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lunes, 27 de junio de 2011

"Natural o extravagante", por Natalia Gelós

Viajera crónica, de Hebe Uhart. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2011, 319 págs.


“Soy medio turista, medio notera y medio perro de la calle”, así se define Hebe Uhart en un pasaje de su crónica sobre Montevideo, en un texto que se impregna de una mirada tan Uhart, una mirada impávida y, al mismo tiempo, una mirada de niña asombrada pero lejana a toda ingenuidad. Así como quien camina porque sí, sin los ajustes del tiempo, la escritora se deja llevar por un trayecto antojadizo. Recorre pueblos, ciudades pequeñas y capitales latinoamericanas. Y también viaja por Italia. Se despliega entonces un desfile universal: bares mustios con parroquianos enquistados en la barra, alguna librería, algún localucho. Se trata de una veintena de viajes que la llevan de aquí para allá, al centro manso de pueblitos olvidados, o, por ejemplo, al alma de ese monstruo ardiente que es Río de Janeiro. Es que Viajera crónica es como formar fila detrás de Uhart para dejarse llevar por su voz, por sus descripciones, por su voraz obsesión por analizar las palabras y los caprichos de quienes las usan, a través de carteles, de dichos populares, de apodos.
En el registro de esos viajes, hay constantes: el análisis sociohistórico, la crónica de la palabra y sus distintos usos, la descripción de paisajes lejanos a toda postal que pueda encontrarse en una estación de servicio. Su estudio de historias y teorías sociológicas locales es también una forma de viaje: en cada lugar, Uhart busca libros de autores “autóctonos” y reconstruye historia y sociología de cada geografía. Guerras, enfrentamientos, rebeldías. No sólo eso. También, como se busca al más viejo de la tribu porque detenta la sabiduría, así va ella preguntando por el más viejo del pueblo, porque sabe que allí tiene la explicación más simple de la historia de un lugar.
La crónica de la palabra es contundente: recolecta dichos, posa la vista en los carteles, en los nombres de bares, en las formas cotidianas del habla, en los periódicos locales. La guía de oro de Uhart es el libro de refranes de cada lugar. Con ella construye una geografía vivaz de la gramática y sus variantes.
Y las palabras son importantes porque en este libro, por sobre todo, son palabras que están vivas. Quizá porque, sobre todo, estas crónicas son sobre personas y sus modos de funcionar y fusionarse en el mundo que habitan. Por eso, Uhart va a Córdoba y describe el mítico humor cordobés, la convivencia del guaraní con el castellano en Formosa, o estudia a los cariocas que “para afrontar la fuerza de ese mar, de esos cerros, de esa belleza, para afirmarse, hablan en tono rotundo, indubitable, nombrar es inaugurar”. Nombrar es inaugurar. Nombrar es, en cierto sentido, nombrarnos.
Medio turista, va a hacia lugares obligatorios en cualquier guía básica de turismo de manual: Rosario, El Bolsón, Montevideo, Quito. Pero, claro, con eso pinta un paisaje nuevo, bañado todo por su impronta sin que ella se ubique en protagonista estrella. Medio notera: Usa entrevistas, describe, consulta archivo, recurre a fuentes documentales, a fuentes personales, y brinda datos, información, Uhart hace periodismo bien hecho. Medio perro de la calle: sobre todo, perro cimarrón que se pasea por las calles de los pueblos, sin buscar otra cosa que la sorpresa por lo que espera a la vuelta de la esquina. Porque esta mujer hace del porque sí un destino y entonces va a Tapalqué porque alguien le dijo que ésa era tierra de refranes, viaja a Santa Rosa, un pueblito uruguayo, sólo porque cumplió ciento veinte años y tiene tres mil quinientos habitantes. Sabe cómo moverse. Y se pone de manifiesto su pulso ambidiestro: lo urbano y lo rural, aunque, ella misma lo confiesa, en este segundo ámbito es en el que se siente más cómoda: “Los pueblos chicos son abarcables, me parecen literarios y además van con mi personalidad”. La descripción de lugares y situaciones es un deleite. Por ejemplo, cuando hace una simple y efectiva pintura de un hotel montevideano: “El ascensor del hotel que me lleva al primer piso, a la recepción, es un aparato sólido hecho para durar. Más que jaula parece un navío que se estaciona con un corto quejido. Hace seis años que no voy a Montevideo y ese hotel está exactamente igual, con sus paredes en amarillo suave, gris perla y rojo oscuro de unas alfombras que han vivido lo suyo.”
Todo es natural desde la mirada de Uhart. A la vez, todo es extravagante. Un juego de dualidades que permite disfrutar de los lugares más inesperados y de los detalles que más hablan, esos que pasan inadvertidos para quien busca la grandilocuencia, pero no para alguien como ella, experta en trabajar en el gesto pequeño, en el hablar quedo, y construir con eso tensión, intriga, literatura en este caso en forma de crónica viajera.

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