“La reserva de las tumbas”, por Jimena Néspolo
Los Niños, de Julián Giulianelli se proyectará el 29 de abril en el Complejo Ítaca – Espacio Avalon (Humahuaca 4027, CABA), a las 18:30 h.
En épocas oscuras, de crisis de los imaginarios, pareciera volverse palmaria la necesidad de detenerse en aquellas manifestaciones culturales que ofrecen una suerte de reserva paradojal, especie de excedente a través del cual se tensionan fuerzas, una reserva que lejos de obturar lecturas abre un horizonte de futuridad posible.
El ejercicio, no obstante, concita un riesgo que sólo aquellos dispuestos a leer la historia a contrapelo parecen querer afrontar, puesto que obliga a redimensionar el estatuto trágico en el que estamos insertos para abrazar la contemporaneidad no con el goce del psycho killer -figura que la industria del espectáculo no se cansa de recrear- sino, más bien, con el anómalo espanto de quien se permite disentir. Quizá se trate también de animarse a pronunciar palabras que el “capitalismo gore” nos tiene negadas. Porque “volver a dotar de fuerza enunciativa a las realidades del cuerpo y de la violencia, ser capaces de construir significado ante la muerte de cualquiera”[1] supone recuperar otra agenda en momentos en que ciertas palabras parecen o bien condenadas a las tumbas, o bien libradas a la suerte que cada cual tenga de conquistar la intimidad de una isla ajena al aquelarre de las pantallas.
La pregunta es si debemos resignarnos a abandonar sin más los sentidos comunitarios y utópicos implicados al pensar “lo humano”, naturalizando el horror de la mano del necro-empoderamiento global reinante. La opción de mantenerse a flote no se ofrece como una opción válida. Más bien, por insuficiente, parece una invitación a sumergirnos en el Cauca, ese río colombiano que se desliza por un inmenso valle fértil arrastrando centenares de cadáveres y que el documental de Oscar Campos Una tumba a cielo abierto (2022) registra. Son muertos naturalizados por la violencia material y simbólica que se extiende de norte a sur de nuestro continente y que sólo nos convoca a fin de hacernos prudentes cómplices.
Por fortuna, el documental de Julián Giulianelli Los Niños (2024), recientemente estrenado, ofrece otro abanico de posibilidades para la reflexión poniendo a la ternura como guía. Porque no hay morbo en su apuesta: más bien hay respeto, sorpresa, veneración. Y una inquietud por el futuro, nuestro y de nuestros hijos, que se subraya hacia el final. Primero nos enfrentamos al silencio de los magníficos paisajes del altiplano, largos planos fijos que detienen el tiempo de la acción. El film urde una ceremoniosa orquesta de dilaciones, a fin de que el espectador detenga la mirada y se abra a la percepción y al entendimiento: recién entonces la cámara ofrece la imagen de los cuerpos de “Los Niños de Llullaillaco”, mote con que se conocen a las momias prehispánicas mejor conservadas en la historia de la arqueología.
Julián Giulianelli deconstruye toda pretendida heroicidad a la hora de observar el quehacer científico sin dejar de relevar -no obstante- las peripecias a través de las cuales se dió el descubrimiento, en 1999, de tres cuerpos humanos congelados en la cima del volcán Llullaillaco, a 6739 metros de altura, que habrían participado del ceremonial incaico de la Capacocha. Si bien el film no se presenta como el relato de una aventura, también le da voz a aquellos que participaron de la expedición arqueológica financiada por la National Geographic y liderada por el arqueólogo extranjero Johan Reinhard. Así, junto a las voces de los científicos y de los funcionarios locales, progresivamente asoman guías y baqueanos, voces que se solapan y mixturan junto a los silencios que impone el paisaje. De a poco el film va acercando interrogantes frente a los discursos que legitimaron la extracción de los cuerpos de sus enclaves sagrados, su traslado y posterior exhibición en el Museo de Arqueología de Alta Montaña, en la ciudad de Salta, permitiendo así que el espectador se asome también al abanico de creencias andinas entorno a las cuales la urdimbre comunitaria acontece.
| Territorios que se vuelven zonas de sacrificio ambiental, refrendando una historia colonial de saqueo y despojo |
Una apuesta sobria sin pirotecnia ni derroche de recursos, testimonios directos, largas tomas del paisaje andino se conjugan para poner en entredicho cualquier noción vacua de “progreso”. Giulianelli no mezquina la mirada al “fuera de campo”, más bien abre un espacio de escucha para que la comunidad de Tolar Grande, el poblado más cercano al volcán donde fueron halladas las momias, cuente hoy su drama. Lo que ayer era profanación de espacios y cuerpos sagrados, hoy se presenta como liso y flagrante extractivismo: proyectos mineros para extraer litio, oro y cobre, presentados con promesas de bienestar para los habitantes de esos poblados. Territorios que se vuelven zonas de sacrificio ambiental, refrendando una historia colonial de saqueo y despojo.
Hay una serie de preguntas incómodas que Los Niños coloca en el centro mismo del debate: ¿Cómo se financian las investigaciones? ¿Es posible desplegar un quehacer científico que oponga, a esa colonialidad del saber de una academia servil a los poderes del norte, una ética atenta a las demandas comunitarias? ¿Qué legitimidad puede obtener el relato científico cuando lo que narra, en su revés, es una constante histórica de desposesión, no sólo de recursos sino también del patrimonio cultural y de la dignidad de los pueblos?
El documental no busca resolver un conflicto sino volverlo visible en toda su complejidad, tal si pudiéramos escuchar a esos niños a través de los tiempos, una y otra vez ofrendados, en esa tensión irresuelta donde poder, memoria y territorio se cruzan. Allí expuestos, tras una vitrina, su silencio grita un horror de siglos. El Museo de Arqueología de Alta Montaña ultima los cuidados: ¿qué vemos cuando los vemos? Parecen dormidos. Relajado el rostro, la boca plácida, los cabellos de la momia conocida como la Doncella caen en delicadas trencillas a un costado y otro de la cara. Levemente el mentón se acomoda sobre el pecho; las piernas cruzadas sostienen los brazos jóvenes, que se acomodan sin rigidez, más bien en evidente descanso. La piel es de un color vivo: su hermosura abruma. En medio de la circularidad austera de la pirca, el cuerpo de la Niña, chamuscado -se cree- por un rayo, la acompaña. Completa la colección del Museo, aquel Niño que esconde su rostro entre las piernas que abraza. Un tocado de plumas y tientos blancos corona su cabeza. Es tan pequeño que duele. Un museo no es una tumba y, sin embargo, al contemplar esos cuerpos es imposible no llorar.
[1] Valencia, Sayak. Capitalismo Gore. Madrid, Melusina, 2010, p. 196.

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