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martes, 3 de mayo de 2011

“La araña, el ojo, la fiebre,”, por Jimena Néspolo

Una historia incomprensible y otros relatos, de Odilon Redon. Traducido y prologado por Mercedes Roffé. Buenos Aires, Bajo la Luna, 2010, 155 págs.

En el universo visual de Odilon Redon las esferas son agobiantes. Pesan como globos aerostáticos oscuros y temibles sobre el mundo; tienen ojos, tienen patas, tienen pelos, y están unidos al resto de los mortales por un finísimo hilo de plata que los mantiene aún en los límites observables dentro de la obra. Una de sus creaciones a partir de Las flores del mal, de Baudelaire, fechada en 1890, nos muestra –por ejemplo– una flor con las proporciones de un girasol, al que en vez de pétalos le han crecido alambres y en el centro de ese inexpugnable vacío grandes concavidades negras observan con impavidez la nada.
El de Redon es un universo desolado, intenso, que salta a golpe de carbón entre el humor y el horror más humano. Los escritos literarios, tan poco conocidos hasta el momento, no son ajenos a su obra gráfica. Actúan más bien como directrices, o evidencia textual de su modo de concebir el acto creador “como el trabajo más noble, más delicado, que puede realizar un hombre”, una tarea acaso titánica que asume sólo aquel que puede enfrentar el rostro de la verdad de sí mismo, que es aquel que la obra ofrece.
Conocido por sus “interpretaciones” gráficas sobre las obras de Baudelaire, Poe, Flaubert y Picard, Odilon Redon (1840-1916) además de escultor, pintor y grabadista, y de ser una de las figuras más representativas del simbolismo europeo, dejó a su muerte textos literarios celosamente guardados por su archivista y biógrafo André Mellerio. Hacia el final de su vida, Mellerio procede a reunir todos los escritos de Redon (desde esbozos de cuentos, poemas,  prosas breves, cartas y “confesiones de artista”); ese material actualmente se encuentra en el Instituto de Arte de Chicago y aún espera salir a la luz. El volumen Una historia incomprensible y otros relatos, traducido y prologado por Mercedes Roffé, es pues la primera traducción española que se realiza de este autor. De la lectura en conjunto del volumen, más que la recurrencia de motivos, se observa la preponderancia de ciertos temas ligados a la percepción extrañada de lo real (en “Noche de fiebre”, “Una estancia en el país vasco”), las memorias de una infancia y juventud sufridas (“Él sueña”, “Ronda de amor”, “El grito”), hilvanados todos por una insistente reflexión sobre la creación. En este sentido, quizá el relato más singular sea “El Fakir” que narra la estadía de un artista pobre en París; allí, elementos presentes en otros relatos se vuelven a manifestar pero claramente dispuestos a modo de sagaz crítica a las premisas darwiniano-positivistas de su época y, a la vez, directa increpación a aquellos artistas que –como el virtuoso de este cuento– practican un arte centrado en sí mismos y en el círculo de amateurs que los rodean. En palabras de Mercedes Roffé, “el tema subyacente [de este cuento] es el mismo que seguirá preocupando a Redon toda su vida, es decir, la inautenticidad y las pretensiones de una burguesía culta y su reaccionario egocentrismo; una burguesía que hallaría un apoyo en las teorías de Darwin, al sostener el triunfo, en el seno de la sociedad, de los más hábiles y no –como Redon habría querido– de aquellos moral y espiritualmente más nobles.”
Pero ese agobio que sufre el espectador al observar su obra gráfica, se distiende al sopesar la cuota de fino humor que también la recorre. "La araña que sonríe", un dibujo de 1881, ostenta esa tensión, entre la hilaridad y el espanto, presente en sus trabajos. En lo narrativo, “El relato de Marta la loca” es, desde esa perspectiva, ejemplar. Allí, el onirismo deja ingresar el paisaje y el color, y con ello cierta frescura impresionista de la que Redon había renegado en sus principios (y que volverá a iluminar su segunda época). Estamos, ahora, en 1842 y una fragata que parte de Francia hacia Pondichéry (la colonia francesa en el Océano Índico) naufraga. La protagonista despierta entonces en una isla que se le antoja edénica hasta que comprueba que un “enorme simio” la cela, la vigila y al menor de sus movimientos “lanza un grito ronco y extraño”; en la playa encuentra, luego, los restos del naufragio y con ellos la certeza de que está sola en su inmensa libertad: “Qué irónico contraste producían las cosas: especialmente un espejo en el que yo misma me reflejaba, como si Dios, dejándome la conciencia en estas tierras de exilio, hubiese también querido procurarme la imagen de mi propio rostro, que ningún otro ser en el mundo volvería a ver. El monstruo que me cuidaba fue sacándome una a una, todas las cosas, con una vivacidad sorprendente, haciéndolas girar en todos los sentidos, tratando de morder aquella que le parecía la más inesperada, o la más brillante.” (113)
Con el telón de fondo del pensamiento colonialista de su época, el cuento de Odilon Redon constata y pone en jaque, a través de un simple espejo, la distancia que media entre el mundo “civilizado” y el mundo “primitivo”. 

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