“Et in arcadia, ego”, por Leticia Moneta


Distancia de rescate, de Samantha Schweblin. Buenos Aires, Random House, 2014, 124 páginas.

           
La novela de Samanta Schweblin, Distancia de rescate, es quizás perfecta. Schweblin tiene un reconocido arte a la hora de narrar (obtuvo los premios Haroldo Conti, Fondo Nacional de las Artes, Casa de las Américas, Juan Rulfo) y esto puede comprobarse tanto en sus cuentos cortos (como los que componen el volumen Pájaros en la boca) como en el implacable deseo de seguir adelante página tras página en Distancia de rescate, en parte debido a una atmósfera de terror latente que se percibe agazapada a lo largo de la novela. Schweblin logra construir con delicadeza de picaflor los vínculos y sentimientos humanos: el de madre e hija, el de amigas, en este relato en el que las mujeres se apropian de la escena. Nunca cae en lo obvio, no pretende dar fórmulas, explicar aquello inexplicable. El peso narrativo, sin embargo, no está puesto en lo vincular, sino en eventos concretos que organizan una trama impecable.
Amanda se va de vacaciones al campo, a apenas cuatro horas de la ciudad, con su hija Nina. Su vecina, Carla, se hace amiga de ella y le cuenta las penas que sufre a causa de su hijo David. El campo parecería ser aquel espacio utópico de antaño, pero la muerte empieza a rondar y la protagonista explica insistentemente que “Tarde o temprano algo malo va a suceder” (44) y que por eso es necesario tener a su hija siempre a una cierta 'distancia de rescate' para evitar una posible tragedia. Como si eso fuera posible.
La novela insiste con dos elementos que se entrelazan y convergen. Por un lado la insistencia de David con evitar aquello que hace ruido y obstaculiza, “Eso no es importante”, dice una y otra vez, y tratar de dar con aquello que sí lo es y que escapará una y otra vez a la atención de los adultos. Por otro lado y complementándose con lo anterior, encontramos la tendencia a la lectura equivocada y al consecuente prejuicio. Así vemos a Carla malinterpretar la causa de la enfermedad de David, su comportamiento posterior, el malestar de Amanda y Nina, etc.
Y en consonancia con  estas lecturas equivocadas, encontramos que la novela también invita a la lectura precipitada y equivocada. En un principio hace sospechar un género no realista (¿es ciencia ficción? ¿es fantástico? ¿qué hacemos con ese elemento siniestro que nos persigue a lo largo de la obra?) o bien que el personaje está loco o alucinando. Pero nada de lo que suponemos es lo que sucede, así como el campo tampoco es ese espacio natural y sano que creemos. La historia fluye sencilla, con personajes que salen del libro sin necesidad de descripciones, y una atmósfera opresiva y cotidiana, apegándose al realismo más transparente.
Se solapa con esta mirada incisiva, realista y actual, el universo de la curandería o el espiritismo y la transmigración de almas, sin caer en lugares comunes ni opinar sobre el mismo. Schweblin incorpora este aspecto como tema, pero también es lo que habilita la perspectiva alucinada del punto de vista narrativo. Más cercana a Rulfo en esto que al fantástico de Cortázar o Borges, Schweblin elige ese otro lado del campo donde la pobreza, la precariedad y la superstición le abren la puerta a esas voces suspendidas en el umbral de la muerte. 
La estructura de la novela habilitaría con suma facilidad la puesta en escena de la misma. Se trata de un diálogo entre dos personas, como vamos descubriendo a medida que avanzamos con la lectura, pero que se desarrolla de un modo en algo indefinido, con cierta incertidumbre temporal y un modo de ir y venir en el relato que es similar a lo que sucedía en el film Memento (2000).
A esto debemos sumar que la sutileza de Schweblin le permite meterse con temas densos y de compromiso político sin ser densa ni polemizar. Simplemente muestra lo que es. Y en eso el relato gana altura, toca las estrellas y vuelve a traernos a esa tierra nuestra contaminada por pesticidas y poblada de víctimas de estas nuevas y venenosas formas de producción. Como rezaba la frase latina con la que Nicolas Poussin (1594–1665) tituló dos de sus cuadros pastorales, la muerte dice presente aun en la aparente paz del entorno rural: en el agua, en el aire y en los inmensos campos de soja del paraje campestre que Schweblin construye con siniestra precisión.


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