“Historias cruzadas”, por Felipe Benegas Lynch

Que paja ir al centro, de Martín Wilson. San Isidro, notanpüan, 2014, 260 págs.

La novela de Wilson se cuenta en caracteres: en el sentido inglés de character, pues el relato se organiza principalmente en fragmentos titulados según el nombre de los distintos personajes (Lucía, Willy, Pita, Chino, Vega, Carola, Carlitos, Diego, etc), pero también en el sentido de signo de escritura o de imprenta, como los caracteres contabilizados de Twitter. Esa es su moneda de cambio. La lengua aparece atravesada por un valor de mercado, atomizada en esa unidad que atraviesa fronteras lingüísticas, cuerpos, plataformas y formatos textuales. Estamos en el mundo de la producción televisiva y la publicidad. Willy se jacta de generar proyectos “Budget Cero”, explayando sus ideas en más o menos de tres mil caracteres. Lo suyo es “fragmentar las estructuras” (212), “contar historias, cuentos fragmentados, desordenados, enquilombados” (249). Pero fragmentos y caracteres están enhebrados por una pertenencia de clase que no deja de marcar el discurso y se aferra a los guiños locales: la Avenida del Libertador es su aleph, y por allí pasan los nombres de colegios privados, clubes, apellidos y la genealogía familiar, que se remonta de norte a sur. Así se puede leer en las memorias de guerra del abuelo Willie en la entrada del 26 de agosto del ´44:

Cuando me fui no había nada en San Isidro. Los Morgan, los Gainza y los Leech tenían fincas, unas chacritas para el fin de semana. Estaba la quinta Pueyrredón, que era linda. La casa de los Ocampo, familia azucarera creo, al igual que Chucky Leech.
Pero la mosca, la de verdad, estaba en el sur. Los ingleses estábamos en Lomas, en Quilmes, en Adrogué, en Temperley. Yo era hincha de Tempali, así lo pronunciábamos los inglesitos. Extrañaba el centro y la estación de Temperley.

La plata y las familias adineradas migran de sur a norte. La historia de Willie, piloto de la Royal Air Force en la Segunda Guerra Mundial, se va alternando con la de su nieto Willy. De los castillos de Inglaterra se pasa al castillo de Alvear, en Martínez; una catedral en Vermontier “parecía nueva entre tanto escombro, como la de San Isidro” (133). Todo a lo largo de esta sucesión de fragmentos, cartas, e-mails y memorias de la guerra el discurso deja en evidencia las marcas de pertenencia: hasta después de muerto Willy parece imponer la impronta estilística de su clase, que se deja ver en las vacilaciones del policía:

Murió con la boca cerrada y los ojos bien abiertos. Los labios estaban manchados de sangre. Un policía anotó en el expediente que parecía un payaso con los labios rojos. Había escrito colorado pero lo borró con liquid paper y escribió la palabra rojo en su lugar. (186)

Este tipo de banalidades se alternan con el drama de la guerra. El abuelo cae prisionero de los alemanes y padece cautiverio itinerante en territorio francés.
En tiempos de 140 caracteres Wilson se las ingenia para desquiciar la contabilidad y llevar adelante estas historias diversas que no son tan diversas. A fuerza de encerrarse en su territorio –el título marca ese límite– Wilson logra lo que se proponía Willy: escribir la historia de un tipo “que vive en un barrio cerrado y es feliz”.

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