“Polonia: tan lejos, tan cerca” por Jimena Néspolo
En polaco, “peron” significa “andén”. Apenas llegamos a la estación de Varsovia, y empezamos a lidiar con las máquinas expendedoras para conseguir nuestro boleto a Poznan, Alfons Gregori me envía un mensaje haciendo referencia a los “perones” que nos rodean. Sabía que te ibas a sorprender ーdice. No entendemos nada del idioma polaco, pero tenemos “peronismo” por todos lados, como si esta fuera la única vía que habilitase el movimiento.
Varsovia, Poznan, Katowice, Oswiecim, Cracovia… Gracias al moderno y eficiente servicio de trenes, gestionados por el conglomerado estatal PKP Group, recorremos cinco ciudades en siete días y llego a cumplir con los compromisos pautados. Estrictamente, he venido a dictar dos conferencias y a presentar mi última novela. ¿Mucho? ¿Poco? Quién sabe… Aquí o allá toda mesura parece un despropósito.
Polonia se encuentra al final de mi viaje, en una carrera de obstáculos que agiganta las complicaciones apenas logro avanzar un casillero, porque este no es el juego de la oca. Quien tenga pasaporte argentino hoy, más bien, está condenado a jugar a la ruleta rusa. En esta vuelta no salió la bala. ¡Viva la libertad, carajo!
No he venido a Polonia a hablar de política, sin embargo, no dejo de hablar de la politicidad de las formas, en un tiempo en que la literatura de anaquel se ha vuelto tan ramplona que apenas aspira a convertirse en parte de la factoría Netflix. En el tiempo que dura mi viaje, en una ucronía no del todo absurda, nuestra querida Poldy Bird le arrebata el Nobel al escritor húngaro László Krasznahorkai, con el cálido beneplácito de la Academia sin que medie más que un informe. Witoldo derrama lágrimas de cocodrilo al ver a la autora de Cuentos para leer sin rimmel mover el cuculeíto y las botitas de charol frente a las cámaras para declamar consejos geniales, tal como perrear sobre las tumbas de Nick Cave y Bruce Springsteen, abrazar el buen mal o comer tierra y matarse de un atracón. ¡Madonna Santa! No hay paz en los cementerios con tanto aplaudidor de dientes postizos cerca…
Pero decía que he venido a Polonia a hablar de literatura y que, incluso poniéndome técnica o formalista, termino hablando de política. No he descubierto la pólvora, desde luego. Ningún lenguaje es transparente, porque entre significado y significante se impone la barra, que es lo más ideológico del signo.
Como se recordará, Gombrowicz comienza a desplegar su artillería en Argentina cuando se lanza a promocionar su obra, en 1947: fecha puntual que coincide con la aparición de la mítica traducción de Ferdydurke, de la obra teatral El casamiento, y con el dictado de la conferencia “Contra los poetas”, en la vieja librería Fray Mocho. Hay que situarse en la fecha para sopesar la audacia de su diatriba al postular que no hay nada en el texto poético mismo que denote una distintiva singularidad. La poesía, más que un procedimiento o una esencia, es una disposición a percibir algo como poético.
En 2001 Ricardo Piglia recoge el testigo y extrema la idea llevándola al orden dinerario, en su conferencia “Teoría del complot”, pronunciada en la Fundación Start de Buenos Aires: “Para Gombrowicz, la economía poética, digamos, el sistema de valor, el fondo que garantiza la forma, se sostiene sobre una convención, sobre un acuerdo, sobre un saber previo”, explica. Por tanto, el arte que se quiera de vanguardia tendrá que actuar primero sobre las convenciones que determinan qué es lo que merece el detenimiento y qué es lo que no. Esa es la explicación de por qué allí donde el escriba abraza gozoso el género, el arte de vanguardia pone granadas o —para ser más explícitos— convierte a la barra del signo de Saussure en su bastón de mariscal. “La lucha de la vanguardia está dirigida a ganar posiciones y alterar ese saber previo, ese fondo acumulado que decide qué es lo poético y lo literario, y que es el valor. La lucha literaria diría Gombrowicz, se juega ahí. Y la vanguardia se define como una táctica de combate en ese campo, se ocupa antes de ese saber previo que de las obras mismas. Se ocupa de lo que Brecht llamaba los modos de producción de la gloria.” [1] Con los años, las lecturas y las alianzas, el abanico de autores abordados por Piglia habrá de ampliarse; a los iniciales Arlt (Los siete locos), Borges (“Tlön Uqbar Orbis Tertius”, “Tema del traidor y del héroe”, “La lotería en Babilonia”), Macedonio Fernández (Museo de la novela de la Eterna) se sumarán, además del círculo de amigos de Gombrowicz, escritores como Saer, Puig y Walsh. De este modo, propuestas estéticas bastante disímiles serán subsumidas dentro de “las tres vanguardias” [2] puesto que cada una a su modo logra tensionar las relaciones entre literatura, política y cultura de masas en un “arte del complot”. Niech żyje wolność!
