“Voz a ti debida”, por J. S. de Montfort

Tan bella, tan cerca [Escritos sobre estética y vida cotidiana], de Juan Manuel Mora Fandos. Sevilla, Ed. Isla de Siltolá, 2011, 160 págs.

El escritor, crítico y traductor José Manuel Mora Fandos (Torrent, Valencia, 1968) nos presenta en su último libro Tan bella, tan cerca (Isla de Siltolá, 2011) unos apuntes sutilmente digresivos y de apariencia inconexa, cuyo subtítulo es el de “Escritos sobre estética y vida cotidiana”.
El volumen, de una presentación pulcrísima y hermosa, envidiable, está dividido en seis partes: “Una bella inquietud cotidiana”, “Co-ser y cantar”, “Espacios y paisajes”, “Circular”, “Mirar con el otro (WinslowHomer)” y “Sobre nuestra identidad narrativa (preparando unas clases subversivas)”.
En opinión de Enrique García-Máiquez (autor del prólogo) este libro guarda un “aire de familia” con el diario Otra Belleza, de Adam Zagajewski. Sin embargo, Tan bella, tan cerca no es precisamente un diario, a pesar de su paciente escritura (o anotación) de diez años; anotaciones, empero, que “han sido refinadas en su forma y contenido” y libradas así de la cualidad bruta del impetuoso diario. Viene esto a cuento de lo que García-Máiquez denomina como “falta de hilo” (argumental) y que, en nuestra opinión, se debe a la naturaleza más intuitiva que racional del volumen, intrínseca a su escritura-definida ésta (en ocasiones) al modo del hipérbaton –y que goza de una suerte de “lamento digresivo”–. En otras palabras, los seis apartes de los que consta el libro tienen la apariencia de ser estructuras cerradas y (auto)suficientes, desconectadas las unas de las otras, formando una suerte de “diálogo inconcluso”, fingiendo no ser más que una incumplible promesa.
Tal ilusión, sin embargo, resulta de la (re)afirmación de “la variedad como condición antropológica” (pues no hay “nosotros”, dice Mora Fandos, sin esa “radical variedad”). Además, se rompe al final del libro, la ilusión, demostrando que “el buen arte es la paradoja de un lujo imprescindible” y es allí donde se produce la chispa de fuego que ilumina y hace arder todo el carbón de letras que hemos venido trajinando en las páginas precedentes.
Trataré de explicar esto.
El libro finge una estructura que deambula en capítulos motivados por “una exploración personal [sobre] la belleza en la vida cotidiana”, un –supuesto– lugar residual que, nos dice Mora Fandos, quedaría representado “en su invisibilidad”.  Y es esa misma invisibilidad en la que Mora Fandos dice moverse y la que quiere retratar, la de “el mundo de las personas que perseveran, con mayor o menor dificultad, en sus afanes de felicidad en medio de las aparentes grisuras de la vida cotidiana”.
Esa estética de la cotidianidad viene expresada de diferentes formas, pero fundamentalmente en dos registros o modos de escritura, a los que hay que añadir la ékfrasis de un cuadro de Homer. Estos son: el de la escena o el retrato de diferentes personajes (sin ser traídos necesariamente por virtud de algún elemento relacional con el escritor) y el del (pseudo)ensayo que sucede por medio de un razonamiento lógico. Tal positivismo es, por momentos algo endeble, sobre todo –en mi opinión– al querer guarecerse en el paraguas filológico (y en un abuso de la cita literaria como razón no solo explicativa, sino justificativa). Ello tiene su razón de ser, por supuesto, y es aquella idea eliotiana, expresada en los Cuatro Cuartetos, la de que “el género humano / no soporta demasiada realidad”.
Ambos registros buscan, no obstante, una misma cosa: la de evidenciar que sólo se puede ser auténticamente uno mismo con el otro, y que ello se produce a través de lo que Mora Fandos denomina “el canto” (el único modo de co-nectary co-ser con el otro). Tal canto tendría tres etapas: el silencio (cuando “oímos de otro modo, incluso comenzamos a oír de verdad”), la afinación (“la finura del corazón”, que va “hacia algún fin” sirviéndose de la gramática, donde no hay sino “lo uno y lo múltiple”) y la expresión, el canto mismo (y que aquí habría que equiparar a la comunicación a través de la escritura).
En cierto sentido, es este un libro reaccionario, pues anda en contra del simulacro y lo virtual, renegando del post-humanismo, en favor de la eternidad y el fraseo del jazz y los cánones de belleza clásica. Su leit-motiv podría ser el siguiente: “contra los ruidos de la rutina, contra la intimidación, se ha de levantar el canto personal”. Tan bella, tan cerca es así una declaración contra el solipsismo alienante, un texto, por ello, arrebatadoramente humano y asistido por cierto “sentido espiritual trascendente”. Un texto singular, que mira con los pies, intuyendo y dando vueltas, caminando y buscando ángulos nuevos: “merenderos desde donde contemplar y, si es posible, merendar allí mismo”.
Así, Tan bella, tan cerca nos “conduce a una misteriosa presencia personal” (la de Mora Fandos en el texto; presencia potenciada precisamente por su ausencia), consiguiendo algo maravilloso y de una hermosura extravagante y que es la final conversión “de quien escucha en afinador del que habla”. Es decir, una experiencia de lectura que se experimenta igual que una lenta –y algo divagante, como ha de ser– declaración de amor.

Comentarios

  1. Muchas gracias, José. Me ha gustado mucho tu escrito. Ciertamente es un libro "variado", muy heterogéneo, pero he dejado que mi experiencia escogiera el género literario en que había de ser plasmada (algo que durante años me volvió un poco loco); así que me liberé de a-prioris, y fue saliendo un libro cuyo perfil iba descubriéndolo a medida que lo escribía. Claro, ha sido totalmente catártico; y sobre todo cuando veo que está gustando a buenos lectores como tú.
    Ayer mismo hice una presentación en Madrid, muy divertida, ¡con actuación musical de saxo y todo!, además de dedicatorias con dibujo ajaponesado.
    Bueno, a ver si voy por Buenos Aires, ya te avisaré.

    Saludos cordiales

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