“Utopía vindicada”, por Gisela Heffes


El hilo rojo.  Palabras y prácticas de la utopía en América latina, de Marisa González de Oleaga y Ernesto Bohoslavsky (eds.). Buenos Aires, Paidós, 2009, 328 págs.

Acabo de terminar un artículo que analiza la dimensión utópica en la obra de la escritora y activista política Flora Tristán.  Su caso se asemeja en muchos aspectos a los diferentes ensayos sobre palabras y prácticas utópicas que aparecen en El hilo rojo.  Porque más allá de las nociones más tradicionales y estrictamente literarias respecto al término utopía, es posible extender este concepto a una praxis social y cultural que, a su vez, desafía categorizaciones de cierre y clausura.  Con esto me refiero a aquellas discursividades que pronosticaban el fin de las utopías, anunciando su muerte, y que se regodeaban en un ejercicio típicamente lapidario.  Decir que la utopía ha muerto no sólo es una falacia sino que denota una profunda ignorancia.  Y si, en términos históricos, el concepto de utopía ha tenido una importancia determinante en la formación cultural, social y política de América latina, esta labor no se ha agotado en el presente sino, por el contrario, sigue reemergiendo bajo nuevas expresiones comunitarias y solidarias.  Es esta continuidad lo que pone de manifiesto el volumen de ensayos compilado por Marisa González de Oleaga y Ernesto Bohoslavsky.  Una continuidad que podemos retrotraer al mismo año en que Tomás Moro publicaba su Utopía (1516), ya que será por esos mismos años que el padre dominico Bartolomé de las Casas redacta su Memorial de Remedios de Indias, manuscrito en que elabora una petición que no es sino una detallada descripción de un plan para crear comunidades indígenas, en las que éstos puedan trabajar de manera libre.  Este programa estructurado consiste en una suerte de cooperativismo con los “cristianos”, es decir, comunidades utópicas cristianas.  Su descripción detallada y su retórica convincente procura crear un modelo alternativo para los indígenas que desde el inicio de la conquista padecían toda clase de tormentos, penurias y explotaciones.  Del mismo modo, algunos de los artículos compilados en El hilo rojo dan cuenta de este tipo de cooperativas: así, nos enteramos de las comunidades menonitas en Sudamérica, de la Sociedad de Hermanos en Paraguay, de la creación de una comunidad galesa en la Patagonia argentina, y del proyecto de cooperativa Peretz en Villa Lynch, provincia de Buenos Aires, entre muchos más.  En este sentido, es importante subrayar que hay una correspondencia o reciprocidad entre la idea de América, concebida como una utopía, y los proyectos utópicos que, desde la conquista hasta el presente, diferentes escritores, intelectuales, críticos y religiosos han soñado para América, sobre todo América latina.  Más aún, la asociación entre América y la consumación de una utopía es un tema recurrente en textos y crónicas desde las exploraciones más tempranas hasta el presente.  Con la conquista de América emerge no sólo la idea de un vasto territorio “vacío”, sino que la experiencia americana estableció un campo de experimentación para la aplicación de ideas extranjeras, lo que se manifestó tanto en el plano teórico como en la organización y diseño urbanos.  Se trata de la intersección entre la emergencia de una nueva realidad geopolítica y la construcción del ideal utópico tal como se manifiesta en textos literarios, trabajos intelectuales y proyectos comunitarios que proponen tanto una concepción racional como una imagen de una sociedad perfecta e ideal.
Por otra parte, hay que señalar el carácter político de estos textos y cómo, en muchos casos, surgen como proyectos cuyo objetivo principal consiste no sólo en poner fin a una situación socioeconómica y cultural determinadas, sino plantear además tanto una alternativa bajo la forma de un modelo social y económico específico como una intervención crítica sobre la realidad inmediata y el contexto en que ésta se inscribe.  En este sentido, vale la pena recordar la distinción que lleva a cabo el crítico Lyman Tower Sargent respecto a lo que denomina las “tres caras del utopismo”.  Según Tower Sargent éstas tres se componen de: 1) pensamiento utópico, 2) comunidades utópicas y 3) literatura utópica.  Como en el caso de Flora Tristán, es posible definir pensamiento utópico como aquel que concibe a la utopía más como una preocupación por las fuerzas sociales que por los aspectos literarios.  El mismo Fernando Aínsa va a hablar de “imaginario subversivo” al referirse a una forma de espíritu que se manifiesta en discursividades de diversa índole, más allá del formato narrativo y/o ficcional.  Y es este ímpetu utópico, podemos sugerir, el que hila justamente la urdimbre o tejido de los artículos aquí compilados.
