“Número equivocado” por Dolores Etchecopar
Canción del sobreviviente, de Alfredo Rosenbaum. Buenos Aires, Hilos editora, 2025, 92 páginas.
“Yo es otro” dijo Rimbaud y así empieza la Canción del sobreviviente, que en su primera sección se titula “En los reflejos del agua leve”. Aquí ese “otro” está muerto, según nos dice el que habla, colocando de entrada al lector en el ojo de tormenta del extrañamiento. Es el sobreviviente, el yo lírico quien habla en este libro de Alfredo Rosenbaum. Es quien sentado en el umbral de su casa (una casa que pronto será sólo un umbral) ve pasar frente a él un río con su cadáver. ¿Leve es un modo irónico de abordar lo siniestro? ¿O lo leve aquí es la forma irreal que tiene “lo real” de presentarse? ¿O leve es lo misterioso que destila lo que aterra? Porque la palabra leve vuelve en estos primeros textos, insiste.
Gracias a que eso que era su yo se va, el poeta “comienza a ver”, nos dice, y lo que ve es “una pequeña niña sobre un bote/ en una sillita de mimbre”; una niña que “para conquistarme / se ha colocado con delicadeza/ mis propios ojos”, de tal forma que él ahora mira a través de los ojos de la niña. La corriente de un río arrastra a la niña con su teléfono de plástico y se hunde en el yo que es testigo y lugar de la desgracia pero “inútil para todo rescate”, nos aclara. El sobreviviente ve pasar un zapato desprendido de su cadáver, señal de que él vive, mecido por la misma corriente que mece a su cadáver. Decir palabras produce transformaciones, intercambios misteriosos, casi siempre lúgubres. De manera súbita el que habla aparece sentado en la sillita de la niña que le ha cedido su teléfono de plástico, un teléfono que no sirve para nada, llamar es imposible, atender también. Sin embargo su presencia se impone, llega incluso a reemplazar a la niña. La canción del sobreviviente es leve, como un aleteo en medio del horror, no carece de humor negro (por momentos me evoca a los objetos de Jan Svankmajer), algo del non-sense y lo desopilante de la crueldad. Hay un ruego sin destinatario para el amparo de esa levedad. Hay un río que arrasa con todo, descuartiza el cuerpo cuyos restos se agitan, como si olvidaran por un segundo que están muertos. El sobreviviente lleva a cuestas a su verdugo, no hay forma de expulsarlo. Es una folie à deux la de él y su verdugo. Por el río “sube y baja una parva de cadáveres”. Lo leve es como un destello entre los cadáveres, la danza del contraluz del “no niño”, que así se auto-denomina el sobreviviente. La imposibilidad es una señal de vida. Todo lo que existe hiere, toma represalias, se pudre y desgarra lo que procuran proteger los envoltorios, también el envoltorio del lenguaje. Hay un pez-tonto, solitario, lanzado sin destino al agua que lastima… porque todo lo que hace vivir lastima. Vivir tiene un umbral pero no tiene salida. El sobreviviente pregunta, y si pregunta es porque alguna esperanza le surge aunque nadie responda lo que se quisiera escuchar, “número equivocado” responde la niña-teléfono que no atiende. El que pregunta se ahoga una y otra vez y no le hace falta un río para eso, alcanza con un vaso de agua. De niña pasa a ser “un enorme elefante negro”, una criatura fuera de lugar, que deambula sin rumbo en su exilio, “extrañando las enormes extensiones de la estepa” donde sería posible “una vida simple/ y una muerte sencilla”. Todo está desarticulado sin poder recomponerse. Lo monstruoso es lo cotidiano y un lenguaje que fracasa en decir algo que no sea un desatino frente a lo que nos deja sin habla. Así, asido y deshecho por la desmesura de lo inconcebible, vive el sobreviviente.
Este libro escrito con una exquisita demencia lírica, con una fuerza hipnótica que no da respiro, donde cada palabra se desliza hacia un fondo oscurísimo, tiene una segunda parte que se titula “Entre el perro y el amo”. En esta segunda parte los poemas, a diferencia de la primera, tienen título. Y nos encontramos con poemas filosos y amorosos a la vez, que pueden leerse como uno solo. Se trata de una simbiosis amo/perro: “lanzo la palabra como un hueso/ falso/ que él regresará hasta mí/ desde otra patria/ eternamente”. No imagino manera más bella de alumbrar este misterioso intercambio humano/animal. El amo no se adueña del perro. También en este vínculo se instala el extrañamiento. al perro lo aterra su reflejo en el “ladrido del lenguaje” del amo. Un “perro de la desgracia”, nos dice el poeta, no es obediente, es la dentellada, la rabia del que muerde, el que “dentellea un recuerdo/ en el corazón de mi desgracia”. Ambas desgracias se acarician y se muerden. Los dos giran mordiéndose la cola de la desgracia del otro: “ay, perro de mí”, dice el amo.
La tercera sección del libro se titula “Por la ciudad”. La ciudad termina en hospital, ese lugar al que se va a morir. Una alucinación de camas y sangre, luces de neón, “voces de amoníaco”, “ataúdes próximos”. El sobreviviente alucina en su camilla, una transfusión, un “amasijo” de su cuerpo, convertido en un “bulto” que alejan por pasillos. El mismo cuerpo que, “en otra ciudad”, deslizan por un “túnel que/construyen los gritos/ alambrados”. Una ciudad aterradora quebranta los cuerpos. Un puente, un pájaro y un hombre, la “baranda del lenguaje” puesta allí como trampa para “perder el equilibrio”. Un puente tendido hacia ninguna parte, sólo el desamparo de un puente que conduce a otro puente que conduce a otro puente.
El libro tiene un final, un poema implacable en su desnudez luctuosa de danza de la muerte, titulado “Un valsecito” cuyos dos primeros versos dicen “En la fosa/ en la fosa”. A esta altura no hay diminutivo que pueda engañarnos. El valsecito suena y suena en la fosa común y también en la que se abre dentro del sobreviviente. En la fosa suena el valsecito. En ese agujero de sí bailan las palabras, respiran a duras penas por las fisuras de algo que nadie sabe lo que es. Nosotros, los condenados a llamar marcando cada vez el número equivocado.

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