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jueves, 10 de febrero de 2011

“Para una literatura no principesca”, por Jimena Néspolo

El sueño de la reina anchoa, de Jin Joo Chun. Ilustrado por Yang Hye-won. Buenos Aires, Unaluna, 2010. Traducción de Jeannine Emery.

Princesas, dragones y otras ensaladas, de Marie Vaudescal. Ilustraciones de Magali Le Huche. Buenos Aires, AH Pípala, 2010. Traducción de Mariano García.

La princesa y el titiritero, de Alejandra Karageorgiu. Pilar, Editorial Küyen, 2009.
  
Lo fascinante de la llamada “literatura infantil” –si por credo aceptáramos que existe– es que evidencia los mecanismos de identificación, mediación y compensación simbólica sobre los que se asienta, de manera mucho más sutil, la “literatura” –a secas. Ejemplarmente, el relato infantil exterioriza esa tensión entre el deber, el placer y la norma que atraviesa todo texto literario; si bien nació del impulso romántico, recolector del acervo folclórico de los pueblos, supo (re)inventar su existencia junto a aquellas masas lectoras que la modernidad, y sus diversas prácticas disciplinares (escolares, familiares, judiciales, etc.), traía.
Veamos, por ejemplo, el libro El sueño de la reina anchoa, de Jin Joo Chun. El texto está basado en un cuento tradicional coreano que relata una historia tan sencilla como sugerente: hay una reina anchoa que sueña, hay un mensajero encargado de traer al pez gobio famoso en interpretar sueños, hay una interpretación fascinante que es funcional a los sueños megalómanos de la reina, pero en medio de la sarasa interpretativa irrumpe el pez plano, injustamente olvidado, que en vez de grandeza le anuncia que tal sueño augura su futura muerte. Entonces la reina anchoa enfurece y lo abofetea, y con ese acto define cada uno de los rasgos de los peces que la secundan: los ojos del pez plano se desplazan hacia los lados mientras que los del gobio saltan hacia afuera sorprendidos, el bagre se ríe tanto que su boca se estira como un tajo y por temor a que le pase lo mismo, el pez mora de manteca frunce la propia –y así queda. 
Hacia el final del libro, el adaptador suma un par de apartados: “Las criaturas marinas” y “Una guía para padres”. Mientras que en el primero traza líneas de reflexión sobre los rasgos de las criaturas marinas (es decir: evidencia el “saber” que el volumen estaría ofreciendo); el segundo no tiene más razón evidente que la de suponer una doble minusvalía: del apartado explicativo se infiere no sólo que el niño es incapaz de comprender solo el relato –que es rico en matices– sino que los padres que lo acompañan en la lectura también lo son. Al encorsetar las múltiples aristas de reflexión que la versión tradicional del relato ofrece, el texto bellamente ilustrado con las acuarelas de Yang Hye-won apuesta de lleno a satisfacer una necesidad que el mercado de hoy supone (“cómo ser padres hoy”) y evidencia a su vez los valores culturales que la sociedad coreana privilegia. El modo en que el autor teledirige la moraleja, invocando ante todo la necesidad de que el pequeño controle y domine sus emociones aun cuando se encuentre frente a una injusticia, fricciona con el ideario de la educación occidental, extrañando incluso los recursos pedagógicos a los que tan comúnmente recurren los cultores del género.
Pero apuntemos otro detalle significativo de este volumen y de tantos otros relatos tradicionales: la tendencia a erigir en protagonistas de la historia a los seres más pequeños, desvalidos o monstruosos del “ecosistema” societario. En este caso la reina es una anchoa, pero ya sabemos que un guisante puede hacer milagros, que Pulgarcito medía incluso menos que una pulgada, que todo príncipe primero ha de ser sapo, y que si bien existía el mayorazgo era el menor de los hermanos/as quien siempre se llevaba el botín. El relato folclórico-maravilloso (ya sean los cuentos recolectados por los hermanos Grimm o por el cuyano Juan Draghi Lucero) suele manifestar en un solo movimiento el modo en que una sociedad compensa simbólicamente sus fisuras y, a su vez, los bordes sinuosos del sueño de futuro que entrega como testigo a su descendencia.
Así, frente a la rigidez azul que curiosamente aún existe en algunas sociedades con regímenes monárquicos, las “historias de princesas” –con la apertura feliz al mundo de las plebeyas– se presentan como la contra cara edificante del relato tremebundo que hoy ofrece la historiografía de Género. 
Sobre ese bagaje cultural, bastante explotado en los últimos años, es que deben leerse los libros de la francesa Marie Vaudescal y de la argentina Alejandra Karageorgiu.
Ya desde las cuidadas ilustraciones de Magali Le Huche, Princesas, dragones y otras ensaladas deja claro que el mundo principesco de Vaudescal se posiciona en las antípodas de la estética barbie: a lo largo de sus páginas asistimos a las peripecias cotidianas de una princesita déspota adicta a los caramelos de jengibre, mimada por sus padres hasta la soberana tontera, que un día escoltada por una dama de compañía y tres asistentes abandona el palacio en busca del dragón que debía raptarla. Frente al happy end de la pareja modélica del cuento clásico, esta princesa de rasgos félidos y cabellos blandos, opta por vivir en las landas, a la intemperie, acompañada por un pequeño gnomo.  
En la misma línea –pero complejizando aún más la apuesta–, la princesa de Alejandra Karageorgiu no sólo abandona definitivamente el castillo en busca de espacios abiertos sino que incluso cambia roles con un titiritero que fatiga los caminos, trocando su cama y privilegios monárquicos por el control del carromato y los hilos de los muñecos. La princesa y el titiritero, escrito e ilustrado por la autora (que además forma parte de la cooperativa pilarense que ha editado el libro), logra con trazos sobrios y seguros, con su feminidad acorazada, contar una historia que condense ese imposible que el relato folclórico-infantil tienta: un cuento que siendo siempre el mismo, sea siempre nuevo. 

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