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lunes, 9 de marzo de 2015

“Salto de programa”, por Adriana Mancini

Viajes. De la Amazonia a las Malvinas, de Beatriz Sarlo. Buenos Aires, Seix Barral, 2014, 267 págs.

 “¿Qué es esto que viene de atrás y me está alcanzando sin que yo lo haya llamado?”, confiesa Beatriz Sarlo que se preguntó cuando recibió sorpresivamente una serie de fotos que la trasladaban a viajes realizados con un grupo de jóvenes compañeros  -entre quienes estaba el fotógrafo que le enviaba en ese momento las imágenes técnicamente actualizadas-. Del paulatino interés por las fotos,  del lento reconocimiento de esa persona lejana que se le aparecía como “un extranjero”, recuerda la autora, surge la idea de escribir Viajes. De la Amazonia a las Malvinas
Las experiencias  que entrega Sarlo en su libro tienen un agregado de interés. Los viajes que  Ernesto “Che” Guevara realizara en 1950 por el país y a partir de 1952 por Latinoamérica motivaron a grupos  de jóvenes aventureros caminantes  que salían con su mochila y preciados e indispensables bolceguíes Marasco&Speziale a enfrentar los misterios de senderos erráticos que los llevaban a poblaciones  originarias, a culturas muy antiguas para este nuevo continente o a ciudades futuristas. En este sentido, Viajes cubre estos destinos. Y aunque “sin entender mucho” lo que veían, por la magnitud de la experiencia, en el presente de la  escritura la autora entrega un recuerdo minucioso de la convivencia  con los jíbaros, las imágenes de San Juan de Oros, el amanecer “frente al Huayna Picchu, solos en la montaña” (27) y también Brasilia y caminatas atravesando zonas inexploradas donde al poco tiempo “operó la guerrilla y fue muerto el Che” (97). Siempre, es claro, con la intención consciente, o por error o ignorancia, de distanciar la experiencia del viaje de turismo y separar su condición de la de un turista.
La escritura sobre viajes tiene una larga tradición en la literatura universal. De Egenia a Pausanias, de Marco Polo a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, de Mariquita Sánchez y Juana Manuela Gorriti a los intelectuales de 1880, de Eduarda Mansilla a Cecilia Grierson o Delfina Bunge. En principio, tiende a  acercar “lo otro” a paradigmas que se estiman propios. Como género es indeciso; forma parte de la autobiografía pero también tiene rasgos de  Bildungsroman;  interviene la memoria en su expresión; debe conservar cierta fidelidad con el referente y considerar cierta  literalidad referencial  con la actualidad. Las notas con las que Sarlo compone el último capítulo de su libro o inserta entre sus recuerdos dan al lector una perspectiva actual de las sucesivas instancias que abordan sus relatos; ya sea a partir de su lograda formación intelectual, ya sean opiniones de expertos o fuentes calificadas.
Viajes incluye tres instancias temporales. Tres momentos en la vida de la autora en los que deja su casa para ir hacia algún lado con un determinado objetivo, otro de los requisitos para un viaje. En su infancia, durante las vacaciones de verano, la niña viajaba junto a su familia a un pequeño pueblo de Córdoba, Dean Funes, donde acompañaba en los quehaceres a los hombres de campo. Allí, por primera vez, tuvo noción de “lo extranjero” como  lo distante,  lo no familiar, en la figura de Lajos, un habitante exiliado húngaro que había participado de la Gran Guerra. Y aprende que los viajes “no consisten en una impávida sucesión de placeres y novedades, sino también de sobresaltos” (42).
Los viajes de juventud a Amazonia, Bello Horizonte, Diamantina, Brasilia tenían otro objetivo: “Someterse a la experiencia aurática era el trip (…). Hoy puedo frasearlo. No habría podido entonces. (…) estábamos sometidos  a una metafísica de la presencia, desplazándonos en un espacio con la ilusión de realizar otro viaje, paralelo en la historia de América. Por eso nuestro viaje cumplía una función utópica” (131).
Así,  el extrañamiento constitutivo de los relatos de viajes, en Viajes se encadena potenciándose. “¡Quién era la chica de jeans, bolceguíes y remera roja debajo del anorak también rojo que miró esas imágenes de San Juan de Oros? Imposible reconstruirme. Las imágenes de los santos (… ) me entusiasmaban por razones que no podía explicar. Hoy podría ubicar una familia imaginaria: en cada fraile pintado en la pared, en lugar de ver sólo una religión impuesta, veía lo que después aprendí a llamar mestizaje“ (91).
Años más tarde Sarlo viaja a las Islas Malvinas. Es un viaje que tiene como meta cubrir con su trabajo periodístico el referéndum del que participarían los isleños en marzo de 2013. Los acontecimientos que recoge la escritura en esta ocasión duplican su singularidad: se trata de una experiencia cercana en el tiempo pero que va a la barbarie de una guerra absurda del pasado. La autora lo considera el último viaje importante de su vida y aunque la experiencia es completamente diferente y las notas que la completan parecen querer ajustar cuentas con la historia, sin embargo, señala que este viaje “forma sistema con los viajes de la juventud” (176).  
Hay un concepto que vertebra Viajes, que los aúna a pesar de sus diferencias, y es el de “salto de programa”, una idea que Sarlo propone desde el primer capítulo y reitera como para poner cada vez más en claro la distancia con los viajes programados; o mejor, para resaltar esos momentos que hacen a la singularidad de la existencia; porque la desvían llevándola a lo impredecible. Así, como esas imágenes de una joven de jeans y anorak rojo que irrumpieron en la cotidianidad de la autora y la llevaron a escribir Viajes. De la Amazonia a las Malvinas. 


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