“Una habitación negra” por Mariano Quirós




Mutaciones, de Marcos Herrera. Pilar, Batata Libros, 2026, 132 páginas.


[Este texto fue leído en la presentación de Mutaciones, el día 5 de septiembre de 2026, en la librería Otras Orillas, Ciudad de Buenos Aires.] 


Me impresiono fácilmente. Tampoco quiero decir que sea fácil impresionarme. Así como digo una cosa, puedo decir la otra. Pero no puedo, me cuesta mucho, ver sangre en una película. Me provoca una flojedad física y de ánimo que incluso me quita el hambre. Tuve que apartar la vista del libro, de Mutaciones, cuando a Virginia –la muchacha que el narrador se levanta en el pueblo Bendición de la Amnesia–, cuando a Virginia le sangran las manos; más aún cuando la sangre embarduna las toallas con que intenta contener el sangrado. También corrí a revisarme la espalda cuando al narrador de Mutaciones le aparecen las primeras escamas. Le pedí a mi señora que se fijara. Me descubrió un lunar nuevo hacia el final de la columna y me instaló para siempre un desajuste en la rutina y en la conciencia sobre mí mismo. Ahora me autopercibo distinto. Debe ser la edad, mezclándose con algo del libro. Nunca antes me miré tanto al espejo, nunca antes estuve tan pendiente de las señales que ofrecen el cuerpo y la mente. Paranoia, pensamientos oscuros o demasiado lúcidos. Me tomo muy en serio lo que leo, asumo el carácter inmersivo de la lectura. No lo digo a modo de jactancia, más bien lo digo desde la inocencia de quien se lo cree todo. Y no porque se elija creer, sino porque uno simplemente lee y, en el mismo movimiento, cree. 

Entonces empecé a leer Mutaciones y pensé de inmediato en una road novel (dos amigos en auto, en la ruta, a la deriva, en busca de un destino. O no, mucho peor: sin destino, sin buscar nada). Como hacemos todos desde el principio de los tiempos, etiqueté aquello que leía. Lo ubiqué muy rápido en un anaquel, cosa de quedarme tranquilo. Ya está, dije, en la presentación voy a hablar de Sam Shepard, de algún beatnik con aires de tipo duro. Pero después la trama introduce una curandera, un conjuro, las mentadas manos sangrantes de Virginia, y me dije: qué suerte, qué bien pensado, ahora la novela vira hacia el terror. Tonto de mí, de mis prejuicios. (Sospeché también de Marcos Herrera: por eso nos convoca a Lamberti y a mí, me dije: porque alguna vez habremos metido algún curandero en un cuento; alguien habrá sangrado en una novela) Sam Shepard se cruza con Stephen King, deduje. Son ellos los dos amigos que van por la ruta, que levantan a dos mujeres de ese pueblo de nombre brumoso, más ominoso que poético. 

La curandera que los dos amigos y la mujer de manos sangrantes van a ver es muy taimada: detiene el sangrado de manos de Virginia, sí. Pero les advierte, a ellos que se acaban de conocer, a Virginia y al narrador (que por cierto se llama Marcos), les dice que, si acaso pasan separados más de 24 horas, ella morirá. Y así nacerá una convivencia forzada entre ella y él, que yo, desde mi tendencia al etiquetado frontal, resumí esta vez en: costumbrismo argentino. Aunque después derivé a esas comedias románticas que tan bien hacen los yanquis y que yo disfruto como una tía abuela: dos que no se quieren y que, por h o por b, se ven en la obligación de quererse. Pero Mutaciones es una novela de Marcos Herrera. Entonces todo se vuelve denso, gomoso, un poco marginal. Irresistible. 


Presentación en la librería Otras Orillas. A la derecha de Marcos Herrera
se encuentra Luciano Lamberti, y a la izquierda, Mariano Quirós 


