"La escanción como dispositivo proliferante", por Silvana López

 El otro Joyce, de Roberto Ferro. Lanús, Colección La orilla parda - Liber Editores, 2011, 269 págs.


Las ficciones narran una experiencia, narran un viaje o narran un crimen. En la de Jorge Cáceres, el narrador-protagonista de El otro Joyce, se entrelazan todos esos posibles relatos; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones o el repliegue dilatorio del porvenir o el parcelamiento de la temporalidad de un devenir fingido.
La novela transcurre entre Buenos Aires y la Toscana, en un período posterior a la era menemista. El protagonista busca por encargo un ejemplar del Finnegans Wake de James Joyce con notas manuscritas de Borges pero encuentra otro original, My testimony de William Joyce, un activista político y locutor de radio, hijo de un rico comerciante irlandés, condenado a muerte por traidor al gobierno británico durante la Segunda Guerra Mundial. Simultáneamente, Cáceres es contratado por un prestigioso estudio de abogados para seguir a un importante empresario, Marcos Almeida, dueño de un holding de dudoso estado financiero, hasta Florencia, con el objetivo de tomarle una serie de fotografías que prueben su infidelidad.
Debido al trascurso de las circunstancias y siguiendo, entre otras, las indicaciones de Dick Tracy, Cáceres se convierte en un detective aficionado en el entramado de una compleja red de configuraciones genéricas en la que el policial es la excusa para la narración o la trama que permite el encuentro, perturbador, entre el relato y el metarrelato, el uso paródico de la escritura y los textos, la crítica y la teoría literaria junto a las obsesiones y formas de la autobiografía. Con un ojo estrábico, “que le permite abarcar la totalidad de la escena”, el personaje, un consumado perdedor devenido buscador de libros y personas para poder subsistir, construye un artificio que da cuenta de una biblioteca en la que no faltan ni los laberintos ni los espejos que duplican las apariencias.
Como todo hombre de esa biblioteca, Cáceres va en busca de un libro y encuentra otro. Es perseguidor y perseguido. Lo involucran en una farsa y arma otra. Mientras se viste y se desviste, escribe y es escrito; encuentra, traduce y narra acerca de un traidor, diferente a Kilpatrick, el otro irlandés, y el mismo es un traidor, un impostor, un contrabandista, que llena su relato de alusiones y desplazamientos convirtiendo el texto en una biblioteca interminable. “Somos todos agentes dobles”, ha afirmado Paolo Fabbri y así se comportan tanto Jorge Cáceres como Roberto Ferro, a su vez, creadores de dobles, autorías apócrifas y heterónimas, que juegan, todos juntos, a la verdad verdadera o a la falsa verdad en las maquinaciones de la conspiración, el engaño, el secreto y las traiciones.
Las alusiones a la literatura de Jorge L. Borges, las figuraciones de Juan Carlos Onetti, las maniobras de Rodolfo Walsh, la poética de James Joyce, entre otros intertextos, y las reflexiones sobre el género policial,  la épica, la traducción, la distinción entre original y copia, por una parte, la captura de una calle porteña o un pasaje florentino así como la demora en la letra al narrar un estado de ánimo, una postura, una presencia, por otra, se tensan en la novela en una erótica de la escritura plasmada en palabras minuciosamente elegidas para dar cuenta de las sinuosidades y vacilaciones del relato y/o cómo la escritura convierte las vicisitudes de la vida de los personajes en una trama de múltiples encastres aparentes.
Aferrado a una lógica inefable, El otro Joyce se inscribe en el desvío, en el contra-bando, contra-la unidad de sentido y el confort de regocijarse en lo unívoco. Desestabilizar, escandir, parcelar, cada uno de las instancias narrativas y al mismo tiempo, novelizar y tematizar los motivos y procedimientos constructivos, se convierten en la interestancia en la que se trama el texto. De ese modo, Roberto Ferro o Erbóreo R.  Frot o Miguel Vieytes o Jorge Cáceres, a veces también, Adelma Badoglio, mortifican el policial  encriptándolo en una retórica del secreto que lo hace estallar en una multiplicidad de galerías hexagonales.


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