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“Pelota manchada (Etno-gaming I)” por Jimena Néspolo

  Lo dijo allá por noviembre de 2001, en el partido homenaje que se realizara en el estadio de Boca Juniors: “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”. Desde entonces, el nuevo mandamiento anunciado por ese dios de barro que fue Diego Armando Maradona trasciende fronteras, culturas, religiones y simboliza la necesidad de resguardar la virtud del juego, más allá de los intereses económicos y los negociados. Hay algo de la infancia que la adultez intenta refrendar al aferrarse a esa ley: como si durante esos noventa minutos pudiéramos todos volver a entregarnos a la fantasía de remontar un barrilete cósmico y soñar de nuevo. Por eso los jugadores entran a la cancha de la mano de infantes y son ellos quienes asumen la tarea de tomar “el esférico” —como ahora los relatores llaman a la pelota, que aguarda en el pedestal— e ingresarlo al campo de juego, aunque en la previa se calienten las expectativas con metáforas varoniles. En esa ritualidad pagana repetida en cada mundia...

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