“La obstinación” por Gloria Peirano





…dónde tienen la boca estos peluditos? de Vanesa Guerra Malmsten. Buenos Aires, Ediciones martes intenso, 2026, 104 págs.

                                                                                                         

Este último libro de Vanesa Guerra parece confirmar aquello que ha venido trabajando en sus textos anteriores: la condescendencia con la lengua sería una capitulación, una resignación. Es decir, siempre que la leo, sé, de antemano, que me encontraré con una obstinación, con la pregunta de si una obstinación es lo opuesto simétrico a una capitulación. Vanesa, me aventuro, no concibe que haya victoria alguna en lo relacionado con escribir. Victoria, es decir triunfo de la clausura. Lo obstinado, lo que se obstina, sería entonces el interrogante sobre los límites de la lengua usual, y ese interrogante es siempre político: si la gramática es en sí misma una jerarquía de poder, ¿qué haremos para subvertirla? ¿qué escribiremos? ¿cómo? ¿sin que sean frases que padezcan de hermosismo, de alambique, de solemnidad? ¿de qué boca saldrá el continuum sintagmático y paradigmático que, como afirma Henri Meschonic sobre la poesía, hace la pregunta contra la sordera del signo y avanza en esa selva? ¿De qué especie de animal vendrá la búsqueda del sinsentido en el propio sentido? ¿De qué especie de cosa? Este libro contiene peluditos. Podría llevar una faja que lo anticipara. Cuando leí El obsceno pájaro de la noche (1970), de José Donoso, en la juventud, esa obra claustrofóbica y laberíntica que explora la locura, no olvidé jamás al personaje del Mudito, que sufre una progresiva pérdida de identidad. En su encierro y en su delirio, sufre una desintegración total y termina transformado en un “imbunche”, un ser informe, cosificado, envuelto en telas. En el libro de Vanesa, en cambio, los peluditos o lo que representan (que, como dije, ejercen una gran atracción sobre esta lectora) se abren paso en medio de un festival desde las primeras líneas:


El bicharraco creció y huele a trapo viejo, a escobillón sucio. Es una bola de pelos grasos, enrulados, rastreros. (pág. 24)

(...)

Sucede que al abrir la puerta de ese cuarto improvisado (un living) en la impasse de una separación que aún no llega, el bicho santo ha dado a luz ocho bichitos peludos y redondos como huevos espumosos latientes. (pág. 31)

(...) 

Z improvisa un cuarto y esa noche duerme en el living. Duerme por tristeza, la tristeza es una aplanadora; soñará cualquier cosa; creemos que nunca podrá recordarlo. G ronca o roncaría en la habitación contigua con su animal peludo y rastrero. Sin embargo, algo sucede. El animal abandona el cuarto de G en la ceguera del mundo. Nadie sabe qué hace o cómo hace un animal en soledad, en la soledad animal, en el puro instinto. Donde los ojos no llegan nadie sabe qué pasa, (ojos acepta sinonimia de cámaras y otras tecnologías de control). (pág. 30)


Con una voz singular y un oído aguzado, Vanesa construye un universo que hace reflexionar, que hace reír, que hace sonreír. La risa, sí, es la risa burlona del signo. Así parece conformarse la boca de estos peluditos, la boca que requiere la pregunta del título, altiva en una profunda ironía que no cesa de atacar el andamiaje del sentido común. No sé si son frecuentes las escrituras como las de Vanesa en la narrativa o cuánta visibilidad tienen. Entiendo que en la verdadera poesía hay un festival en este sentido: una fiesta animal, molecular, lateral. El equilibrio que desacraliza este libro, el efecto de lectura que perdura, es la risa fresca, juguetona, en la apuesta de una narración, incluso una trama reconocible, pero anudada a la obstinación de que la lengua no sea una materia laxa, una articulación condescendiente, es decir, meramente una redacción con ganancia simbólica inmediata. Y no una escritura. Aquí, con los peluditos, la boca se abre y el significante risueño (qué adjetivo precioso es “risueño”) se tensa, se relocaliza: 


Mientras todo cae, G amará peluditos y Z en su dolor nostalgiará ser un peludito más y no ésto, ésto nacido en la impavidez de la oniria, noche del sueño, donde el alma es un ombligo a la intemperie que brota del rechazo propio y ajeno. (pág. 41)


Alguien rememora: Un duodeno un decadro un duodecadrón. Pero a Z le va cerrando la voz, o la garganta y ella quiere contar una historia de cuando era chica, de la mamá con una araña ¡tiene que ser inyectable! ¿cómo lo va a tragar? Alguien está macerando la pastilla con un tenedor mientras a Z le cuelga la cabeza, cabeza caída sobre el respaldo bajo del sillón; y ya entra un hilo de aire, un hilo por la ventana y otro hilito entrecortado por la boquita de manteca, tortita de manteca, manita de manteca, mamá (pág. 15)


Como la risa es torsión también, el juego escala. Tensión y torsión, estos sustantivos parientes de alguna manera parecen formar parte de una secuencia de este libro, plagado de juegos de palabras: malapropismos, dobles sentidos, paronomasias, retruécanos, todos logradísimos, orgánicos con la trama: “Habrá que susurrarle con zurras que la exclusión es un dolor horrible y aún, la exclusión es un dolor bochornoso.

Los peluditos “redondos, redondoides” nos llevan hacia esa idea de Samuel Beckett: “la risa que se ríe de la risa”. Torsión, entonces, que es, asimismo, creación, y así, entonces, se trata fundamentalmente de un desenmascaramiento, (en este sentido este libro es disidente) que permite vislumbrar, con su poder de fuego, las parodias inagotables de lo humano. 

Vanesa ha escuchado demasiado antes de escribir este libro. La demasía nunca aparece como tal, de modo directo, sino que se constituye como un derrame controlado de la sintaxis sobre la morfología de las palabras, de la sintaxis sobre los significados y las referencias. En esta línea, un peludito sin patas, una especie extrañísima y perturbadora que uno de los personajes encuentra y apaña, y que después se multiplica, así como se acumulan en derivas calculadas escenas deliradas de verdadero amor y de verdadero dolor, va irradiando un lenguaje con riesgo de astilla, en una operación que desorganiza el sistema desde adentro.



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