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martes, 19 de julio de 2011

“Erudición al alcance de los niños”, por Jimena Néspolo

La medicina no fue siempre así, de Martín De Ambrosio – Ileana Lotersztain. Ilustraciones de Javier Basile. Buenos Aires, Iamiqué, 2011, 40 págs.

La escuela no fue siempre así, de Pablo Pineau – Carla Baredes. Ilustraciones de Javier Basile. Buenos Aires, Iamiqué, 2009, 40 págs.

Dos rasgos singulares convierten a la colección “Las cosas no fueron siempre así” (editorial Iamiqué) en un gran atractivo para los niños lectores –y no tanto–: la mostración de la dimensión temporal de la cultura entendida como toda práctica humana y la presentación sintética de cierto saber “loco” o poco conocido en el ambiente escolar. Que a lo largo de la lectura los textos se revelen como un composé inarticulado de pastillitas con fechas distintas, o que se presenten a sujetos históricos como desopilantes protagonistas de una Historia rocambolesca, lejos de ser un vicio de los volúmenes es -en cambio- el mayor merito que ostentan. Por su parte, el ilustrador y diagramador Javier Basile amalgama estéticamente, con sus viñetas y collages de colores intensos, estas misceláneas textuales que aúnan información y divertimento.
Veamos, por ejemplo, la sección intitulada “La muerte negra” del libro La medicina no fue siempre así, de Ileana Lotersztain y Martín De Ambrosio. Es interesante, primero, observar en detalle la ilustración que ocupa estas dos páginas destinadas a la peste bubónica: con un color de fondo que va del celeste al naranja, logrado a partir de la edición digital que simula el ya artesanal aerógrafo, la imagen central muestra a la Muerte –guadaña incluida– montando un dragón dorado que escupe fuego o, en su defecto, tiritas de papel confeti y que capitaneando una legión de bestezuelas menores (un esqueleto con cuernos, un murciélago que porta jeta de pajarraco, una víbora con fauces de cocodrilo, un corazón humano cubierto de poncho calchaquí, un hígado con pies de enano, una lagartija sin cabeza, etc.) se abalanza sobre infantiloides figuras humanas y un paisaje bárbaro de ciudadela en ruinas. Así, en diálogo con esta imagen chocarrera, la masa textual se organiza en cuatro bloques que ofrecen información puntual sobre aquella enfermedad que nació en Asia y se propagó en el siglo XIV en toda Europa y que “puso a la especie humana al borde de la extinción” ya que en escasos años murieron cerca de veinticinco millones de personas. No obstante, quizá para quitar dramatismo a la historia fáctica o para subrayar aún más el anclaje epocal de todo “saber” humano, a la derecha de este dueto de páginas se consignan claramente los consejos dados por el Colegio de Medicina de París, en 1347, para prevenir la peste negra: 1) Encender el fuego con ramas de laurel. 2) Evitar las comidas húmedas. 3) Permanecer en casa durante la noche, para evitar el rocío. 4) No moverse demasiado. 5) No cocinar con agua de lluvia. 6) No usar aceite de oliva. 7) No bañarse. 8) No enojarse ni emborracharse. 
Decir que estos libros hubieran sido el deleite de Borges cae de suyo. Menos trillado, en cambio, es imaginarnos otro lugar y otro tiempo en que el gran tótem intocado de nuestra literatura, entregado con felicidad y audacia al juego de la oca que este volumen trae en sus páginas finales, cayera –sin cálculo– en la cuadrícula 27 que reza: “Quieren operarte para extraerte la piedra de la locura. Te escondes en la Escuela Médica Salernitana.”     
En esta misma línea, el volumen La escuela no fue siempre así, de Pablo Pineau y Carla Baredes, rastrea los distintos modos en que a lo largo de los siglos la humanidad transmitió el conocimiento a las generaciones más jóvenes. Así, recorriendo estas páginas los pequeños lectores se enteran que en la India sólo podían acceder a la educación los niños pertenecientes a las castas superiores, que los alumnos que asistían a la “casa de instrucción” de los antiguos egipcios debían copiar en papiros y recitar de memoria las lecciones que les impartían sus maestros, o que la Revolución Francesa y la Revolución Industrial impusieron con sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad el basamento ideológico para que la educación para todos fuera una realidad.
La sección “Popurrí escolar”, por otro lado, es un buen ejemplo de cómo estos volúmenes dosifican la información de un modo que simula ser fortuito –y que sólo la ingenuidad de quien anhele la reposición paternalista de un sentido total podría juzgarlo de líquido–, con el preciso objetivo de desestabilizar los resabios conservadores que aún anidan en la escuela argentina y convertirlos –en términos de Vigotsky– en “conocimiento socialmente significativo”. Veamos qué tipo de información reponen estos fragmentos y que el lector inteligente saque sus propias conclusiones o se lleve la tarea a casa: 1) Un fragmento de la Declaración de los Derechos del Niño, sancionada por las Naciones Unidas en 1959. 2) Información sobre el significado del nombre de la Escuela Palatina, fundada por el emperador Carlomagno para la enseñanza de un solo alumno. 3) Constatación del hecho de que Agnus Young, el guitarrista de la banda AC/DC, haga sus presentaciones vestido con uniforme habiendo abandonado tempranamente la escuela. 4) Constatación del hecho de que el modelo de educación en internados representado en la saga Harry Potter, propio del siglo XIX, ya a mediados del XX estaba en decadencia. 5) Señalamiento de la curiosa coincidencia de la expresión española y la inglesa “apple polisher” para denominar a aquellos alumnos interesados en agradar mansamente a su maestra, llevándole una manzana.
Hartos de borgeanas ennumeraciones, dejamos para otra oportunidad el análisis del jugoso apartado “Tres latigazos y dos palmadas” referente al uso de castigos físicos en las instituciones educativas; apuntando sólo de estas páginas el dato de que en la civilizada Inglaterra recién se prohíben definitivamente en el año 1999.  
Para finalizar, veamos qué tipo de sorpresa le depara el azar en su cuadrícula número 27 a nuestro hipotético Jorge Luis, en el juego de la oca que este volumen también trae en sus folios finales: “Te vuelcas encima el tintero. Pierdes un turno limpiándote.”


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