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lunes, 16 de marzo de 2015

“Bajo el ámbar de las hormonas”, por Jimena Néspolo


Pendiente, de Mariana Dimópulos. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2013, 145 págs.


Hay tres cadencias que la tercera novela de Mariana Dimópulos trabaja desde su mismo título, a través de una narración instalada sobre una persistente primera persona que se obstina psicológica y gramaticalmente en desquiciar. En lo formal, está construida con fragmentos que intercalan temporalidades distintas pero que giran en torno a esa inaugural jornada a solas de una madre con su hijo recién nacido, luego de un largo período de internación. 
“Quiero que nos digamos cosas inútiles sobre el principio de nuestra relación, porque somos algo bueno y porque algún día nos vamos a acabar. Me pican las orejas y las muñecas, deben estar creciéndome aros y pulseras.” (61)
El esfuerzo inicial de “Pendiente”, en tanto adorno femenino, es el de intentar desarticular los discursos sociales que se asimilan a la feminidad a través de un personaje narrador que siendo mujer no se reconoce como tal (cfr. págs. 13; 75; 120). Ese esfuerzo, que en las primeras páginas parece afincarse en una distinción intelectual con sesgo aristocratizante, que deja colar palabras en ruso, espeta un “tengo la sospecha de que no somos iguales a todos los amantes que comparten mesas en el planeta” (15) o anuncia complejas elucubraciones matemáticas que luego, al finalizar el texto, resultarán meros códigos cifrados del juego de la lotería, avanza a lo largo de la trama en el intento de desnaturalizar los clichés que el sentido común suele relacionar a la mujer. Así, mientras que los personajes masculinos desaparecen en las coartadas del silencio (Iván porque habla otra lengua, Pedro porque posa de “pensante” y se “maquilla con sentencias ajenas” [132] y el primo, quizá porque siendo parte de la intimidad de la sangre, se desdibuja en círculos económicos y familiares), la narración deja expandir en diálogos de locuaz excentricidad a las amigas de la protagonista para abordar aquellas preocupaciones que supuestamente deberían importarles (seducción, hombres, hijos –aunque no crisis postparto).
“Se quedó sentada y me habló de lo que hablan las mujeres bajo el ámbar de las hormonas, que es amarillo; pero apenas si hacía romanticismo, lidiaba con todo aquello como en esgrimas, sospechando, tambaleándose entre la felicidad y lo otro” (41): Es frente a ese mar de hormonas donde la protagonista se planta como  extranjera. “Pendiente” despliega, entonces, toda una sentimentalidad que el personaje identifica como ausente en sí misma y que a lo largo de la historia acecha hasta su aparición. Una sentimentalidad asociada culturalmente al mundo de la mujer y que el personaje afirma en su negación. La novela se asienta sobre un sujeto que crece en la apatía, desprovisto de toda pasión y de la capacidad de amar, que se extraña en la percepción abúlica del mundo y que logra –a veces muy felizmente– astillar con su extrañamiento la gramaticalidad de la frase. La presencia del hijo y la ausencia de sentimientos que este le provoca fricciona, por tanto, con el esfuerzo final dispuesto en y para aniquilarlo y con la sencilla explicación expuesta. Algo de sadismo irresuelto que el texto insinúa sin llegar a definir. 
Porque “Pendiente” es, además, el crimen en cuya inminencia el texto delicadamente avanza y que acaso no debiera o pudiera concretar, puesto que el filicidio perfecto –como en el sacrificio de Abraham– acontece con la demostración de un poder y con su suspensión, con esa “pendiente” que se desbarranca apenas el hijo se sabe ya muerto cuándo y cómo lo disponga el gran Yahveh del Antiguo Testamento que martirizaba a los mortales sólo para ponerlos a prueba. Por eso Kierkegaard, que al final del absurdo abrazó la fe, prefería la muerte a los cíclicos juegos del “temor y del temblor”.  La novela, que alude al episodio bíblico desde su mismo epígrafe a través de las palabras del filósofo y del nombre dado al hijo –“Yo hubiera echado a perder toda la historia. Si Dios me hubiese devuelto a Isaac, esto me habría confundido. Para Abraham fue lo más fácil, para mí sería lo más difícil: alegrarse por tener de vuelta a Isaac”, dice Kierkegaard–, opta en cambio por evadir cualquier reflexión religiosa y termina devolviéndole el poder a los hombres y al crimen, una explicación banal o mundana: “Y hablaban del miembro, del falo, del pito, y decían que la desgracia de las mujeres era que fuese objeto tan sensible, tan sincero, que sólo atendiese al deseo y no la voluntad de su dueño. Y decían falo como otros dicen fiesta o dicen fábula. ¡Es un falo! ¡Es por el falo! ¡Si no fuera por el falo!” (49).  

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