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lunes, 20 de febrero de 2017

“Un cartucho repleto de perdigones”, por Jimena Néspolo



Hay una niña aristócrata que escribe o pretende escribir (“que es lo más parecido a un hombre que dio la familia”), hay un par de primos que devanean su embotamiento de clase entre tragos de bloody mary y bádminton en una Mar del Plata que sirve de refugio cuando en Buenos Aires se agita la Semana Trágica (estamos en enero de 1919), y hay un comerciante que pretende hacer su negocio abasteciendo de palomas que hacen de blanco móvil en un Club de Tiro. La puesta en escena de esta obra abismal de Mauricio Kartun (estrenada en el 2009) es austera, pero en un contexto rapaz y con actores de fuste parece maximizar la potencia de su mensaje. Todo se sostiene en el lenguaje y en la capacidad de los actores para hacer surgir del patetismo y del absurdo algún sentido cierto en este drama de clase –porque Ala de criados es ante todo un drama de clase atravesado por la violencia–: entre los ácratas, los sindicalistas y los bolcheviques que urden bombas como metáforas del amor, y “los niños bien” que reactivan la Liga Patriótica quebrando cabezas a culatazos, está Pedro Testa, sinécdoque de esa tibia clase media que pretende hacer su negocio manteniéndose neutral, azuzando el conflicto hacia un lado o hacia el otro según su conveniencia.
Pero la lógica de la obra insinúa ya desde su comienzo que toda posición que se quiera neutral, por más que se camufle de conveniencia o cinismo, es al fin de cuentas imposible; y esta reflexión la instala a través de una crítica sobre el lenguaje: porque Ala de criados es también una obra sobre el lenguaje, sobre los usos y costumbres idiomáticos de las clases poderosas, sobre las hegemonías políticas, sobre la potencia del lenguaje metafórico. Dice Tatana (en la voz de Romina Olea, que demuestra que tiene todo lo necesario y más para ponerse la obra de Kartun sobre sus espaldas) a minutos de comenzar la pieza:

Puedo escribir perfectamente sin metáforas. Mal que le pese a usted, al insulso pueblo suizo, al resto de los profesores del colegio, y a la reputísima lengua francesa tan afecta siempre a expresarse por parabolitas. En lengua madre. Y sin vueltas. Los que no podemos vivir sin discutir aprendemos pronto el valor de la palabra precisa. O perdemos. La palabra que apunta, dispara y acierta en el blanco justo. La metáfora es como un cartucho del 16 repleto de perdigones: abarca tanto que suele dar en el blanco. Pero mata además a todos los patos de alrededor. Así cualquier pelotudo es cazador.

Tatana fue educada en un colegio suizo. Su voz enmarca y monopoliza la obra, cuela palabras en francés, pero un francés “a lo pampa, sin comprarse la musiquita”[i], borronea notas en un cuaderno, maldice a su profesora rusófila, desprecia a los suizos y su debilidad por la paz (“Neutrales. Ambiguos como una metáfora”), dice sobre sí y arrasa todo a su paso. La excusa para zanjar la distancia de clase puede ser el sexo o el amor –porque Ala de criados también es una obra sobre el amor–, si se lo entiende como un coto de caza donde priva, ante todo, la posesión del otro.

Dice el tan ronco Pedro en su lengua singular: Al que le gusta la caza le tira a un aeroplano. Por el olor de la pólvora nomás. Perfume. Cazar es vivir. Hay quien cría palomas para tiro. Palomeros. Yo no, Dios me libre: las cazo. Las hago cazar, bah. Tramperos: cobran por cabeza. Yo palomero no: cazador. Yo contra ellas y que gane el mejor…

En el refucilo de metáforas que dispara Ala de criados, habrá palomeros catalanes desplumados, un Dr. Yrigoyen que se hace besar en secreto y se empodera desde el camastro de un criado, habrá tiros, traiciones, culatazos y, principalmente, en esta Semana Trágica vivida desde una improbable lejanía: habrá una bomba anarquista que estallará solo para desvirgar a quien quiera ser poeta.



ALA DE CRIADOS, de Mauricio Kartun

Romina Olea (Tatana)
Guillermo Romani (Emilito)
Héctor Acevedo (Pancho)
Alberto Lucero (Pedro)

Dirección: Guillermo Romani
Asistencia: Herbert Kraigar
Asistencia de vestuario: Cristina Godoy
Fotografía: Camila Arpetti

TEATRO Luisa Vehil
Hipólito Yrigoyen 3133, CABA
Tel: (011) 4861-3386
Entrada: $150





[i] “Pancho y su francés impecable… Que yo lo hablo pampa dice Tata. Sin el cantito. Lo único que faltaba… Demasiado que les he comprado la letra, no me van a hacer comprarle la música… Tatatá… Tatatá… El francés es un cornetín de tranvía.”

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