“El amparo en la niebla” por Analía de la Fuente





Cuando florezcan los agapantos, de Jimena Néspolo. Pilar, Batata Libros, 2025, 172 págs.


Cuando florezcan los agapantos ocurre de migración en migración, de guerra en guerra, entre Argentina, Polonia, España, Francia, e, incluso, sobre barcos que cruzan el Atlántico con promesas de una vida habitable. Las voces se entremezclan para recorrer parte de la sustancia social del siglo XX, exhibiendo recovecos de las democracias que supimos construir. Es una novela de desterrados: por la segunda guerra mundial, por el franquismo, por los períodos infames de la realidad argentina, y por las desigualdades, al menos, étnicas, de clase y de género.

Desde múltiples coordenadas, quien lee se enfrenta a las metamorfosis que los años, las décadas tallan en los personajes. Y a lo largo de la lectura, entiende que no es cuestión de tiempo la hondura con que las cicatrices cincelan los cuerpos, las memorias. No es cuestión de tiempo, sino de Historia, de condiciones materiales para la existencia, de posibilidades (o no) para decir y hacer, o viceversa.

El primer escenario, el que abre el libro, es la ciudad de Barcelona. Allí conocemos a Manuel, un historiador entrado en años, venido a menos en lo laboral y en lo afectivo. Pura desilusión. Desde décadas atrás, convive en una obsesión intermitente con los cuadernos de Leonarda Nosquiewicz, polaca, llegada a Argentina en 1954, en plena inminencia de la Revolución Libertadora que derrocó al presidente constitucional Juan Domingo Perón.

El segundo es un pueblo de la provincia de Buenos Aires, a 100 kilómetros de la capital, donde se redactan tres cuadernos, fechados en 1954, 1964 y 1974, y firmados por Leonarda. Su voz evoluciona desde su arribo a América, con huellas del francés que se vio obligada a incorporar al huir de su país en medio de los despojos identitarios que hacen las guerras. Su Drohobycz natal vuelve una vez y otra a su letra como epifanía, como Ítaca. Dice Leonarda en su primer cuaderno: “la muerte de tan lejos no recuerdo”, “sentir este idioma: una mordaza en boca”, “perder Polonia, perder recuerdos”, “je vis dans un volcan”, “español ser par mí el mismo aire que no entra ni sale”. Su vínculo con nuestra lengua es, desde el primer contacto, reflejo de la necesidad de aquerenciarse: “diccionario en mano, copiar, copiar.” En medio de la adversidad, su tesón es tal que su expresividad logra, con pocas herramientas, momentos de espesura que interpelan como un sacudón. En las décadas que recogen su tiempo en nuestro país, la joven deviene lectora empedernida, y su afición simbólica la lleva a ejercer su subjetividad en tinta y papel. Leonarda escribe con los cinco sentidos, ama las plantas, tiene un jardín que le brinda nombres y aromas para sus pasajes, distingue las distintas horas y colores de la luz, el canto de los pájaros, lee, inmersa por completo en la realidad de los libros a los que accede, y sabe contar y narrar lo que ocurre a su alrededor, deteniéndose cuando hay que detenerse en detalles, nimiedades, miniaturas. Entre los diecinueve y los treinta y nueve años, su cotidianidad tiene lugar en Lobos, donde su hermano Casimiro oficia de cura. Siente, la recién llegada, atenta a las palabras de la misa: “este latín en boca ahora es de mi hermano y mía Patria”.

Cada cuaderno captura, por lo menos, una tragedia. De ese modo, la madurez de Leonarda puede parecer áspera. Sin embargo, algo ocurre y sus elecciones van, por primera vez, en favor de su deseo. La escritura de Leonarda es simple. Refleja el pensamiento sincero de una mujer cuyo tiempo le ha otorgado mandatos que ella aceptó, sobre todo, por devoción a sus padres. No es, empero, un carácter incapaz de hacerse preguntas, ciego a los roles de género de su tiempo: “Casimiro estudiar en Polonia y en ciudad del Vaticano. Yo no tener suerte. Yo ser mujer y cuidar a madre es mi destino”. Lo que calla en su vida, lo vuelca a sus líneas, como una especie de fe en el porvenir, en el idioma que la recibe sin dejar de ser ajeno y desconocido, en el testimonio, en la interioridad que va haciéndose tinta y marca sobre las páginas blancas. Porque, pese a todos los límites que la circundan, Leonarda, como hermana del párroco, cuenta con un espacio para su soledad, con el cuarto propio desde el cual puede esgrimir las argucias de su fragilidad, o, en palabras de Josefina Ludmer, sus tretas del débil.

