“Metáforas de la vida”, por Leticia Moneta

Pulso, de Julian Barnes. Barcelona, Anagrama, 2011, 264 páginas.

El último libro publicado del inglés Julian Barnes está escoltado por la muerte. Precedido por el largo ensayo Nada que temer, y seguido en enero del 2012 por la novela La sensación de un final, Pulso marca el regreso de Barnes a las librerías tras la repentina muerte de su mujer y agente literaria, Pat Kavanagh. Porque parece que la muerte nunca está satisfecha: fagocita todo, se infiltra incluso en los catorce cuentos que componen Pulso para dejarse ver abiertamente al final del volumen.
Se trata de una colección de cuentos, publicados en su mayoría previamente, pero con un delicado trabajo artesanal que tiende puentes entre uno y otro para darle una consistencia sólida al total. En este libro Barnes vuelve a su tema favorito: el amor, las relaciones humanas, la vida y la muerte. Claro que, tratándose de un escritor muy inglés, el humor y el clima interfieren siempre. Y también lo hace la sobriedad que impide que una colección de cuentos sobre temas tan trillados como el amor y la muerte sea un repertorio de lugares comunes.
Pulso se divide en dos partes. La primera reúne nueve cuentos, cuatro de los cuales se titulan “En lo de Phil y Joanna” más un subtítulo (“60/40”, “Marmalade”, “Look, No Hands” y “One in Five”), y se intercalan con los otros cinco. Los cuatro relatos secuenciados ponen en escena una pequeña representación de El banquete de Platón: se trata de un número indefinido de amigos adultos de clase media que conversan sobre todo luego de haber comido y bebido opíparamente, pero que, inesperadamente, evitan hablar del amor.
Los otros cinco relatos toman cada uno una actividad recreativa (la natación, la escritura, el trekking, la jardinería, el turismo ornitológico) con las que los personajes se evaden de o se encuentran en el mundo. En el fondo, lo que sopesa cada uno de estos cinco relatos es el porcentaje de hipocresía que acecha, como un cáncer, a cada pareja: lo dicho, lo no dicho, lo que se hace y lo que se querría hacer.
El primero de los cuentos, “Viento del este”, lidia con la hipocresía en un país; otro relato, “Durmiendo con John Updike”, con la hipocresía entre dos amigas que comparten su carrera de escritoras como han compartido esposos y amantes; el quinto relato, “Mundo de jardineros”, señala la falta de sinceridad en un matrimonio en crisis; otro, “Infringir”, presenta a una pareja joven y reciente atrapada por la hipocresía de no poder decir lo que quieren decir; el último de los cuentos de la primera parte, “Líneas de matrimonio”, apunta a la hipocresía de una persona para consigo misma.
La segunda parte, que consta de cinco cuentos, está organizada en torno a los cinco sentidos. Tres de los relatos están situados en el pasado. Uno trata sobre un retratista sordo y mudo, uno sobre una pianista ciega y otro sobre Garibaldi, “uno de los últimos héroes románticos de la historia europea.” Los otros dos parecen buscar una explicación a qué es lo que hace que el amor funcione, que dos personas se enamoren: “Complicidad”, referido al gusto, se entromete con el comienzo de una relación, y “Pulso”, quizás el relato más fuerte de la colección, es una narración sobre una pareja que se arma y desarma y otra que no se desarma incluso con la muerte: el final muestra al padre del narrador acercándole a su mujer, que está en coma y próxima a la muerte, hierbas aromáticas “esperando que [los olores] le dieran placer y le recordaran el mundo y los placeres que ella había sentido”.
Lo que parece preguntarse Barnes a lo largo de Pulso es cuál es la relación entre la falta y la presencia. ¿La falta de uno de los sentidos aumenta la percepción de los otros? ¿La falta del ser amado evidencia el amor? ¿El sexo es una metáfora del amor? ¿O el amor es una metáfora del sexo? ¿Qué es una metáfora? ¿Qué es, en última instancia, lo que no está?     
La colección parece estar tendida entre esos dos polos: el estar y el no estar, o  la vida y la muerte. La muerte es aquello que va “aplastando los sentidos de a uno”. La vida es la carrera de los sentidos por percibir, por latir, por hacer algo que proporcione placer. El protagonista del último cuento, aquel que da nombre al libro, se evade del dolor por la enfermedad de su madre y por la inminente soledad de su padre saliendo a correr. Usa un monitor cardíaco y chequea su pulso. “Hay un solo pulso: el pulso del corazón, el pulso de la sangre.” El juego está en encontrar aquellas cosas que hacen que el pulso corra, que nos separan de la muerte. Ya sea el amor, la amistad, el trekking o la escritura.

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