“Tribulaciones paranoicas y cultura snack (Etno-gaming II)” por Jimena Néspolo
Los partidos mundialistas acontecen y lo que crece en la resaca, sucedida la final, es un manojo de teorías conspiranoicas que vienen a explicar la derrota: que la FIFA obligó a la selección nacional a perder para compensar las acusaciones de favoritismo recibidas durante el torneo, que los futbolistas y sus familias habrían sido amenazados, que hubo simulación de lesiones ya para beneficiar a determinados apostadores ya para rajar del juego, que el resultado habría sido digitado por la FIFA, por la AFA, por los masones… Hasta la inocente foto publicitaria de un joven Lionel Messi bañando a un Lamine Yamal bebé fue observado como un oscuro rito de delegación de poderes al recienvenido goleador español: la feroz campaña antiargentina traccionada desde el algoritmo los días venideros no hizo más que alimentar la idea de que a los titiriteros supremacistas dueños del Capital no les conviene que exista una Argentina levantada. Pero de todas las hipótesis, la que más cuadra al tono de estas especulaciones es que la selección habría sido obligada a perder como castigo, por exhibir la bandera “las Malvinas son argentinas” luego del triunfo frente a Inglaterra. No se trata sólo de intentar comprender por qué los jugadores albicelestes decidían sistemáticamente o bien no tocar la pelota o bien no patear al arco, sino también de poner a funcionar en el tablero el proyecto Sea Lion, a través del cual hace pocos meses la empresa israelí Navitas Petroleum y la británica Rockhopper Exploration iniciaron la explotación petrolera en la cuenca oceánica austral. Evidentemente en “la nueva Dubái”[1], como se publicitan en Gran Bretaña las reservas de 313 millones de barriles de crudo ubicadas a 200 km de Puerto Argentino, hay involucrados demasiados intereses para que cualquier tipo de mención soberana, aunque sea pelota de por medio, sea escuchada.
Es que para un paranoico toda explicación ramplona que se regodee en el azar, la religión, el músculo o el destino, es inaceptable: en la búsqueda de un sentido oculto se cifra al menos una posibilidad de acción participativa. Tras la aparente indolencia del caos hay un sentido oculto, y ese lector perfecto de detalles que es todo paranoico, como también todo detective y todo estudioso, se desmelena por encontrarlo. Poder y dinero puestos a trabajar, ya sea en las grandes plataformas de las apuestas digitales o a favor de los agentes rectores que modulan nuestra existencia, dejan huellas, vestigios, pequeños detalles que reconfiguran “la escena del crimen” toda vez que se recorta y analiza la existencia de la prueba.
Como bien advirtió Ricardo Piglia en su ensayo “Teoría del complot” [2] la ficción paranoica es la que mejor permite cavilar sobre política, Estado y economía en el mundo contemporáneo: “La economía aparece en esta época como la realización de la política por otros medios, digamos así, una política conspirativa que se manifiesta en la economía y de la que el Estado no es más que un lugar de paso, un canal de vigilancia y de contra información. El complot sería entonces un punto de articulación entre prácticas de construcción de realidad alternativas y una manera de descifrar cierto funcionamiento de la política”. En ese marco, Piglia desarrolla su teoría sobre tres ejes: El primero aborda la relación entre novela y complot, cómo la literatura percibe esos nudos sociales y los desarrolla en un relato verosímil a la medida de su tiempo; el segundo encuentra en el vínculo entre vanguardia y complot una forma de pensar la experiencia artística y de trazar complicidades y agenciamientos; y la tercera cuestión es la que permite anudar economía y complot, siguiendo el flujo del dinero, desde una perspectiva materialista.
Ahí están las tribulaciones conspirativas de Erdosain en Los siete locos (1929) de Roberto Arlt; está Macedonio Fernández y su Museo de la novela de la Eterna (1967), que fusiona la escritura de una novela con un complot para intervenir y conquistar la ciudad de Buenos Aires; está “Tlon Uqbar Orbis Tertius” que no hace otra cosa que contar una conspiración que termina por sustituir a la realidad misma, o cómo la relación entre complot y escritura ordena la trama de “Tema del traidor y del héroe” y “La lotería en Babilonia” (Ficciones, 1944); serie en la que bien podría enfilarse el ex corregidor Diego de Zama, entrampado en los entresijos del poder colonial sin poder llegar a descifrar su drama —su incapacidad de leer paranoicamente su época lo condena a una vida mutilada (Zama, 1956).
Es decir, eso que el héroe trágico adjudicaba a los dioses, el mundo moderno lo explica a través de las teorías del complot, a través de las cuales las fuerzas ocultas se manifiestan, en una sinergia entre el poder, economía y política. La paranoia, en ese sentido, es una máquina de lectura: cuanto más aceitada mejor funciona el delirio. Frente al exceso de información y saturación de datos, la proliferación de fakes y la manipulación de voluntades a través de todo tipo de campañas, el lecto-espectador gamer de este aquelarre mediático asume que la verdad permanece oculta y que lo desconocido y lo secreto es, en rigor: lo real. No vale condenarlo, si sobre su humor y sus gustos trabajan las publicidades puestas a circular en las pantallas en el cooling break —otra novedad del torneo mundialista—: bebidas isotónicas de la multinacional Coca-Cola y plataformas de apuestas se venden televisivamente urbi et orbi mientras los jugadores se hidratan. Una multimillonaria ventana de negocios calculada en USD 600 millones que no sólo transforma las retransmisiones deportivas y aumenta el valor de los derechos televisivos de la FIFA sino que hace de cada espectador un apostador en potencia, con sólo instalar una app en su teléfono móvil mientras se come un maní. Se entiende por qué la pelotita, durante el partido, parecía moverse sola.
