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martes, 13 de junio de 2017

“Contra la inercia y la carencia”, por Jimena Néspolo


Necias y nercias, de Ana Ojeda. Buenos Aires, Modesto rimba, 2017, 148 págs.

¿Qué es una “nercia”? Cualquiera que escuchara el título de este volumen de relatos, sin ver escrita esa palabra, podría entender que estas páginas abundan en “necias inercias”, en un necio dejarse llevar por “la rutina o la desidia” (“Inercia”: 2° acepción de la RAE) o en una necia “propiedad de los cuerpos de mantener su estado de reposo o movimiento si no es por la acción de una fuerza” (“Inercia”: 1° acepción de la RAE). Pero la “inercia”, ya desde el arranque, es sometida a una drástica ablación al reconvertir el fonema “i” en nexo conjuntivo. El volumen, por tanto, al engendrar estas “nercias”, exige ser leído en términos de ablación y de reconversión.
En rigor, hay tres “nercias” que escanden el libro y que están colocadas al final de las tres partes que lo organizan: “Masonería”, “Autoayuda” y “Circo Beat”. Los tres textos, orquestados sobre la parodia y la sátira socio-cultural, intentan generar un quiebre sobre lo dado. “Lo dado” sería aquí la nunca tan bien aguijoneada “NNA” (Nueva Narrativa Argentina), la “Chick Lit” o “literatura de coto” y también –por si fuera poco– el discurso de autoayuda que el capitalismo emocional deja derramar en las copas inanes tal si fueran deseados billetes.
Para hacer honor al arte de tapa y al cuento que abre la serie (“Perseverar”), hay que decir también que Ojeda es una veloz nadadora. Nomina con irreverencia ilustrada a ciclos, eventos o personajes (allí están el “Ciclo Patita de Pollo”, Arlt, Proust, Van Gogh, el Conductor, Amor y la Crítica Literaria), despliega anacolutos e hipérboles a diestra y siniestra, siempre en pos de una economía de la prosa capaz de sacudir la inercia del lenguaje de una sola estocada o de iluminar el equívoco con una sonrisa redentora. Shake it and brake it! –parece clamar el volumen, a tono con el blues de Charley Patton.
Es que estos veinte cuentos recorren los temas de la cotidianidad laboral, el desamor y la rutina de la convivencia, la infancia, el paso del tiempo y las demandas familiares con un humor empático que logra trasformar un prefacio en “prefurcio”, un epílogo en “epilogro”, el grotesco en “grotexto”, el texto en “textículo”, y el culo femenino en “gracioso culo que se derrama sobre el disminuido sillín” (103) de una bicicleta vuelta escritura –como leemos en “Viento en contra”, acaso uno de los cuentos más logrados de la serie, puesto que da un acabado final al tema del ejercicio de la escritura en tanto pedaleo, esbozado ya en el cuento “Cambio de piel” (115).
Hay una expresión que se repite en distintos relatos, y que sin duda se ofrece como otra clave de lectura. Leemos en “Qué remedio”: “Imposible parecía doblegar la porfía médica, siempre dispuesta a una absurda contención de daños. Así siguió, estancada en su porfía, en eterna carencia” (37). Luego, en “Machaca con saña la bota”: “Así siguieron: en eterna carencia, hasta desconocerse por completo, hasta desaprenderse de raíz” (113). Quizá el mayor conjuro de estas necias y nercias se proyecte sobre esa “eterna carencia” que esta sociedad patriarcal nuestra arropa como miserable baluarte femenino: “Qué Eros ni qué sorete, se dijo, comprendiendo que la protagonista de esta historia era ella” (124). 

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