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viernes, 18 de mayo de 2012

“Conversaciones con Céline”, por Fabián Soberón

Conversaciones con el profesor Y, de Louis Ferdinand Céline. Buenos Aires, Caja negra, 2011,128  págs.




Louis Ferdinand Céline sale, bajo fianza, de la cárcel de Copenhague. Céline es médico y percibe las eczemas, los dolores invisibles, la pelagra, la ansiedad que sube como una enredadera y no puede hacer nada. Con Lucette, su mujer, se instala en un campo blanco, al borde del helado y áspero mar Báltico. Ella es bailarina y ama, como él, a los animales. Ama al viejo gato Bebert.
Lucette aprovecha el amplio corredor vacío y baila sola y, a veces, da clase a tímidas señoritas danesas que no saben quién es ella ni quién es él. Lucette a veces nada sola, en verano, en el agua baldía del mar Báltico. A la vista no hay nada. Solo una choza raída, llena de alimañas en verano y de tristeza larga, irreparable, en invierno. Una estufa a carbón ilumina, tenue, los manuscritos y el corazón que palpita aislado como un paria. Céline y su mujer pasan hambre y frío. No tienen baño. No lo necesitan. Como un perro, él orina en la tierra blanca, al lado del agua congelada. En las noches largas como fantasmas escribe unos borradores. Lejos de las luces de París, su odio se recrudece.
Céline no se amilana. En medio del sórdido desierto, prepara un contraataque para nadie. O sea, para sí mismo. Pasa noches perdido en el frío, mirando el devenir absurdo de las olas negras en la noche blanca. De vuelta en París, Céline es el peor traidor a la patria. Su escritura, antes elogiada, ahora es vista como la marca negra de un furioso y despreciable antisemita.
En ese marco, desde un lugar incómodo, el gran vociferante Céline, redacta una entrevista falsa, un diálogo irreal pero certero sobre sus aficiones literarias, sobre el sentido de su estilo. Con el odio guardado en una valija, Céline prepara su autodefensa, un ataque irónico, mordaz, a sus múltiples detractores. Sin respiro, escribe una apología poética. Ese libro es Conversaciones con el profesor Y.
Con los repetidos tics de su estilo, Céline habla, en clave autoficcional, de sus taras, de sus obsesiones, de sus virtudes. Y lo hace sin ahorrarse el tono grandilocuente, megalómano, hiriente y oral. Evita las alusiones políticas. Solo en una ocasión lo hace y asocia a la política con la ira, con la cólera fácil. Sin pudor, repasa y repite sus aficiones, sus descubrimientos, sus aciertos.
Conversaciones con el profesor Y mezcla la impúdica auto-apología con la falsa crónica. Propone un diálogo entre el otro/el mismo Céline y un extraño teniente llamado Y. Atrapado por la corriente turbia de la voracidad verbal, Céline se autodenomina “el único inventor del siglo”.
Toda la obra de Céline es un enigma. Todas sus páginas plantean un enigma, una serie de preguntas hirientes: ¿De qué modo se unen en un hombre la obra brillante, única, y el iracundo ataque antisemita? ¿Es posible separar las aguas de la creación artística de la corriente tumultuosa de las ideas racistas? ¿En qué nudo ciego se imbrican la vida miserable y la obra ejemplar? ¿Por qué podemos disfrutar de Viaje al fin de la noche al mismo tiempo que repudiamos al malicioso apólogo del nazismo?
No podemos no leer a Céline. Leer a Céline es nuestro imperativo categórico. Si Viaje al fin de la noche es la gran novela francesa del siglo XX, Conversaciones con el profesor Y es su complemento estético.

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