerpo. Aparecer el libro sobre la almohada cuando sube el sol, para despertar y seguir leyendo. Para no poder decir basta, me rompe el cuerpo, me despoja de mí, y me trastoca en ecos, sonidos, el ruido que no se va. Aparecida es y no es una novela, pero de todos modos su efecto es voraz. Como en la cita de Benjamin, todo el resto se detiene para suspenderse, para leer. Es y no es, dialécticamente. Como su título.

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