“Las formas del arte y la naturaleza” por Nicolás Rivero

Si es cierto que los espasmos actuales de un mundo en tensión son el antecedente de un cambio de eje cosmogónico, Tierras en trance. Arte y naturaleza después del paisaje irrumpe entonces en el momento adecuado. El último libro del catedrático Jens Andermann explora las relaciones perceptivas entre sujeto y entorno, y las obras de arte que resultan de este cruce, atendiendo con precisión y sistematización casi cronológica la evolución del colonialismo en Latinoamérica, incluso hasta sus actuales formas neoliberales.
Sin
embargo, no se debe interpretar la obra de Andermann como manifiesto
partidista, tampoco escindir el componente ideológico que da forma al recorrido
histórico y teórico que se refuerza con el pasar de las páginas. El momento que nos atraviesa quizás
haga que el lector vuelque sus lecturas como un revisionismo histórico que
sirva de crítica a la actualidad política que atraviesa el contexto
internacional; en todo caso, allí se encuentra otro valor de la obra, el de
brindar una herramienta que sacie las líneas de estudio que derivan del libro.
Pero
“el arte es más fuerte”, se podría parafrasear. Andermann no intenta quedarse
en el transitar de las múltiples lecturas, tampoco en suplantar la experiencia
estética por un ecocentrismo llano. Su trabajo formaliza una lente donde la
máquina del mundo pueda entenderse como un todo circular, tanto en sus
artificiosas figuraciones como en sus arcaicas prefiguraciones.
Aunque
resulte un lugar común desde su enunciado, el trance conecta al sujeto con su
ser –lo que suena sencillo, en realidad, es un mecanismo de relojería ejecutado
con precisión–. La transmutación de los paisajes logra entonces una historia de
la percepción del ambiente, plasmado en el arte, genera lo más cercano a una
historia del alma inmanente del sujeto donde lo que trasciende es la obra.
Si
bien Tierras en trance funciona como
óptica cosmogónica, es en lo particular donde el lector meticuloso encuentra
mayor disfrute. Destacan entonces los capítulos dedicados a Horacio Quiroga,
por un lado, y Ernesto Guevara, por el otro. Andermann logra en un movimiento casi
saeriano que la selva aún sea un ambiente propicio para la exploración o, en
este caso, la reexploración. Por una parte, leer a Quiroga fuera de la falacia
harto diseminada sobre la naturaleza como enemiga del hombre, brinda un aire
renovador y se vuelve puntapié para deconstruir la lógica capitalista de
generar enemigos fraudulentos para el proletario. En este sentido, Andermann
remarca las alianzas naturales en la obra del rioplatense, acuerdos “beneficiosos”
con el entorno que tanto los animales como los individuos padecen. Pero en todo
caso, no sufren los embates de la naturaleza, sino que son víctimas del sistema
mercantilista que los pone en esa posición. La alianza entre el hombre y la
selva contra la instauración del capitalismo en Sudamérica evoluciona durante
la Revolución Cubana. La jungla se presenta como un bucle temporal entre la
ciudad sufriente y la utopía de la rebelión. Los diarios de viaje del Dr.
Guevara sirven como expresión del encuentro de los tres actores: selva, sujeto,
ideología.
Aunque
resulte extraño tomar a Quiroga o a Guevara como teóricos conscientes del
ecocentrismo, una de las tantas virtudes de Tierras
en trance es que Andermann despliega con claridad un abanico de conceptos
que imponen la revisión y reversión de lo conocido dentro de otro
paradigma.
Estos
capítulos comentados –como toda selección: por una lógica subjetiva– son apenas
una muestra del audaz viaje que supone Tierras
en trance: requiere más de una lectura para poder conocer sus múltiples
líneas de estudio, todas ellas nos dejan en buen puerto.
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