De ese modo, la novela va tejiéndose, entre “Cuadernos” y “Excursos”. En unos, nos enteramos a través de una tercera persona sobre el vínculo de Manuel con los tres cuadernos, sobre su viaje a Lobos en la década del ‘90, sobre su necesidad de conocer a Jacinto Chimazo, compañero de lucha de su abuelo Antonio, desaparecido durante el franquismo. La necesidad de acercarse a ese abuelo heroico narrado por su padre y su abuela instaura en Manuel un impulso: el de saber, lo poco, lo mínimo que pueda saberse. Y entonces la Historia como oficio y su viaje de juventud a Argentina. En los otros, atravesamos la odisea de Leonarda quien corre la misma desdicha que Antonio, pero al sur del planeta. 

Toda la novela es una reflexión sobre la importancia de los testimonios en primera persona, sobre el archivo viviente que somos como ciudadanos del mundo, contemporáneos, indefectiblemente, de nosotros mismos. 

Además, la arquitectura del texto toma para sí la idea de matrioskas: no hay voz individual posible, en cada una palpitan otras y otras, aún si ignoramos quiénes son y de dónde vienen. Somos un entrelazado inevitable, enjaulado en nuestro tiempo: en la cultura que nos envuelve y atrapa y a la que hay que saber enfrentar si es necesario.  


| la novela es una reflexión sobre la importancia de los testimonios en primera persona, sobre el archivo viviente que somos como ciudadanos del mundo |

 

Si algo nos deja el siglo XX, parece sugerir Cuando florezcan los agapantos, es que nuestro planeta es un lugar hostil, que nadie es de ningún lugar, que el lugar al que pertenecemos debemos construirlo a fuerza de exilios e intercambios, decisiones y bondades. Porque si la segunda guerra hizo lo que hizo en Europa, en Japón, nuestro país sigue sosteniendo un preámbulo inconcebible para su Constitución Nacional, pensando en un espacio mejor “para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. Hay allí un germen: conciencia de cuidado presente y futuro, de lo que no es de nadie porque es de todos, como si nuestras fronteras y límites fuesen, de algún modo, una arbitrariedad muy menor si pensamos en los lazos solidarios del género humano. Así, Neviolo (desertor del fascismo), Casimiro y Leonarda (víctimas del nazismo), Jacinto Chimazo (revolucionario perseguido en España) llegan a Argentina. Y, entre ellos, también, los Müller, Herbert y Marcia, su mansión suntuosa, la esvástica, un cuadro de cuero humano, delicadamente tatuado con flores celestes, ante el que Leonarda sólo puede sentir horror, volver a las imágenes de su pueblo devastado, del hambre en las entrañas y desvanecerse. La falta de bordes (o la complicidad del poder) puede ser peligrosa. La contradicción, el misterio, la repregunta conforman la atmósfera del libro. La lectura nos invita a mirar a nuestro alrededor, a posicionarnos, a ser sinceros con nosotros mismos. Los regímenes institucionales, los sistemas de leyes, como intuye Manuel, están plagados de injusticias. Nos bombardean en nuestra propia morada las veces que se les antoja. Pero ante su hartazgo e impaciencia está la voz de Chimazo, su experiencia, su fe en que, en cualquier momento, “volverá a encenderse la mecha de la Historia”.
La novela tiene personajes entrañables como Mili, una nena de diez años que le da clases de Castellano a Leonarda, Ethel, amiga de su infancia, sus padres, Stanislaw y Hanniah, los chaqueños Anselmo y Tora, el propio Bruno Schulz, los curas villeros tercermundistas y su sueño de revolucionar la Iglesia, Coca Ramírez, la gitana Lucía, Gregorio Mascialino, doña Erminda y su tía Marcelina, cautiva del cacique Caluel… Todos ellos viven a su modo el límite, son una especie en el suburbio de la cultura. Cada una, cada uno de ellos trae consigo resonancias de lecturas, de momentos de la historia de la humanidad, de arquetipos. El modo en que estos pequeños personajes se nos ofrendan en el relato es preciso. Alrededor de ellos hay imágenes indelebles que llegan como un eco para recordarnos ese crisol de orígenes que es nuestro país. Un crisol austral al fin del mundo que sigue interpelando y preguntándonos quiénes queremos ser.
Hay muchas cosas que no podemos elegir entre las que sí elegimos. Voy a transcribir un fragmento del diario de Leonarda que ilumina la búsqueda del entramado de voces del libro: 

Que somos víctimas de un poder ciego que moldea nuestro rostro, nuestro cuerpo, como mascarón de cera.

Que en esa travesía del sueño llamada realidad duermen figuras emboscadas, caras sucesivas que desconocen la verdad de la intemperie; aquella que pocos seres en vigilia cuelgan de su cuello como escapulario del terror. La memoria, la condena. 

Y que luego: Persistir… Bucear hondo, abajo de la noche. Abrazar la maleza y resistir la ventada.

Ser dueños de nada, pero dar siempre la mano llena. Y esperar… Esperar que algún día, entre nosotros, nazca el hombre nuevo.



Cuando florezcan los agapantos es una promesa. De Leonarda a Casimiro. Un acto de habla: deseo y fuerza. Una conquista. El credo de quienes eligen y arriesgan.

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