En Polonia se respira la guerra en el aire, mientras las multinacionales no hacen más que fabricar la infelicidad y la psicosis colectiva con un terror doméstico de minita dopada. La pregunta es si sólo es posible resistir a este estado de cosas “desertando”, como propone Franco Bifo Berardi [3], o si es posible encontrar una vía propositiva, por no decir “voluntarista”, dentro de las prácticas artísticas, culturales, comunitarias. Pensar a la literatura como un laboratorio social que los géneros exhiben supone ante todo comprender que la crítica que no atienda a la relación conflictiva y conflictuada entre ficción y poder, esquiva el bulto. Claro: el bastón de mariscal también puede ser un plumero o un abanico con el que se pavonee un enano, eso ya lo sabía Darío sin que nadie lo aleccionara sobre el sentido de la oportunidad o el timing después de comer un asado. Viva la libertad, ca…
|En Polonia se respira la guerra en el aire, mientras las multinacionales no hacen más que fabricar la infelicidad y la psicosis colectiva con un terror doméstico de minita dopada|
Hace pocas semanas se registró la incursión de al menos diecinueve drones rusos en el espacio aéreo polaco. Volaron a una distancia lo suficientemente amenazante como para que se cerrara el aeropuerto internacional de Varsovia y fueran dispuestos aviones de la OTAN en un operativo de derribo que a nadie convenció de que no fuera a repetirse. “Los polacos a los alemanes los odian y a los rusos les temen”, escucho en distintas ciudades, en boca de diferentes interlocutores. ¿Y a los yanquis? “Los ven con desconfianza, porque saben que si la cosa se complica, tampoco acudirán en su ayuda”. En los últimos meses al menos nueve países han reportado la amenaza de drones. Lituania, Letonia, Dinamarca, Noruega, Rumanía, Polonia, Estonia, Alemania y Francia observan con envidia la Cúpula de Hierro de Israel e impulsan a la OTAN y a la Unión Europea a reforzar la vigilancia aérea y armarse.
Cecylia Tatoj, de la Universidad de Silesia en Katowice, está convencida de que docentes y estudiantes deberían disponer de un protocolo de acción frente a un eventual ataque ruso; tampoco ve muy lejana la posibilidad de la implementación del servicio militar obligatorio si las medidas tomadas para reforzar las defensas, entrenando a cien mil voluntarios, no llegan a ser efectivas. El llamado a desertar parece agradar sólo a cierta inteligentzia senil que, ontologizando el vacío de un Occidente que apuesta al suicidio colectivo, se atasca en el kitsch mientras la derecha mundial crece en el belicismo. ¡Viva, ¿la libertad?!
Después de muchos años, vuelvo a tener un ataque de asma. Al puff de rescate, debo sumarle un corticoide vía oral para poder respirar. ¿Pánico a la guerra? ¿¡Qué carajo!? Mi compañero me informa que no es solamente el clima húmedo y frío, esta llovizna que se te mete en los huesos. El aire está viciado al punto tal que en el mapa de contaminación de Google nuestra zona aparece coloreada con tonos peligrosos. Estar en Polonia es volver a la infancia.
En Katowice visitamos el barrio de Nikiszowiec, construido a principios del siglo XX por los arquitectos Emil y Georg Zillmann, para los trabajadores de la mina de carbón de Wieczorek. Se trata de un gran y pintoresco complejo de ladrillos rojos y calles adoquinadas, con iglesia y escuela incluidas, que llegó a ofrecer hasta mil viviendas y que hoy se exhibe por su atractivo turístico. Me compro un souvenir de Beboki, promocionado como marca de la ciudad; una especie de Ekeko boliviano, similar al que se encuentra en las minas de Potosí. No casualmente Polonia fue llamada la “Tierra del Carbón”: algunas se han cerrado pero otras tantas canteras siguen activas. La arraigada tradición minera, que en las últimas décadas estaba bajo la lupa de la UE y de ambientalistas que intimaban al gobierno a adecuarse a un plan destinado a mejorar la eficiencia energética y el aire libre de emisiones, vuelve a verse con buenos ojos. Sin el gas ruso, Beboki se ofrece como una alternativa simpática para atravesar el invierno.
