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viernes, 9 de septiembre de 2016

“Lo bueno breve”, por Felipe Benegas Lynch

Niño enterrado, de Edgardo Cozarinsky. Entropía, 2016, 91 págs.


Resultado de imagen para niño enterrado entropíaTres niñas juegan alrededor de un ombú en el centro de una plaza. ¿O será un gomero gigante? Más bien un ombú: parecería hueco, o por lo menos su tronco enorme, rico en pliegues y aristas, tiene recovecos que le permiten esconderse entre gritos y risas, llamándose unas a otras. Están vestidas con modestia y decoro, zoquetes blancos les cubren los tobillos y sólo permiten ver unos centímetros de pierna: las faldas tableadas llegan más abajo de las rodillas. Son hermanas.
Repasa, como ante la pantalla del monitor durante el montaje de un film, ese recuerdo de su madre, de un momento feliz de su infancia. (31)
                                                        



¿Quién repasa? Él. Es en la distancia de esa tercera persona que el observador puede ser también lo observado. No es que ocurra algo distinto con el “yo”, pero Cozarinsy enfatiza el gesto: se permite el “yo” en la breve elegía del comienzo y luego se observa a sí mismo como “él”: “Una noche, hará un par de años, soñó que estaba en Entre Ríos” (13). Así reza el comienzo de “Rastros”, el primero de los fragmentos luego de esa elegía introductoria. Quien haya visto Carta a un padre (Cozarinsky, 2014) recordará haber escuchado esas palabras en el film. Al final del libro también nos encontramos con Cozarinsky citándose a sí mismo:

Ningún viajero vuelve al lugar de donde se fue. Las ciudades cambian no menos que los individuos (...) Algo subsiste, sí, pero escondido en repliegues y rincones adonde no llega la luz enceguecedora de la actualidad. Y está bien que así sea. Cuando no estemos para reconocer esa huella, esta se desvanecerá. E. C. (89)

El escritor, así como el cineasta, es, en este sentido, un punto de anclaje para la luz. Pero se trata de un punto dinámico y consciente, que va reconfigurando esa huella en perpetuo devenir. Y esa huella se compone de sueños y recuerdos, propios y ajenos. Aunque hablar de propiedad aquí tal vez no sea pertinente: la escritura objetiva un punto de confluencia: de linajes, culturas, sensibilidades. Tal vez por eso es que abuso de los dos puntos para presentar mi argumento: esa marca es un pequeño umbral para la reconfiguración permanente, la compuerta abierta de un caudal incesante.
Cozarinsy invoca al niño para que le “devuelva una mirada que descubra el mundo” (9). “Él odia al niño que fue” (9), quisiera pedirle “que viva más allá de los años una infancia no domada, sin sumisión ni escondite” (9). Esa tercera persona no es una huida ni un escondite: es un artilugio para captar la luz en los repliegues de la palabra. Hay bondad en ese gesto porque implica una reconciliación del sujeto con el mundo que habita. Lo invita a reconocer sus ruinas y sus enterramientos, sus muertos y sus paisajes.
Ni “yo” ni “él”: un niño enterrado pero no muerto, que se afana por ver. De ese modo se reconfigura el odio en algo más. Niño enterrado es un librito inmensamente breve, como la infancia o la felicidad.


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