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miércoles, 2 de noviembre de 2016

"Trazar lo informe", por Silvana López

Sobre Fósiles y Sedimentos, de Eduardo Stupía. Galería Jorge Mara-La Ruche, Paraná 1133 (CABA), del 20 de septiembre al 20 de noviembre de 2016.

Papel, tinta, lápiz, grafito, carbonilla, el negro y el blanco, en una profusión de trazos, grafos, manchas, saturan y desvían la mirada, en Fósiles y Sedimentos de Eduardo Stupía. El agua y los derivados vegetales descompuestos en carbones y papeles, el pastel tiza y  otros fluidos como esmaltes y acrílicos, conforman la materialidad de la muestra organizada en dos series, la de “Sedimentos”, con cuadros fechados en 2014 y en 2016,  y la de “Fósiles”, obras que el artista produjo en 2006. Los títulos –como nombres propios– condensan y retienen los diversos procesos, inherentes  la materia proteica: combustión y decantación, suspensión, deslizamiento y concentración, pulsan a través del vidrio enmarcado que se interpone entre el papel y el espectador. Asimismo, en torno a ese yacimiento de significaciones, el artista, a la manera de un paleontólogo, no ha titulado sus obras: son expuestas sin nombre y en el catálogo ilustrado son mencionadas mediante número de página, longitudes del cuadro, técnica y materiales utilizados, cada “Fósil” es además clasificado con un número romano. Un catálogo ilustrado y un texto de Guillermo Saavedra, “El carbón es el fósil de la noche”, acompañan la muestra.
Mediante una política del nombre, la composición de los materiales y las marcas de esos materiales sobre el papel, las dos series se imbrican mutuamente en tanto, arqueológicamente, los fósiles constituyen sedimentos y en ellos, por acción del agua, se fraguan los carbones. La impregnación del carbón –lápiz, grafito, carbonilla– en los trazos, lineales, abigarrados, velados, de “Sedimentos” provocan una encrucijada de temporalidades mientras perturban las tipologías tradicionales dado que los residuos de la materia traen la memoria de las huellas de lo arcaico, el blanco y el negro, la de caligrafías, grafismos –periódicos, libros, bibliotecas enteras pictogramas, ahora desplazados, por la impronta de la mano del artista. No se burila la piedra o cincela el cuero, el carbón dominante dibuja –el dedo manchado acompaña– un laberinto de líneas y manchas que en su negra palidez o intensidades y relieves, se condensan y se diseminan en los meandros cromáticos del blanco. En esa tensión, los distintos materiales y la invariancia de los trazos  articulan un collage que se desvía del papier para transmutarse en charbon collé. Una línea se suspende, otra se enrosca o se entrecorta, la mirada detenida en la variación o en la repetición interpela: ¿es el blanco un espacio entre lo negro, un entre, un vacío, o una estrategia de fuga –el resto y el todo– por la que se cuela el conceptualismo de Eduardo Stupía? En su iteración, el trazo delgado, grueso, esfumado, blanco, negro, sostenido en la apercepción, insiste en el rastro, el azar, el desvío, perturbando cualquier asociación a un referente mientras potencia una insumisión a la atávica relación entre forma y sentido. La provocación de lo informe lleva, en ese gesto impugnador, la no sujeción de la mirada al sentido y, por lo tanto, a otros modos de mirar.
La tinta acrílica –negra– discurre sobre planos y plegamientos desplegados del papel –blanco– en “Fósiles” y así, la difuminación de las partículas suspendidas en el fluido invagina las huellas de un mundo en tanto temporalidades que dialogan con imaginarios diversos. La operación programática o azarosa es asediada por la metáfora de fósiles sedimentados. En la tensión con lo informe –anclada en la técnica de tinta sobre papel– la mancha como un  aleph  o como un ojo escheriano, interrumpida en los pliegues blancos o negros, traza siluetas en las que es posible componer esqueletos y tejidos, en algunas instancias, de lo viviente: células, sistemas, anatomía de plantas, de animales y de humanos. Vesalius y los estudios de la ciencia parecen convocados.  
Con cuarenta años de trayectoria en el dibujo, influenciado por las usinas del surrealismo y del pop, los comics y el trabajo conjunto con Luis Felipe Noé, entre otros, Eduardo Stupía despliega en Fósiles y Sedimentos una poética de la distancia así como una  conjetura sobre las materialidades del trazo; allí, tanto la mancha como la línea se descomponen en miríadas de partículas que toman al barroco como cifra. La materia, dice Leibniz, es barroca y la operación de transposición anacrónica que realiza Stupía también. De ese modo, Fósiles y Sedimentos trae la huella de las cuevas, de los barros ancestrales, de diversas caligrafías y estéticas, historizando y reteniendo los rastros de una presencia formal que por la traza o el rasgado de la materia sobre el papel, siempre es diferida; en esa maniobra de descomposición y en la insistencia de lo informe, el dedo del artista y el ojo del espectador se carbonizan o se deslizan, en tanto tinta, por las inflexiones del flujo de la materia.

  
  

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