En algún pasaje de la novela, en varios en realidad, me reí. Dije: lo voy a comentar en la presentación. Voy a decir: Cómo me reí. Volví a sospechar de Marcos Herrera: por supuesto, dije, me convoca por mi tendencia al humor, al chiste fácil, para hacer de contraste al oscuro Lamberti. Pero de inmediato recordé que no escribimos para hacer reír a la gente. No vine a divertir a tu familia, dijo el poeta. Marcos Herrera, que también es poeta, no vino aquí a divertirnos. Pero tampoco vino con la advertencia de que el mundo se cae a pedazos. Primero, porque no hace falta; y segundo, porque esa es otra ficción, una ficción viejísima que Marcos Herrera esquiva, o más bien, enfrenta, con la saludable espada del absurdo. En Mutaciones, sangran las manos de las mujeres, los hombres se cubren de escamas, asoma alguna pluma, desaparece y reaparece la curandera taimada. Pero, más allá de la elemental alarma, los personajes también comen pizza, toman mate (a veces muy lavado), lavan la ropa, cumplen un horario laboral, hasta tienen espacio para sentir celos y mirar la tele. (Abro paréntesis: cuando llegué a la parte de los celos –cuando el narrador siente celos de un compañero de trabajo de Virginia–, me acordé de Polígono Buenos Aires, una novela anterior de Marcos Herrera, buenísima también, en la que el narrador sentía celos –unos celos muy concretos, muy básicos– del primo de su novia, un chanta de primera, como son los primos de todas las novias del mundo. Fui corriendo a buscar la novela y, en vez de la escena de los celos, encontré la dedicatoria que Marcos Herrera estampó en diciembre de 2014: “Para Mariano –dice la dedicatoria–, las aceitunas y los gusanos”, mentando ciertas alucinaciones recurrentes de aquella novela legendaria. Le mandé a Marcos Herrera una foto de la dedicatoria. No sé para qué. Por supuesto que Marcos Herrera ni siquiera se acordaba de haberla escrito (“Bendición de la Amnesia”, me dije, como el pueblo de Mutaciones). Marcos Herrera con suerte se acordaba de mí. Temí que, de insistir, me contestara “quién sos”, así que dejé la dedicatoria a un lado y el asunto de los celos apenas como una constante en su obra. 

Si en Mutaciones hay una risa, que al fin y al cabo la hay –que de eso hablaba, de cómo me reí con Mutaciones–, puede ser por dos motivos: porque ante la incomodidad optamos por sonreír, cosa de disimular la inquietud; o porque lisa y llanamente somos unos enfermos (“Estamos enfermos”, dijo otro poeta y pidió perdón en nombre de todos).  

¿Qué es lo que tanto muta en Mutaciones? Habría que plantear la pregunta al revés: ¿Hay algo que no mute en Mutaciones? Me tienta decir que es la vida cotidiana de los personajes lo que permanece impasible, intacta. La vida cotidiana es rara, no importa cuándo leas esto. Guiándonos por esa fórmula podemos admitir que Marcos Herrera escribe y surfea hacia la plena realidad, o, para decirlo en mejores términos, digamos que esta novela suscribe a las leyes del realismo. Pero de qué clase de realismo hablamos. Ah, del realismo que mejor se apega a la vida y que mucho más se aleja de la realidad. El realismo que admite brebajes, curanderas, escamas y conjuros. La vida misma. 

Road novel, historia de terror, urbano y de provincias, comedia romántica y realismo. Marginal, pero no por eso menos coqueto, Marcos Herrera le hace pito catalán al etiquetado y hace que sus personajes (a los que sin un gramo de vergüenza llamaré "entrañables") se desplacen como murciélagos, se apoltronen como chanchos y se droguen como chivos (nunca se fumó tanto porro como en Bajo este sol tremendo, de Busqued, dijo una vez un amigo; nunca se esnifó tanto y con tanto deleite y convicción como en Mutaciones, digo yo ahora mismo).

Fue hace poco más de una década (en diciembre de 2014, como dije) que Marcos Herrera escribió la dedicatoria en mi ejemplar de Polígono Buenos Aires. Nos habían invitado a un ciclo de lectura hermoso, casi hippie, y Marcos leyó esa noche un cuento que publicaría en su libro Todos los camioneros del mundo saben lo que llevan. “Mi cerebro es una habitación sin ventanas, una habitación negra”, empezaba el cuento que leyó. En esa habitación sublime, pienso, caben la ciudad, el pueblo Bendición de la Amnesia, la extraña vida cotidiana que todos llevamos haciéndonos los distraídos. Ficción pura, pura fantasía.

Marcos Herrera es uno de los nuestros. Mejor dicho, nosotros, nosotras, somos una ficción de Marcos Herrera. Y, ahora: mutemos. 


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