“El eco de mi padre”, por Marcos Seifert

Mar azul, de Paloma Vidal. Buenos Aires, Bajo la luna, 2015, 143 páginas.

Mar azul es una novela dividida en dos bloques, el primero es el diálogo íntimo entre dos adolescentes; el otro, la escritura no menos íntima de una mujer que en algún momento fue una de esas jóvenes que conversaban. Esta mujer ya anciana retoma unos cuadernos que escribió su padre para interrogarlo e interrogarse, y al mismo tiempo inscribirse a sí misma en el revés, en los intersticios y vacíos que dejó la letra paterna. Ambas partes de la novela están escritas de tal manera que parecen sostenerse o flotar sobre lo que no se nombra, sobre esa ausencia que inquieta, pero que constituye también una suerte de susurro mudo, una forma de acompañamiento. Pensar en lo que “brilla por su ausencia” es parte de las reflexiones de la mujer, y ese brillo es la materia de la que está hecho el libro de Paloma Vidal. A la ausencia, y esto es explícito, se la entiende como condición de vida: “es la condición misma de nuestra forma de estar entre otros seres, de vivir todo lo que sucede”.
Así como el desplazamiento de Argentina a Brasil en los setenta marca la vida de esta mujer, la de su padre también está atravesada por un traslado en esta misma dirección, pero veinte años antes, cuando ella era aún una niña que, a partir de este hecho, tuvo que crecer con la falta de la figura paterna. Como en otras narraciones de Paloma Vidal, en Mar azul la pregunta sobre el legado familiar y su identidad es también una indagación sobre el motivo de los viajes y desarraigos de quienes preceden al que interroga. Así el traslado a Brasil de la mujer resulta un corte, como generalmente lo es toda dislocación territorial de esta naturaleza, pero también constituye un lazo con lo que experimentó antes su padre. A esto se agrega, además, la conciencia de que la historia de desplazamientos se extiende más allá en la historia familiar y la marca a modo de una tradición del desarraigo.
Mar azul avanza sobre la falla en la interacción generacional, una brecha en la que lo único que queda son restos: los cuadernos del padre en los que se registran los esfuerzos para lidiar con una enfermedad que avanzaba deteriorando su memoria. Si bien se trata de dos diálogos los que articulan la novela, los mismos son totalmente diferentes; uno es oralidad pura, entre pares, directa, sin interferencias y cargada de futuro. El otro es escritura, una suerte de comunicación imposible, desfasada, con un legado que es letra pero también silencio, materialidad pero también vacío.
Frente a este legado lleno de incertezas, la mujer inscribe su propia letra junto a la de su padre: escribe en el revés y en los espacios vacíos que dejó la escritura paterna, no como una actividad que pretende disolver los huecos del sentido reponiendo el propio o inventando uno que apague el ansia de saber, sino como un movimiento que es simultáneamente continuidad y quiebre, apropiación de un contradictorio legado de incertidumbre. ¿Cómo se vive con una rememoración que arroja una y otra vez nuevos matices al desamparo? ¿Puede un saber transmitirse y recibirse sin respuestas concretas? La mujer sostiene estas preguntas con una escritura que es un modo de responder al planteo de qué hacer con la herencia y que encuentra su propio espacio en el intersticio de la letra del otro, cercano pero distinto, familiar pero extraño. Algo más que interesante es el hecho de lo que la anciana escribe se niega a cuadrarse en una categoría genérica clara: no es un diario, ni una carta, ni una autobiografía. “Escribo porque él escribió del otro lado”: una escritura que encuentra su motivación como continuidad, pero también como diferencia, en el lugar del otro, como intrusa, como profanadora. Este carácter informe de lo que escribe la narradora de Vidal se puede leer, creo, a la luz de la investigación contemporánea de Florencia Garramuño sobre formas inespecíficas[1].
La novela de Vidal es también una novela sobre la memoria, pero la misma, es preciso señalar, no se convierte, como podría suponerse, en una facultad exclusiva que todo lo devora, sino que está en relación constante con el presente, con la rutina, con la fragilidad del cuerpo y el ritmo de la vejez. Esta interacción a veces toma la forma de puja, cuando, por ejemplo, la rememoración impide hacer pie en lo cotidiano e interrumpe las tareas, pero a veces es el mismo presente, un gesto, una actividad retomada la que dispara y favorece el recuerdo. La memoria es un riesgo, pero también una recompensa que se vive a través del cuerpo. Me interesa cómo el libro de Vidal no sólo narra el espejamiento de la materialidad de las escrituras del padre y la hija, sino también el contrapunto entre la materialidad de sus cuerpos, su fragilidad y la posibilidad del registro cotidiano de sus avatares.
El libro fue publicado originalmente en portugués en el 2012 y no hay manera en que su traducción al español se vuelva un asunto meramente anecdótico, ya que la tensión entre este y la lengua de su publicación original impregna toda la narración. Hay un juego constante con referirse a “la otra lengua” y en la traducción este movimiento parece volver a estas lenguas reversibles y estimula las preguntas. ¿Acaso el bilingüe no vive siempre en “otra lengua”? ¿Acaso no se trata siempre de “otra lengua”? Que no haya sino “otra lengua” significa que ya ninguna tiene el estatuto de refugio auténtico, alternativa tranquilizadora, sino que siempre hay una sombra de un decir “otro” que desnaturaliza nuestra relación de pertenencia con el lenguaje. Vemos entonces que para los sujetos de las narraciones de Paloma Vidal también esta cuestión está intervenida por la ausencia. Como señala Sylvia Molloy en Vivir entre lenguas: “la elección de un idioma automáticamente significa el afantasmamiento del otro pero nunca su desaparición”[2] (24).




[1] Garramuño, Florencia. Mundos en común. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2015.
[2] Molloy, Sylvia. Vivir entre lenguas. Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2016.

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