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domingo, 15 de enero de 2012

"Recuerdos del presente", por J.S. de Montfort

Un poco de azul en el paisaje, de Pierre Bergounioux. Barcelona, Minúscula, 2011, 92 páginas.

Un poco de azul en el paisaje es el cuarto libro del escritor francés Pierre Bergounioux (Brive-la-Gaillarde, 1949) que se ha publicado en castellano en los últimos dos años. En este caso nos encontramos ante la reunión en una miscelánea de textos breves (ocho relatos en torno a la docena de páginas cada uno de ellos). La agrupación feliz de los textos no procede tanto de sus temas, los cuales es cierto que concuerdan con el resto de la producción del francés (la infancia, el abandono de las zonas agrarias francesas y así sus sociedades, el exilio como forma de construir la individualidad, los libros, etc.) como de la pulsión que los arrastra, y que se asemeja bastante a la del dietarista. Así los textos son menos metonímicos, más de memorialista. Esto es perceptible en la concreción de los datos referidos a la infancia del autor (presentados de manera menos elusiva que en otros textos) y en la negativa a la (auto)ficción en favor del recuerdo más o menos literal y fidedigno, la ambigua nostalgia, el monólogo en voz alta. También coadyuva a la sensación de conjunto el espacio que comparten todos los textos y que se corresponde con aquel de la niñez de Bergounioux, un mundo que “mostraba una forma irregular, muy estrecha, digitada”: La Corrèze, en el Lemosín. Y un leit-motiv, (algo ambivalente, habría que decir), el de que “hay un privilegio del origen, un sortilegio, también”, y que en el caso de Bergounioux le hizo “el alma estrecha y sometida”, obligándole a la “renuncia y a la desesperanza”; al estatismo, pues. Sépase que lo dicho no niega que Bergounioux no recurra a la mezcla de voces como estrategia discursiva (primera persona del singular entreverada con la primera del plural) en un intento de conformar una memoria colectiva y que sirva así para vincular su historia personal con la de esa necrópolis que es el universo agrario “cerrado, milenario”, “el lugar claramente circunscrito en [el] que el azar nos había situado”.
La clave está en el movimiento, lo que Bergounioux llama “hambre de piedras” (y que es lo que le impele a volver al Lemosín, después de décadas viviendo en París): el vértigo de la mirada que, de niño, desposeía al paisaje de su mutismo (su cárcel impune) ahora, haciendo presente el futuro, es poseída por el paisaje (futuro que aquí se entiende como un modo particular del pasado, en cuanto que es un retorno al origen de la naturaleza salvaje: un (re)examinar las suposiciones, expectativas y temores de la infancia). La vida vivida así doblemente: primero con la biografía y, más tarde (ahora), a través de la literatura. Bergounioux, de este modo, dispone las palabras “escritas en la superficie de las cosas […] debajo del polvo, del musgo, de las telas de araña”. Y así, “recorre apaciblemente los capítulos de su vida”. Digamos que, con ello, hace novela no de su vida, sino de lo que de su vida se incrustó en el paisaje del Lemosín, en esa sustancia “extensa, tangible” que es la tierra madre. Los libros, dice Bergounioux, sugieren sin jamás certificar, pero el lenguaje “inmediato, mudo, irrecusable de las cosas” confirma lo que uno (pre)siente en el papel del libro: “el retorno del origen”. En este libro se produce justo ese mágico momento en el que lo pensado y lo escrito hallan constatación de que se ha producido la interiorización del “exterior y sus extravagancias” y, así, se nos muestra el paisaje de La Corrèze como espejo del alma de Bergounioux. Con ello, de una lado se demuestra que “lo sensible es inteligible” y que “la esencia y el fenómeno se confunden” y, de otro lado, que “la realidad es doble. Está compuesta de las cosas y de la idea que de ellas nos hacemos”. En definitiva, que “ver es saber”. Y que la capacidad de imaginar y de pensar logran emanciparnos de esa parte de nosotros mismos reclusa por el peso de la realidad inopinable de nuestro pasado (que acaba siendo nuestro futuro).
El azul del paisaje del título se corresponde con el último relato y se refiere específicamente al personaje de éste, un “segundón”, de “figura conmovedora”, un arquetipo que Bergounioux conoció en las novelas tardías de Faulkner, pero que tiene su correlato real en un individuo del pueblo de la infancia de Bergounioux. Se trata de un habitante predestinado a “la vida intermedia”, que lleva una “existencia incierta y poco visible”. Y el azul es el de su “ciclomotor antediluviano”, pero también el de la caja de frutas que lleva sujeta en la parte trasera de éste y que “ha pintado del mismo azul exacto”. E igualmente el azul del cielo inmenso con sus “fastos del aire libre”, mentado en diferentes ocasiones durante el libro y que sirve de remedio para las tristezas de la vida y es “nuestra morada en la creación”. Tal azul serviría de nexo y elemento simbólico de todos los textos, significando la triste medianía de la sociedad agraria, la cárcel sentimental de un paisaje con un aire gastado, que se repliega asfixiante y se cierra sobre sí mismo y esa caja de frutas que para Bergounioux fue la esperanza de los libros. La inmensidad de un azul que (re)juvenece el alma medio-citadina ya de Bergounioux, dejando que el tiempo, igual que en su infancia, ya no sea medible ni se cuente, permitiendo que las cosas vayan solas y que así, hagan temblar el suelo de la existencia, demostrando cómo “la vida, la verdadera, empieza después de haber satisfecho las reclamaciones de la necesidad”.
Por último, ha de saber el lector que los textos aquí contenidos producen resonancias con otros textos del autor; es el caso, por ejemplo, de “La voz del bosque”, donde reverberan los ecos de Una habitación en Holanda (Minúscula, 2011), o acaso en “El traction”, una “aventura motorizada a los 16 años” que podría ser réplica o continuación de “Puntos Cardinales” (incluido en La Huella, Días Contados, 2010). No obstante, todos los textos contenidos en Un poco de azul en el paisaje son autosuficientes, salvajemente orgánicos y vivos, igual que el paisaje que (re)tratan.

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