En Polonia, los alumnos de los primeros años de secundaria tienen a Ferdydurke como lectura obligatoria. ¿Sería yo distinta si en vez de leer tempranamente a Borges me hubieran obligado a leer a Witoldo? Tan diferentes, tan próximos. Como señala Horacio González, “hoy ya no es posible pensar separadamente estos dos espíritus, por más diferencias que haya entre la bufonada vitalista del primero y los 'juegos irresponsables de un tímido’ del segundo”; no sólo porque así lo sugirieron Piglia, Germán García y Russovich, sino también y principalmente porque ambos se reconocen en “el deseo de separarse de Europa” en tanto acceso primordial a una identidad cuya reverberación literaria, aun en existencias confrontadas, resulta curiosamente afín [4]. Rolan sobre “perones” distintos que conducen al mismo destino. Cuando Gombrowicz observa en su Diario que “la literatura argentina nacerá cuando los escritores se olviden de Argentina (...); se van a separar de Europa cuando Europa deje de serles problema” no está diciendo algo distinto a lo que Borges pregonaba en esos mismos días en “El escritor argentino y la tradición” (1951).
Pero no, mejor no nos engañemos. Hoy por hoy, ya no se lee a Borges en las escuelas argentinas y vaya a saber qué resultará de la lectura de la tía Poldy en las aulas. Sorry sororas, pero es Witoldo quien se ríe de esas tías que, manifestando una sincera preocupación por el infante, no hacen más que domesticarlo, engordarlo en una obesidad ramplona, para hacerlo entrar en el rígido mundo de las formas y la respetabilidad. El prestigio y el privilegio: las máscaras de la muerte. Por eso el sapo que en Polonia no acaban de tragarse, esa verdad callada y sabida por todos, es que a Gombrowicz lo salvó cruzar el charco. No sólo porque, cuando arriba a estas costas en agosto de 1939, toma distancia forzada con la guerra que recién estaba comenzando, sino también porque sin fortuna ni privilegio alguno, se repliega junto a esa juventud bastardeada que le enseña las luctuosas “noches de Retiro”. Rejuvenece. “Sí, tendré que confesarlo —dice en su Diario—. Bajo el efecto de la guerra, del surgimiento de las fuerzas inferiores y las fuerzas regresivas se efectuó en mí la irrupción de una juventud tardía”. En la novela Trans-Atlántico y en el libro de entrevistas Testamento, da vuelta sobre esa idea claramente formulada en Recuerdos de juventud: “Solo América me curó de este complejo”, el de haber pertenecido a una aristocracia que, frente a la gente sencilla, luce como boba.
¡Viva!
* Fotografías de Matías Scafati
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[1] Conferencia dictada el 15 de julio de 2001 en la Fundación Start de Buenos Aires.
[2] Piglia, Ricardo. Las tres vanguardias. Saer, Puig, Walsh. Buenios Aires, Eterna Cadencia, 2016.
[3] Berardi, Franco El tercer inconsciente: la psicoesfera en la época viral. Buenos Aires, Caja Negra, 2022. Pensar después de Gaza. Ensayo sobre la ferocidad y la extinción de lo humano. Buenos Aires, Tinta Limón / LOM, 2025. Ver además el debate establecido entre Pablo Abufom Silva (https://jacobinlat.com/2025/10/pensar-durante-gaza-pensar-desde-palestina/) y Bifo Berardi (https://tintalimon.com.ar/post/la-retorica-voluntarista-es-inutil/).
[4] González, Horacio. Restos pampeanos. Buenos Aires, Colihue, 1999, p. 400.
[5] Gombrowicz, Witold. Recuerdos de juventud. Buenos Aires, El cuenco de plata, 2019. Testamento: conversaciones con Dominique de Roux. Buenos Aires, El cuenco de plata, 2025. Diario (1953-1969). Buenos Aires, El cuenco de plata, 2017.






Reseña brava de un itinerario poco frecuente y en un momento críticode Europa del este. Qué gran ayuda viajar con un neumonologo!
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