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| Elvira Arnoux y Carlos Scolari en la apertura del Congreso de Glotopolítica 2026, UNTREF |
Carlos Scolari plantea que vivimos en la “cultura snack” donde los mensajes son como chizitos, se consumen de manera efímera y descontrolada a fuerza de brevedad textual y de memes al ritmo gaseoso que imponen las redes. “Pensar que alguien controla la comunicación, es imposible. Ni siquiera Elon Musk”, dijo ayer el catedrático de la Universidad Pompeu Fabra, en la conferencia de apertura del congreso de Glotopolítica organizado por la Universidad Nacional de Tres Febrero. Aunque no quisiéramos avivar el debate entre “apocalípticos e integrados”, cualquier espectador de la cadena rusa RT, expulsada de las plataformas desde que se inició el conflicto de Ucrania en 2022, o cualquier usuario al que efectivamente le hayan cerrado cuentas en Facebook, Instagram o la misma X, sabe que eso no es cierto. La “cultura snack” nos quiere a todos comiendo mierda, bajo el supuesto incierto de que eso es lo que queremos, elegimos o, más bien, nos merecemos. Como usuarios podemos participar en ese tipo de comunicación controlada, a condición de que sepamos cuáles son sus límites y posibilidades, y quién es el dueño no del pescado pero sí de la red.
Según Scolari vivimos en la época de la “mediatización gaseosa” donde todo se juega en la cantidad de rebotes que logre un tuit; esa forma de comunicar es la que supo aprovechar el standapero televisivo Javier Milei para llegar a la presidencia y es la que también acicatea a diario Donald Trump. Atrás quedó la época en donde la política encontraba su articulación discursiva en la prensa o la televisión; aunque todavía esa modalidad esté presente en la comunicación política latinoamericana, el autor de Homo mediaticus (2026) la caracteriza como parte de una “mediatización líquida” propia de otros años. Así, “las mañaneras” del ex presidente de México, Manuel López Obrador, continuadas por la actual presidenta, Claudia Sheinbaum, en las conferencias de prensa transmitidas a diario por televisión cultivan una comunicación política que hace pie en una cultura del folletín que resulta anacrónica al vértigo de estos tiempos. Pero todo puede convivir en el presente, incluso esas “mediatizaciones sólidas” propia de los grandes monumentos y los panteones a través de los cuales el mensaje político, en la antigüedad, pretendía perpetuarse. “Antes la gente pasaba mucho tiempo en pocos medios —afirma Scolari—, había tiempo para leer con calma el diario, escuchar la radio varias horas por día y, sobre todo a la noche, reunir a la familia frente al tótem televisivo”. [3] Cuando Marshall MacLuhan hablaba de la global village se refería puntualmente a eso, a la hegemonía de la cultura televisiva en la vida cotidiana de Occidente. La irrupción de las redes digitales tuvo efectos profundos, no sólo en la ecología de los medios sino también en la dieta mediática de los sujetos. En ese universo digital es donde se prueban y legitiman los mensajes y las formas de comunicación e incomunicación actuales. Podemos aceptar, sin objeciones, el boom de la “cultura snack” como la definitiva adopción de un modo de producción de sentido entregado a la servidumbre del Capital. Pero en su lado B, la explosión de la “cultura snack” (con todos sus barbarismos, su brevedad, con su miniaturización, fugacidad, fragmentación, infoxicación y, agregamos: paranoia) podría considerarse como el caldo de cultivo donde emerja esa fractal que enloquezca la ya enloquecida ecología mediática. La multiplicación de actores y de prácticas transmediales convierten esa metáfora líquida de la que hablaba Zygmunt Bauman (Modernidad líquida, 2000) en una eclosión gaseosa que amenaza en perpetuarse como turbulencia. “La cultura snack, desde esta mirada, se presenta como un espacio aún más enloquecido, recombinatorio y acelerado que deja atrás la época dorada de la neotelevisión y anuncia una nueva configuración cultural” [4], de la que sabemos poco. Atender a las redes como fenómeno comunicacional en donde los formatos textuales breves hayan condiciones óptimas para su generación, hibridación, reproducción y circulación implica también cotejar el potencial contracultural que tienen. Lo dijo Séneca y, en efecto, Scolari nos lo recuerda: “Cuando un pensamiento se deja amonedar en un aforismo, puede alcanzar la velocidad de un proyectil”.
¡Comete esa papita!
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[1] Cfr. “Gran Bretaña habilitó a una empresa a explotar recursos petroleros argentinos en las las Islas Malvinas” en: La Opinión Austral, 24 de julio de 2026. [Consulta en línea: https://laopinionaustral.com.ar/el-mundo/gran-bretana-habilito-a-una-empresa-a-explotar-recursos-petroleros-argentinos-en-las-islas-malvinas-686892.html]
[2] Piglia, Ricardo. “Teoría del complot”. Conferencia pronunciada en Fundación Start, Buenos Aires, 2001. [Consulta en línea: https://www.revistaadynata.com/post/teor%C3%ADa-del-complot---ricardo-piglia]
[3] Scolari, Carlos. Cultura snack. Buenos Aires, La Marca Editora, 2020, p.181. Ver también: Homo mediaticus. Barcelona, Ariel, 2026.
[4] Scolari, C. Cultura snack, ob. cit., p.183.
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