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miércoles, 18 de agosto de 2010

"La literatura del detritus y la resucitación: Quignard, el jansenista", por Walter Romero

Albucius, de Pascal Quignard. Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2010, 160 págs. Traducido por Betina Keizman


Albucius, veinte años después de su publicación en su original francés, constituye quizás la mejor opción para ingresar en el minucioso y refinado universo de este jansenista –o neorracionalista de la palabra– que es Pascal Quignard.
De una obra ya profusa y compleja, que ha merecido en partes iguales el panegírico y el rechazo, Albucius representa –en su ensamblado de relatos de vida, cuadros de costumbres de la Roma Antigua e indagación en los intersticios de étimos y morfemas– una ejemplar visitación a esta literatura del detalle y del origen; literatura que nace de la grieta que cada palabra representa, verdadera falla epistemológica que nos arroja a un abismo de interpretaciones, sedimentos, y pliegues de sonoridades que vuelve ilusorio y ficcional la constitución apenas palpable –y por ende huidiza– del término.
En algún sentido, Jorge Semprún, uno de los miembros del jurado que le otorgó a Quignard el prestigioso Premio Goncourt en 2002, señaló bien al votar en disidencia, que la obra de Quignard parece no habilitar ninguna vía literaria. Algo de camino muerto, algo de territorio personal y distintivo “que nadie más pisará”, se desprende de estas indagaciones únicas donde la fusión de géneros –más oportuna que la técnica del híbrido– crea un tablado ficcional donde airear una erudición rica en hallazgos y en peculiaridades que no desechan lo sórdido y lo maltrecho y donde, fundamentalmente, el relato –en muchos casos bajo la forma chusca del cuento drolático o bajo la picante obscenidad de las fábulas milesias– aparece con una contundencia y efectividad, a manera de un nuevo Satiricón, o con el velo con que se revisten esos “sueños” que se han dado en llamar Las Mil y una noches.
Junto con Pierre Michon y sus Vidas minúsculas, Quignard emprende –siempre desde otro ángulo– el propósito de indagar en vidas antiguas que han quedado sepultadas por el peso del tiempo, en un conmovedor y racional (en partes iguales) diálogo con la Antigüedad: “En el fondo de nosotros existe un tiempo pasado que es irresistible”. Su manera es quizá una de las más excelsas que ha encontrado la literatura contemporánea del hexágono para evocar un mundo perdido, no ya bajo la formas acaso tradicionales de la novela histórica o de las biografías noveladas, sino a través de una operación que es resultado de la exploración en géneros “cortajeados y mezclados”, amasijo de restos o detritus de obras perdidas (y encontradas), en fragmentos –o “fantasmas”– de obras, en narraciones truncas que nos traen –a modo de escapularios paganos– verdaderas “impresiones del pasado” que le dan nueva y radiante vida al latín, a la Roma dos veces milenaria, y, en definitiva, a todo un mundo muerto que se vuelve patente y más real que la realidad.
Quignard explora el eco de esas lejanas voces –verdaderas psicofonías–, que nos transportan en el tiempo, a través de las vacilaciones y el titubeo de las acepciones, y, en la sorpresa arcaica que traen los étimos como portadores de historias, muchas de ellas, hechas –como las palabras– de partes de partes, de trozos o fracciones, de verdaderas migajas de un tiempo inaccesible, ahora evocado por acción de la literatura y del relato.
Un compendio o colección de relatos de este autor latino llamado Caius Albucius Silus, que vivió hace dos mil años como verdadero agitador de la lengua latina, aparecen –o nos son presentados a través de todo el texto– como cuentos enteramente intervenidos cuyos finales faltantes nos enfrentan con la aporía, o cuyas peripecias se asemejan a la perplejidad. La voz siempre señera y experta del narrador se entromete y comenta, sutura o se disgrega en soberbios excursus, o bien tijeretea con audacia –corta lo ya cortado- y comenta con la fuerza de quien sabe cómo agregar más duda a la duda, más dislate al delirio: “Los relatos son siempre más verosímiles que el caso de las vidas que reúnen y que reconstruyen bajo la forma de intrigas y de pequeños detalles acordes.”
De los 53 relatos –casos, exemplas o diálogos– que el texto presenta, muchos de ellos constituyen una escena especularmente genial donde explorar los límites del metalenguaje y donde reconocer cómo el esfumado de los géneros y el sondeo desprejuiciado en los términos antiguos del latín (puer, infans, carus, satura, lanx, sordes, requies, sententiae, affectus, sidus, obliquus, fabulae, lectio) pueden crear “por sí solos” un relato.
Pascal Quignard (1948) representa, por las variantes con que concibe la experiencia “ficcional”, un innovador, y, un escritor que constata, en su propia escritura, las dificultades que tiene la novela en el nuevo siglo para definir su campo de acción. Mientras que existen ejemplos que continúan con las líneas novelísticas nacidas en el ya lejano siglo XIX, la escritura de autores como Quignard postula que el futuro de la literatura depende del grado de desestabilización de los géneros. Su obra se ancla en sofisticados universos estéticos, artísticos o filosóficos –de alguna manera, paraliterarios– que son el magma del cual extrae los dispositivos iniciales de su literatura. A modo de último avatar de su inmersión en las capas de capas que el lenguaje nos ofrece en cada lexia, Albucius también es un maravilloso pretexto para incrustar historias paralelas que son el paisaje inmejorable para la total fusión: de esta forma los nombres de Pompeyo, de César, de Catón, como así también los monumentos y las calles de Roma son un correlato de honor que vuelve verosímil lo raro y lo extraño: “Lo falso y los deseos a los que lo falso abre paso se protegen mejor con algo que fue verdad que con una simple intriga anacrónica remendada o tirada de los pelos.”

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