“El gran pez”, por Mauro Peverelli

La casa de la mezquita, de Kader Abdolah. Traducción de Marta Arguilé Bernal. Barcelona, Editorial Salamandra, 2010, 382 páginas.

En la tranquila ciudad de Seneyán reside la familia de Aga Yan, un variado y heterogéneo grupo de personas cuyas costumbres y tradiciones, tanto religiosas como culturales, son arrastradas desde el comienzo de los tiempos. Allí, las distintas generaciones de los imanes, de una línea por lo general moderada, han sido testigos del lento curso de la historia espiritual y política de su ciudad y su país, han sido la guía religiosa de una población semiurbana y tranquila, apegada a algunas actividades rurales, al comercio, a la confección de alfombras y a la alfarería. A Aga Yan le toca gobernar el destino de la casa, un destino que parece predeterminado por la historia y las costumbres, pero, a mediados de la década del setenta, con la radicalización religiosa que se levanta en contra de la penetración norteamericana avalada por el sha, y que da paso al sangriento régimen de los ayatolás, la secular tranquilidad de "la casa de la mezquita" comienza a perturbarse de forma irreversible.
Hasta ese momento la casa funcionaba en una armonía y un equilibrio muy bien cuidados por Aga Yan, que había heredado de su padre y de su abuelo el instinto de entender el devenir político y religioso de la comunidad de Seneyán. Además de Aga Yan y su familia, habitan la casa las abuelas, dos ancianas que viven allí desde tiempos inmemoriales y que se ocupan de las cuestiones domésticas y de todas las necesidades del imán Alsaberi, que vive junto a su esposa y sus hijos; también residen en la casa Muecín y su hijo Shabal. Muecín es un alfarero, ciego de nacimiento, que vende sus vasijas a un comerciante del zoco, el mercado persa en el que tiene su negocio de alfombras Aga Yan. Todos ellos, y algunos otros que entran y salen de la vivienda a medida que va transcurriendo la historia, conforman una gran familia de riqueza heterogénea que vive en una laboriosa armonía, exquisitamente retratada por el narrador.
Pero de a poco Aga Yan comienza a perder el control de la casa: el viejo imán Alsaberi ha muerto hace años y lo han sucedido otros con los que él ya no puede ejercer toda su influencia; la esposa del imán organiza a un grupo de mujeres religiosas y fanáticas que apoyan la inminente sublevación de los ayatolás; las dos abuelas emprenden su viaje a La Meca y ya no regresan nunca; Shabal, el hijo de Muecín, se traslada a seguir sus estudios en Teherán y se suma a la resistencia de la izquierda universitaria. A su vez, el deterioro de la figura del sha, que recibía el apoyo de los Estados Unidos por sostener sus compañías en la explotación petrolera del país, va acompañando el surgimiento de un nacionalismo religioso que tiene como figura central la del ayatolá Jomeini, exiliado hace más de una década en Irak. Esta fuerte radicalización religiosa, que parece expandirse rápidamente en la sociedad entera, y a la que en un principio Aga Yan mira con simpatía porque se opone visiblemente a la penetración cultural americana, enseguida comienza a dejar de lado la política moderada de la mezquita de Seneyán, a su imán y a su conductor. La política, la vida religiosa, entonces, comienzan a tomar un rumbo muy distinto del que históricamente llevaba la casa.
En otro plano de significación, y más allá de las directas alusiones al devenir sociopolítico del país, el relato intenta posicionarse como un foco alegórico donde se lee que la casa representa el lugar de la tradición, de un islamismo moderado en el que se aprecia la policromía de una cultura rica y milenaria. La penetración incesante del occidente capitalista va forzando posturas religiosas de un fanatismo crudo, que termina por obturar el despliegue del inmenso abanico de posibilidades que era capaz de ofrecer una cultura tan singular y maravillosa como la persa.
En el interior de esa travesía narrativa las historias se suceden y abonan la inmensa metáfora con que se persiguen las claves de un destino: “Para hacer honor a la tradición, Muecín tomó la palabra y contó la historia de Yanus.
El profeta Yanus, decepcionado, abandonó su casa para no volver jamás. Sus discípulos se quedaron sorprendidos y apenados. Yanus llegó hasta el mar, vio unos pasajeros embarcando en un navío y decidió unirse a ellos. El barco navegó tres días y tres noches, y al cuarto día todo se sumió en la oscuridad; de pronto, un pez enorme emergió del agua y le impidió el paso. Los pasajeros no sabían qué hacer y el pez no se marchaba. Un hombre curtido, que había navegado mucho, dijo:
-Uno de los presentes ha cometido un pecado. Tenemos que entregárselo al pez o de lo contrario no nos dejará marchar.
-El pez viene por mí; podéis arrojarme al agua y seguir vuestro viaje -les advirtió Yanus.
-Te conocemos –comentaron algunos pasajeros-. Eres un hombre justo, no es posible que hayas cometido ningún sacrilegio. También conocemos a tu padre, que fue un hombre piadoso. No, no puedes ser la persona que busca el pez.
Yanus, que estaba seguro de que el pez había ido por él, les contestó:
-Es algo entre mi Dios y yo. Por esa razón el pez está aquí.
Y entonces se encaramó a la borda y saltó al agua. El pez se lo tragó de un solo bocado y desapareció bajo el agua.”
En la sutil descripción de aquellas costumbres, el relato se asemeja a las estéticas de tono parabólico como la de los suras del Corán, o de libros maravillosos como El lenguaje de los pájaros de Farid Uddin Attar, en los que toda alegoría apunta a un esencialismo donde el verdadero cometido de cualquier búsqueda es el de develar los misterios que se ocultan en el sinuoso camino que nos conduce hacia el interior de nosotros mismos.

Comentarios

  1. Encantada con sta reseña, me conseguire el libro ya mismo, Mauro.
    Irma

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