“Indivisión de la materia” por Silvana López


 


Sobre la serie Materia Mítica, de Guadalupe Silva.

Expuesta en el Lobby. Centro de producción y pensamiento artístico, abril de 2026, Buenos Aires.



El dibujo es ciego. Dibujar se relaciona con el enceguecimiento, escribe Derrida, en tanto, la punta de la mano avanza en contacto por la superficie y el trazo de lo trazable no se ve, como si un ojo sin párpado creciera en la punta del dedo desplegando una potencia dibujadora en acción; la mano, antes que la cabeza, realiza el acto mismo del dibujo: inventa el dibujo. Guadalupe Silva inicia de ese modo su trabajo ante el lienzo. No hay bocetos, solo una vaga idea de algunos de los elementos que compondrán el cuadro. 

Materia Mítica se muestra en ese repliegue, entre lo visible y lo invisible, el ver y la ceguera, el blanco y el negro, la luz y la caverna, lo diamantino y lo monstruoso, el umbral y lo profundo; entre las posibilidades de las formas y las formas de los imaginarios. Hilado de trazos de grafito, de lápiz, de sanguina, compone cada obra dando espesor a las capas movientes de la materia, a las estratificaciones paradójicas de lo mítico, a los dislocados recovecos de la memoria, de la percepción, de lo imaginal y de las desviaciones, operaciones en las que vibra lo político. 

Lo femenino en mixtura con lo masculino se articulan con gestos de ojos y de manos, con la singularidad de objetos y materiales, con espacios y paisajes, primitivos, ajenos, humanos, sagrados, siniestros. Un enmarcado de pelos negros, un soporte peludo de cuadros miniatura, una piel de zorro descansando sobre una mesita de luz, “Guardiana”, imantan esas resonancias. Así, obras y espacio –“El Lobby” con sus salas, luces, sombras y relieves, estructuran la singular muestra de Guadalupe Silva. 



Al cruzar la Sala Umbral, está “Mana”. La femineidad domina esa obra -a escala humana, particularidad que inicia otra etapa en la trayectoria de la artista- y dominancia que contrasta repliegues y desvíos, pelos en los pies, bigotes, una grácil figura de cuerpo y cara femenina, de piel blanca y cabellos rubios perfectamente peinados, con el rostro negro. La figura coronada por un halo de rosas, sin duda, eclesial, parada sobre la cabeza de un monstruo, abre, por la posición del cuerpo y la estética de sus partes y el vestido, una serie imaginaria que condensa tiempos y espacios, un aión que recicla, desde mi mirada, escuelas de pintura como la cuzqueña, de retratos y figuraciones latinoamericanas y latinas, la hibridez y lo mestizo, lo colonial, lo mítico, lo habitual y cotidiano de ma(pa)ternar como es el gesto nutricio de amamantar un bebé envuelto en un vellocino. Y también, otro desborde, la leche mana del cuerpo, corre por las extremidades e inunda la escena. Líneas y líneas de grafito, de líneas rectas, tirantes y ondeadas, de líneas que se arrugan, que se espesan y adelgazan para crear luces y sombras, transparencias y claroscuros. Provocación de la materia por la iridiscencia de su forma y por el palimpsesto temático, una aventura para el ojo, una danza por laberintos de reconocimiento, contraposiciones y tangencialidades. La operación de encuadrar las imágenes no proviene del corte ni de sus efectos sino del fluir de las continuidades, de las superposiciones y transposiciones. La materia deviene en esos contactos. 

Enfrente, un díptico la acompaña -otro desplazamiento de los dispositivos de rostrificación- una figura de mujer rubia de rostro moreno, con una coronita de espinas sobre la cabeza, entrelaza sus manos para orar a un diamante facetado en miniatura, aión espejeante y también indicio que condensa otra serie semiótica de la muestra y que replica, en la Sala Diamante, en “Tesoro”, un diamante dibujado a escala gigante. El carbono cristalino, materia que traza y tematiza la muestra, exhibe en esa obra, su riqueza bestial alumbrando un paisaje de palmeras, tajamares y valles y más allá del marco, el espacio todo de las salas.

Lo monstruoso, lo bestial, la desmesura, en definitiva, habita en lo cotidiano, en la regularidad formal, en Materia Mítica, en los detalles, en lo que aparece allí envestido de aparente normalidad. En la Sala Caverna, “O.J.O.S”, “Mi hijo el monstruo”, “Giganta” resuenan en esa dirección, la mirada intimida; la mano, no tan mano, acaricia una superficie -peluda; la Giganta domina desde el promontorio con su corpulencia y desnudez, un zapato de cristal viste el pie izquierdo.



La fina y delicada filigrana monta y desliza las escenas, fragmentadas en dípticos y trípticos, las gigantes y las miniaturas. 

“Giganta” como “Tesoro”, “Tríptico de un país desconocido” y algunas miniaturas de “Sacrificio amado” exhiben, además de lo humano, lo animal y objetual, paisajes que se muestran como una construcción del artista, una forma de ver y ordenar los elementos de lo que se reconoce como naturaleza. De la mano de Guadalupe, el grafito, el lápiz, la sanguina trazan el paisaje como un despliegue espacio-temporal que no se encuadra en geometrías, tampoco en ahoras ni en ecosistemas nativos. Capas y capas sobre capas de materia dan cuenta de ese plegado de tiempos, de espacios, de imaginarios, de estéticas, de inscrustaciones y fragmentos, de contaminaciones e indeterminaciones. El ojo se vuelve ciego, quiere ser y se reconoce ciego, para divertirse en las líneas, en las capas, en los detalles, en las insinuaciones, acaso esa sea la correspondencia con la condición visible/ invisible que propone Materia Mítica y con la que nos interpela.

Y en esa desmesura, considero que la muestra desplaza la materia mítica, y el juego semiótico que la relaciona al mito, a una mitificación que revela la composición crítica de los materiales, de las formas, de los motivos y elementos que exhiben las obras de Guadalupe Silva, al inventar políticamente trazos a contrapelo, al dar vuelta lo reconocible y estereotipado; al volver pesado, lo liviano; grande, lo pequeño; alto, lo bajo, al oscurecer lo visible e iluminar lo invisible, al desplegar y adensar las múltiples posibilidades de las formas y de los imaginarios. Un proceso transformador de mitificación que exige mirarle en sus interrelaciones pero que también nos mira sin parpadear.

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