“Reinventar Buenos Aires” por Mariano Acosta




Buenos Aires Mbairy Mbáire de Mario Castells. Buenos Aires, Amauta & Yaguar, 2025, 136 págs.


Tengo la suerte de poder reseñar un nuevo libro de Mario Castells y digo que es una suerte porque los libros que escribe Mario guardan la virtud de ponerme a pensar en las múltiples formas de construir la vida. La amistad, la política, la historia, la literatura, la teoría forman parte de los encuentros que estos textos proponen, acaso como síntesis de tantísimas charlas y marchas y  libros que, comprometidos o no, nos acercan a los otros, forman comunidad. Como si esto fuera poco, éste, además, es un libro de poesía. Hay quienes piensan que la poesía dejó de ser un género posible en el universo literario. Yo tiendo a pensar que en su negación del automatismo, en la dificultad de su escritura, en su resistencia al mercado, en ese borde complejo que existe entre la orfebrería de la lengua y el hermetismo que supone su lectura, encuentra un sitio de esperanza, es decir, la posibilidad de habitar el presente con la aquilatada certeza de que existe un pasado y un futuro, lo cual es posible si ese pasado y ese futuro se reinventan incesamente. El gesto de construir pasado, es decir de interpretar, permite el diálogo con las posibilidades que suponen y organizan el porvenir. 

El libro involucra varias cuestiones, porque en sus desbordes invita a pensar en una comunidad o, al menos, pone en evidencia una dimensión genocida de la historia que nos hemos acostumbrado a habitar sin mayores contradicciones. Buenos Aires Mbairy Mbáire es un libro político pero no políticamente incorrecto en el sentido perlongheriano. La apuesta no pasa por generar un dispositivo que desacralice la historia, no es parte de esa tentación revisionista que, desde Néstor Perlongher a Martín Kohan, actualizan el centro del canon dándole primeros auxilios en forma de garche queer. El libro de Castells perfora la frontera y hace estallar los significantes de la Nación. Vayamos por partes. 

Mario Castells nació en Rosario hace 50 años y vivió entre Rosario y Buenos Aires. Si el lector tomara un compás y trazara un círculo de 180 kilómetros alrededor de San Pedro podría darse una idea de los parajes por los que anduvo. En otras palabras, gran parte de su vida gravitó a no más de 200 kilómetros de Arroyo del Medio; es decir, podría haber caído, como tantos, en el debate prístino que acopla la Civilización con la Barbarie. Si eso hubiera pasado formaría parte de los estercoleros del romanticismo. Una digresión colorida, pero que aclara con cierto pintoresquismo el núcleo de este argumento, lo ofrece wikipedia cuando intenta historizar las tierras sampedrinas: "En Buenos Aires, Juan Facundo Quiroga se dedicó a la administración de la estancia que compró en San Pedro. En esa zona viven sus descendientes, varios heredaron su nombre completo de Facundo Quiroga. Durante su estadía fue el único que se animó a visitar al ex-presidente Bernardino Rivadavia en el buque en que llegaba de vuelta, al que no se permitió desembarcar y se envió de regreso al exilio".

Si afinamos los sentidos, podemos llegar a comprender hasta qué punto nuestro amigo corrió el riesgo de convertirse en una síntesis, es más, en una síntesis con centro en San Pedro. Más aún cuando habita en la misma isla donde vivió Sarmiento asistiendo al resto botánico del sanjuanino que, en forma de mimbres, timbó y moreras, sigue hablando de las posibilidades y los límites del progreso. Pero la poesía de Buenos Aires Mbairy Mbáire es otra cosa. Para acceder a la poética que subyace en sus textos es necesario abrir el compás y descubrir la zona Castells, cuya reminiscencia es saereana pero tensionada hasta los excesos del bilingüismo. Reescribir el canon suele ser una operación que garantiza el éxito ya sea entre los habitués del centro tradicionalista Martín Fierro o entre las militancias deconstruidas, la reescritura de la tradición encuentra sus lectores que, cada tanto tiempo, gustan de embarrarse con los significantes heredados de la escuela primaria. Sin embargo, salir del confort de Arroyo del Medio supone el más brutal de los riesgos: no ser leído. Este riesgo se articula, en esta literatura, en una doble operación: inventarse paraguayo e inventarse bilingüe. Creo que con el tiempo Mario se hizo paraguayo, se inventó una genealogía americana y aprendió una lengua para montarse en el gesto prepotente de la negación de la Nación. Un gesto coherente con una militancia y una vida marcada por posiciones que corresponden a una izquierda clasista e internacionalista. Hace casi treinta años nos encontramos leyendo la obra de Barrett, donde esa intuición magnífica de negar los significantes de la Nación en la propia experiencia biográfica nos enseñó a sospechar de los deleites canónicos de gran parte de la tradición literaria argentina. Hoy esas intuiciones fueron reforzadas en esta escritura. 

Acceder a un poemario es una experiencia que, en muchos momentos, resulta desconcertantes. La lengua es una advertencia poderosa para lectores que, como yo, estamos acostumbrados a los usos hegemónicos de los modelos monolingües. Este texto está escrito en dos lenguas, y más allá del debate acerca de la lengua materna, de la primera o la segunda lengua, lo cierto es que fue escrito por alguien que se construye con datos de dos universos lingüísticos y culturales diferentes. Cuando leí el libro tuve la sensación de que el acceso que podía tener iba a ser parcial. Además de los poemas que están sin traducir, en las mismas traducciones se somete al lector a tener necesidad del otro, a confiar en que, lo que está escrito en guaraní es lo que la lengua española reproduce. Pero la intimidad de quienes comparten una lengua nos somete como lectores a un espacio de exclusión. La palabra, en esa otra lengua es inaccesible y yo elegí no leerla, elegí depender de alguien más para entender el mundo que relata, elegí atravesar el trauma de saber que hay una parte del texto escrita para mí y otra que no, es decir, hay un mundo que se me permite y un mundo que me está negado. ¡Pucha si no se trata de eso la experiencia de la subalternidad! Este libro recuerda la injusticia en cada renglón. Señala en su extensión lingüística las proporciones de la expropiación y, de cierta forma, tiene la fuerza performativa de los exorcismos: 


La razón medular no fue el mandato

real, el dictamen de Hernandarias ni la voluntad de Garay.

Tampoco fueron sumacas las arribeñas 

ni jinetes bravíos.

Grandes caminadores, los hijos del cuñadazgo

bajaron del neolítico con mucho avío. 

El río, de ningún modo azulejo ni pariente del mar, 

era rojo en verdad, estimados.

Del color mangaisy con que se pintaban los guerreros

en los convites del avaporú. 

Con el tiempo y tanto muerto no vengado

se hizo marrón. 


Reinventar Buenos Aires, disputar paso a paso los argumentos de la expropiación es una lucha contra los estados liberales. Disputar el origen, traducir todo Buenos Aires al guaraní, vengar a los muertos. Si yo hubiera escrito este libro me sentiría como Estanislao López cuando ató los caballos en la Pirámide de Mayo. Pero eso ya es otra historia. 


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