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jueves, 26 de mayo de 2016

"Los chicos de las motos", por Verónica Moreyra

La canción de las máquinas, de Pablo Dema. Córdoba, Editorial Recovecos, 2014, 120 páginas.


Pese a la distancia temporal de escritura que mantienen estos textos entre sí, es posible identificar una constante que los enlaza y conecta. En los  once relatos publicados en La canción de las máquinas  —cuarto libro de cuentos de Pablo Dema (General Cabrera, Córdoba, 1979)— están las marcas de una búsqueda incansable por reconstruir los espacios, los recuerdos, las huellas humanas cotidianas que quedan grabadas en los territorios habitados por los humanos en su rutinario transcurrir. Vestigios que hablan del paso por el mundo pero también de las posibilidades, las potencias, aquello que cada uno pudo ser. Dema logra hacer del autoexamen de los personajes  una unidad que cohesiona los once relatos y que proyecta un tono íntimo   de reflexión meticulosa sobre temas o situaciones por las que hemos, de alguna manera,  transitado todos. Esto provoca dos efectos simultáneos: identificación, reconocimiento de rasgos individuales en situaciones similares, y  extrañamiento frente al ejercicio de una mirada especular que revela lo complejo y vuelve ajeno lo propio.
El relato que da nombre al libro, “La canción de las máquinas”, anticipa y fija ese tono y esa mirada intimista que anudará los demás cuentos. El narrador es un padre inaugural  que busca explicarle al niño cómo se ha transformado el mundo desde su existencia. Y le confiesa: “No me preguntaba cómo serías vos sino cómo sería todo a partir de vos”. Ensaya una  indagación, observa los personajes de la plaza por la que transitan e intenta adelantar las respuestas a los “dilemas que te aquejarían”. Sin embargo, lo que dispara el relato es la tragedia y el sinsentido de la muerte. Uno de los personajes de la plaza, al que el narrador reconoce como ex alumno, muere. Es uno de los “chicos de las motos”, de esos que no hablan con nadie porque “saben dar mejor su mensaje a través de la canción de sus máquinas”.
Si bien el centro del universo narrativo de estos once relatos tiene un lugar específico y es la plaza Mójica, en la ciudad de Río Cuarto, el recorrido de los personajes invita a un viaje que atraviesa las fronteras geográficas. En “El pupilo”, “La indómita luz” y “Coma alcohólico”, el personaje es un profesor que viaja entre dos ciudades: Río Cuarto y Villa Mercedes.  Esos viajes son el escenario de la reflexión y la razón de los desencuentros pero siempre finalizan en la plaza. Es allí donde Dema elige construir un centro que atrae y concentra la acción. La estrategia de focalización se asemeja al procedimiento de localización geográfica de Google que permite hacer foco y distanciarse de un área  precisa con relativa nitidez.  El primer relato inicia diciendo “Hace un par de años vimos la plaza desde el Google Earth”, y desde allí, como haciendo zoom, el foco se hace cada vez más próximo para, al finalizar el último relato, distanciarse y contemplar desde la lejanía.
Aunque “La canción de las máquinas” puede leerse como una totalidad en la que los relatos se van conectando por la continuidad de algunos personajes y por el escenario construido, algunas de estas narraciones manifiestan más independencia que otras. Me gustaría señalar tres: “El desengaño”, “La madre soltera” y “El pupilo”.
La búsqueda por la identidad manifiesta, en la  literatura argentina de los últimos años, una recurrencia que entraña  el riesgo del agotamiento pero que aún mantiene la potencia de disparar ficciones. En “El desengaño”, noveno relato de este libro, la voluntad y la fantasía se subvierten y la desesperanza cobra vida; allí los hechos de la última dictadura hacen evidente  su carácter de línea divisoria, de huella en la memoria colectiva que se transforma en la raíz de cada historia personal. En este relato, emerge  el dolor de no ser víctima mezclado con la culpa y la desesperanza al comprobar que una parte de esa herencia (biológica e histórica) familiar está ligada a la parte menos heroica: “Yo era porque los otros estaban desaparecidos mientras mis padres me criaban, era porque los hijos de los desaparecidos no”. La  culpa que el personaje siente se transforma en desprecio, en dolor y partida. Este relato puede leerse como la contracara de los relatos de Hijos. Este ir hacia la búsqueda de una verdad que los enorgullezca pero, en el camino, encontrar que la gran traición los iguala con lo peor del anonimato cómplice de la sociedad civil. Sentir que no hay derecho a asomarse al dolor de los demás porque, si somos aquello que heredamos, estamos tan comprometidos y enlodados como nuestros padres. Una culpa que ni siquiera llega a ser la de los asesinos porque el crimen que se cometió fue el de la cobardía y, a lo sumo, el de la viveza criolla que se enriqueció mientras los demás eran asesinados.
En “La Madre Soltera” el espacio se expande y, al hacerlo, se universaliza. Esto mismo sucede con los personajes, arquetipos de clase, que no dialogan ni se encuentran jamás pero comparten espacios  e intercambian servicios.
Una madre pobre, que es “todas las madres pobres” cuya presencia es invisible para el resto del mundo  y que contrasta con la excesiva presencia de unos dueños, logra sortear los límites espacio-temporales para mantener a su hija constantemente a su lado.
En “El pupilo” las técnicas narrativas se concentran hasta trastocar las convenciones genéricas. Hay aquí elementos que, al iniciar la lectura, podrían llevarnos a considerarlo como un relato de ciencia ficción pero que luego se abandonan en favor de la sátira y la parodia para, hacia el final, retomar el tono intimista de los demás relatos. 
Más allá de los procedimientos (lirismo, ambigüedad espacio-temporal, focalización extrema, etc.) la narrativa de Dema problematiza el vínculo entre los sujetos que se ven atravesados por las instituciones y desnaturaliza las relaciones mediante una mirada inquisitiva de lo minúsculo. La escuela, la cárcel, la familia y los roles sociales son sometidos a una indagación que, lejos de  construir una explicación, transforma nuestra mirada. Así, al terminar o suspender lectura y volver los ojos al mundo, éste se ha transformado, ya no es igual ni podrá serlo nunca. ¿No es esta acaso la exigencia con la que debiera cumplir toda obra literaria?

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