El hilo rojo se abre con un análisis comparativo de dos fotografías que evocan dos ciudades diferentes, y con esto, dos momentos históricos determinados.  De los piqueteros en Argentina a un grupo de anarquistas judíos oriundos de Europa del Este, fundadores de una comunidad cooperativa en el Chaco, estas fotografías plantean continuidades pero también interrupciones.  La intención de estas fotografías, como señalan los compiladores, es la de “mapear” los “contornos de esos experimentos comunitarios de América latina”.  Es decir, establecer una genealogía de los imaginarios subversivos que, bajo diversas formas, han permeado y condicionado parte de la identidad latinoamericana. 
Mientras la primera parte del libro explora aquellos proyectos literarios y artísticos imaginados tanto por los anarquistas como por las vanguardias (es el caso de la obra de Pierre Quiroule y el estridentismo), las secciones siguientes revelan de manera rigurosa y sistemática la presencia de proyectos utópicos múltiples en el territorio latinoamericano.  Se trata de proyectos comunitarios disímiles, como lo demuestran las prácticas religiosas en la provincia de Rosario, en el artículo de Verónica López Tessore, la fundación de comunidades espirituales y pacifistas como sugiere Yaacov Oved en su artículo sobre la Sociedad de Hermanos en Paraguay, o de experiencias permanentes y sustentables en el territorio patagónico según la propuesta de Ernesto Bohoslavsky respecto a la inmigración galesa.
En esta misma línea se inscriben los artículos de Marisa González de Oleaga sobre las comunidades menonitas en Paraguay y, de manera retrospectiva, el ensayo de Carlos Illades sobre las utopías sociales La Reunión y La logia en América del Norte, a mediados del siglo XIX.  Asimismo, hay que mencionar el trabajo de Daniel Baratti y Patricia Candolfi sobre la colonia Guillermo Tell en Puerto Bertoni, Paraguay, donde el mismo término utópico aparece cuestionado.
Muchas veces, al descubrir estas prácticas utópicas comunitarias nos encontramos con sorpresa que, a pesar de su fervor inicial, se trata de proyectos que han tristemente concluido.  Este final que obedece a razones de diversas índole revelan su carácter temporario y por lo tanto irregular.  Sin embargo, como bien señala González de Oleaga en su “coda” final, estos experimentos comunitarios, gestionados en general al margen del Estado y/o del mercado, funcionan como un modelo para aquellos “sectores sociales que intentan encontrar caminos transitables” dentro del panorama sociopolítico y económico actual.  Lo utópico, entonces, no debe circunscribirse a un enjuiciamiento o prejuicio respecto a su carácter idealista que, muchas veces, es utilizado erradamente como sinónimo de ausencia de pragmatismo y que, por lo tanto, ha perdido su conexión con la realidad.   Por el contrario, siguiendo el modelo del filósofo del humanismo marxista y del utopismo revolucionario, Ernst Bloch, lo utópico puede encontrarse a nuestro alrededor, tanto en las claves de un mundo anterior, perdido, que puede anticipar el futuro, como en las formaciones estéticas que nos “iluminan” sobre aquello que falta y todavía puede devenir o llegar a ser, aquellas que inspiran esperanza en el público o lectores y proveen del ímpetu necesario para un cambio colectivo e individual.
Si, como ha señalado Kenneth Roemer, una utopía literaria puede definirse como una descripción detallada de una comunidad, sociedad o mundo imaginario, una “ficción” que incentiva a los lectores a experimentar –a través de aquella– una cultura que representa una alternativa reglamentaria y normativa respecto a la propia y presente, la materialidad de estas comunidades revela que esa alternativa es asequible.  Sus finales, de este modo, no deben leerse como una imposibilidad sino como las contingencias permanentes a las que están sometidas los sujetos sociales que la habitan, moldean e imaginan.  De sus experiencias debemos extraer los fundamentos para reevaluar sus pilares y rehacer o “reconstruir”, utilizando el término que Aínsa ha propuesto en su libro ya clásico La reconstrucción de la utopía, un proyecto de mejoramiento social para erradicar el prefijo –u del término “tópico” y hacer de la utopía un topos real, una eutopía o lugar feliz.

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