“Pelota manchada (Etno-gaming I)” por Jimena Néspolo

 



Lo dijo allá por noviembre de 2001, en el partido homenaje que se realizara en el estadio de Boca Juniors: “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”. Desde entonces, el nuevo mandamiento anunciado por ese dios de barro que fue Diego Armando Maradona trasciende fronteras, culturas, religiones y simboliza la necesidad de resguardar la virtud del juego, más allá de los intereses económicos y los negociados. Hay algo de la infancia que la adultez intenta refrendar al aferrarse a esa ley: como si durante esos noventa minutos pudiéramos todos volver a entregarnos a la fantasía de remontar un barrilete cósmico y soñar de nuevo.

Por eso los jugadores entran a la cancha de la mano de infantes y son ellos quienes asumen la tarea de tomar “el esférico” —como ahora los relatores llaman a la pelota, que aguarda en el pedestal— e ingresarlo al campo de juego, aunque en la previa se calienten las expectativas con metáforas varoniles. En esa ritualidad pagana repetida en cada mundial de las últimas décadas se ensaya un código de convivencia planetaria para las sociedades del siglo 21. Y ese código, como bien entendió la selección argentina el pasado miércoles, que luego de la victoria ante Inglaterra desplegó una bandera adusta en la que claramente se leía “Las Malvinas son argentinas”, es también un código político. 

Porque es sólo desde la geopolítica que pueden explicarse las razones por las que la FIFA inhabilitó a Rusia y a Pakistán de la posibilidad de participar del certamen: al primero, debido a la invasión militar a Ucrania iniciada en febrero de 2022; al segundo, por supuestas fallas administrativas e interferencia en sus elecciones internas. Y es sólo desde la política que puede también comprenderse que, en una sinergia de cipayismo y entrega de soberanía jamás vista en nuestra historia patria, el gobierno de Javier Milei se alíe con las autoridades norteamericanas para intentar domesticar el desborde de la hinchada albiceleste. Craso error el de la Ministra de seguridad Monteoliva al prohibir el “uso de banderas” en la cancha, una idiotez sólo comparable a un “prohibido cantar” o un “prohibido ilusionarse”. Un dispositivo especial coordinado por las autoridades norteamericanas, el FBI, la FIFA y los ministerios de seguridad de ambos países, que involucró el despliegue de mil seiscientos agentes policiales y una cantidad de medidas prontamente olvidadas ante el primer cantito con el que la hinchada argentina tapó la posibilidad de que el himno inglés se hiciera oír: “¡Olé, olé, olé, olé! ¡El que no salta es un inglés!”

Duelo de voces, duelo de jugadores, sublimación deportiva que aúna voluntades más allá de todo cálculo. Ya Umberto Eco planteó en distintas intervenciones que el fútbol funciona como un sustituto civilizado de la guerra y el debate político descarnado [1]. En La estrategia de la ilusión (2012) y Cómo viajar con un salmón (2020) entre otros textos, el semiólogo italiano analizó la puesta en escena futbolística como la exacta réplica de ciertas dinámicas bélicas, bajo el marco de un control social acorde para satisfacer la libido nacionalista de las masas. Sea, la explicación es contundente, toda vez que la adrenalina futbolera se sofrena sin que haya derramamiento de sangre: el juego en su simulacro viene a canalizar esos impulsos agresivos que otrora fueron necesarios para defender los enclaves rioplatenses frente a los invasores ingleses en 1806, 1807, y también 1982. Todo se encuentra vivo en la memoria, cambalache de pasiones que se enciende cuando los jugadores se sienten zaheridos y humillados. ¿Qué otra explicación puede haber a tanto partido que se inicia perdido y que en los breves minutos finales es dado vuelta en una coreografía exacta de astucia y furia, como si los jugadores dijeran todos, urgidos por el presente: “¡Basta! No, otra vez”?  

La final mundialista contra España, este domingo, no promete por tanto menos épica, habida cuenta que la Revolución de Mayo y las batallas independentistas, a través de las cuales los libres de Sud se emanciparon de la monarquía española, fueron tanto o más cruentas.

Una vez puesta a rodar la pelotita, la retórica futbolera echa mano de la retórica militar y exige tomar partido. ¡A la mierda con el fair play y la mar en coche! Lo importante es ganar y cualquier mano, aunque sea “la mano de dios”, es bienvenida.  

George Orwell lo expone claramente en un ensayo de 1945, decepcionado y abatido,  después de haber tomado las armas como brigadista en defensa de la República durante la Guerra Civil española: “El deporte serio no tiene nada que ver con el juego limpio. Está ligado al odio, los celos, la jactancia, el desprecio por todas las normas y el placer sádico de presenciar la violencia: en otras palabras, es la guerra sin los disparos”. [2]

No nos equivoquemos con patrañas: el reino de la infancia es el reino del goce, de la libertad extrema y de ese derroche de poesía y transgresión que Georges Bataille advirtió en ciertos enfants terribles. Nada tiene que ver con esa ñoñez pánfila, funcional a la ideología-Disney del consumo cuidado, aunque este se presente como un “buen mal” propio de los amigos del Club Epstein. Que sea el presidente Donald Trump, involucrado en la red de contactos, fiestas sexuales con menores y favores mutuos que el magnate financiero desarrolló a lo largo de décadas y que recientemente tomaron pública notoriedad, quien en este mundial entregue la copa junto al presidente de la FIFA es una de las novedades trágicas del certamen. Aunque los finalistas sean Argentina y España, el gran ganador es EE.UU.  

Pero dejemos rodar esa ilusión que articula otra gramática. Mejor no enterarse del destrato que el país anfitrión regala aquí y allá a hinchas y equipos participantes de la Copa del Mundo, hasta incluso prohibir la entrada a un árbitro africano (aunque tuviera visa diplomática y acreditación de la FIFA, las autoridades fronterizas impidieron que Omar Abdulkadir Artan entrara al país: unos días antes el mismo Trump apuntaba las razones: “los somalíes son basura”).  

Sepamos o no sepamos todo esto, nada detiene al músculo y al balón. Los jugadores piden salir al potrero. Este domingo todos volveremos a olvidarnos, por un momento, de la atroz realidad que oficia como telón de fondo del encuentro. 

Olvidaremos el espanto porque entraremos en el lenguaje soberano del juego; un sistema de signos que —como bien advirtió Pier Paolo Pasolini [3]— encuentra en cada gol el modo de subvertir el pentagrama previsible de lo dado: mientras que los jugadores “prosaicos” se aferran al método, los jugadores “poetas” desafían toda lógica con la gambeta o el regate.  

La pelota manchada de la poesía rueda.  




*Fotografía de Paula Luttringer

[1] Eco, Umberto. La estrategia de la ilusión. Barcelona, De Bolsillo, 2012. Cómo viajar con un salmón. Barcelona, Lúmen, 2020.

[2] Orwell, George. “El espíritu deportivo” en: Tribune. 14 de diciembre de 1945.

[3] Ver: https://www.elgrafico.com.ar/articulo/las-cronicas-de-el-grafico/32393/pasolini-el-futbol-es-un-lenguaje-con-sus-poetas-y-prosistas

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